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26 de junio de 2026

Terremotos en Venezuela: crónica de la misa porteña que reunió a los migrantes y en la que no alcanzaron los pañuelitos de papel

La Parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en Caballito, fue adoptada como propia por la comunidad venezolana que vive en Buenos Aires. En la celebración religiosa hubo dolor, consuelo y desesperación por la incomunicación con familiares y amigos

La misa empezó con el Apocalipsis. "Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de ser, y el mar ya no existía más. Y yo, Juan, vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una novia ataviada para su novio. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios".

"Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser", se escuchó desde el altar. La voz quebrada, el acento mucho más cerca del Mar Caribe que del Obelisco. El corazón también.

A Kleysa le regalaron el primer pañuelito de papel de la tarde mientras toda la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en el corazón de Caballito, escuchaba la cita bíblica. A esa hora, en el atardecer porteño, la cifra oficial de muertos en la tragedia sísmica en Venezuela era de 188 personas. Kleysa y María, las dos de Valencia, donde los terremotos se sintieron pero no provocaron daños catastróficos, tienen a sus familiares, sus amigos y sus conocidos vivos y sanos. Y a su patria destrozada.

Nuestra Señora de Caacupé fue, este jueves, el rincón en el que cientos de migrantes venezolanos que viven en Buenos Aires se dieron cita para sufrir juntos. El párroco allí, el padre Eusebio, es el capellán de la comunidad venezolana en la Ciudad. En la nave principal de Caacupé asoman las imágenes de la Virgen de Coromoto, patrona de ese país, y de Nazareno de San Pablo, una representación cristiana que convoca procesiones de hasta dos millones de personas en Caracas cada Miércoles Santo.

En Caracas viven los dos hermanos de Noris, una mujer venezolana que vive desde hace cinco años en Buenos Aires y que no pudo parar de llorar durante toda la misa. Había ido provista de un paquete de pañuelitos, pero regaló algunos y, cuando una pequeña orquesta tocó el himno de su país, tuvo que pedir que alguien le regalara pañuelos a ella, porque se había quedado sin refuerzos.

Es que Noris buscó a sus dos hermanos hasta las 10 de la mañana de este jueves: estuvo unas dieciséis horas sin saber si estaban vivos o muertos. "Fueron las horas más largas de mi vida. De a poquito pude ir rastreando a mis amigas, saber que estaban bien. Ellas intentaban tranquilizarme diciéndome que en la zona en la que viven mis hermanos no se habían producido los mayores daños, pero yo quería encontrarlos. Primero logró responderme uno y a las 10 de la mañana me respondió el otro. Escucharle la voz fue un milagro", le dijo Noris a Infobae, que no podía hablar sin llorar con ese llanto que se parece al hipo.

Yazmín, del departamento venezolano de Falcón, es de las migrantes que va con frecuencia a la parroquia de Caballito. Vive en Buenos Aires desde hace ocho años y se conmovió no sólo con la orquesta sino también con las palabras del párroco durante la misa. En su homilía, Eusebio dijo: "Esta eucaristía, hermanos venezolanos, quiere ser un puente entre la patria que sufre y sus hijos que la lloran desde lejos". Yazmín no tuvo a mano ningún pañuelo, ni de papel ni de tela, así que pasó toda la misa secándose las lágrimas con la manga de su campera. Y a la salida dijo: "Vine porque quería estar con mis compatriotas y porque sabía que iba a encontrar fuerzas acá, en medio del dolor".

El instante que más la conmovió fue cuando el cura dijo frente a cientos de migrantes venezolanos: "Muchos de ustedes dejaron su tierra buscando paz, trabajo y vivir con dignidad. Pero aunque uno puede cambiar de país, no se puede cambiar el corazón, y cuando la tierra que uno ama sufre y estamos lejos, el dolor es doble. Quisiéramos despedir a nuestros muertos y remover los escombros, quisiéramos acompañar a los nuestros pero no podemos, y eso parte el alma. El exilio multiplica la angustia".

Esa angustia se apoderó de Antonio apenas se enteró de lo que estaba pasando en su país. Llegó a la Argentina hace siete años con su esposa y aquí nació su hijito, que este jueves entró en monopatín a Caacupé. Pero los padres y las dos hermanas de Antonio siguen en Venezuela. "Somos de Maracaibo, nuestras familias están bien. Pero tenemos amigos que viven en Caracas y que tuvieron que ser evacuados, y conocidos que aún no aparecen. En Venezuela no hay infraestructura como para contener algo así: no hay centros para refugiar a la gente y los hospitales no tienen siquiera los insumos básicos, es desesperante", describió.

Después de la misa en la que las banderas venezolanas estuvieron colgadas de los hombros de los fieles y también ubicadas visiblemente en el altar, tras la celebración religiosa que empezó recordando el Apocalipsis bíblico y terminó con un aplauso hacia los ciudadanos venezolanos convocado por el padre Eusebio, Caacupé se cubrió del perfume del sancocho. Es una sopa venezolana que lleva carne, choclo, papa, calabaza, algunas verduras y mandioca.

El comedor comunitario de esta parroquia que la diáspora venezolana en Buenos Aires adoptó como propia fue la sede espontánea de una cena en la que los migrantes compartieron el dolor, las noticias sobre sus familias y también el consuelo que fueron a buscar a la misa. Las noticias ya confirmaban oficialmente la muerte de 235 personas en Venezuela.

"Van a ser miles y miles, esta tragedia recién empieza y el régimen no va a dar información certera", reflexionó Alicia, que vive en Argentina desde hace nueve años. Le pidió a la hija un pañuelo de papel para usar como servilleta después del sancocho. "Ya no quedan, los usamos todos en la misa para llorar", escuchó.

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