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29 de mayo de 2026

El desafío de cruzar los Andes por las altas cumbres: la muerte de Benjamín Matienzo y el misterio de un aterrizaje entre montañas

Hace 107 años tres aviadores se largaron a la aventura de llegar a Chile partiendo desde Mendoza. Dos máquinas debieron regresar por problemas, pero la tercera continuó en soledad. Las incógnitas que aún perduran del vuelo y el mito de un aviador que fue precursor de la aeronáutica argentina

Para los fanáticos de esa aviación que estaba dando los primeros pasos en nuestro país, los desafíos a cumplir estaban a la orden del día. Uno de ellos era el de cruzar la cordillera de los Andes a la altura de Mendoza, donde se debían sortear las altas cumbres. Hubo varios intentos que fracasaron por los fuertes vientos y por las limitadas características técnicas de los aparatos.

Se decidió hacer la travesía en escuadrilla, algo que aún no se había intentado. Se designó al capitán Pedro Zanni, al teniente primero Antonio Parodi y al teniente Benjamín Matienzo, que entonces estaba en el Batallón 5 de Ingenieros y que, para ello, había sido enviado en comisión.

El antecedente más inmediato fue el 13 de abril de 1918 cuando el teniente Luis Cenobio Candelaria, el amigo de Benjamín Matienzo, quien la cruzó a bordo de un aeroplano. Lo hizo como un homenaje a Jorge Newbery, quien había muerto trágicamente el domingo 1 de marzo de 1914 mientras hacía una exhibición. El tucumano Candelaria lo hizo por Neuquén, donde el macizo andino es un poco más bajo, partiendo de Zapala y aterrizando en Cunco, en un vuelo de dos horas y media realizado en un avión Morane-Saulnier Parasol de 80 caballos de fuerza. Fue felicitado, obtuvo por esa hazaña el título de aviador militar y también terminó sancionado, porque el vuelo lo había hecho sin la autorización de sus superiores.

Los pilotos chilenos ya nos habían ganado de mano: el 12 de diciembre de 1918 el teniente Dagoberto Godoy había despegado del sur de Santiago y aterrizado en Lagunitas, Mendoza y el 5 de abril de 1919, como homenaje al centenario de la batalla de Maipú (celebrado el año anterior), el teniente primero Amando Cortínez cruzó en un Bristol M-1C.

Matienzo había nacido en Tucumán el 9 de abril de 1891 y había egresado como subteniente del arma de ingenieros en 1910. Con Candelaria, compañeros del Colegio Militar, también habían hechos juntos el curso en la Escuela de Aviación que finalizaron en septiembre de 1917. Se transformó en Piloto Aviador N° 111 y en piloto militar.

Junto al ingeniero Edmundo Lucius, piloto aviador militar n° 88, unió El Palomar con San Miguel del Tucumán a bordo de un biplano Voisin 5 LA, haciendo escalas en Rosario, Rafaela, La Banda Real, Sayana y Santiago del Estero. Antonio Parodi había elegido a Matienzo para adiestrarlo en acrobacia.

El miércoles 28 de mayo de 1919, desde Los Tamarindos, en Mendoza, Zanni, Parodi y Matienzo se largaron al desafío en tres aviones: un Ansaldo SVA 5 N°1 Sartorelli; un Ansaldo SVA 10 N° 1 Giovanardi y un Nieuport 28 C1. El despegue fue a las 6:41 de la mañana y tanto Zanni como Parodi debieron regresar por problemas técnicos.

Matienzo continuó a bordo del Nieuport. Según su sobrino nieto Alvaro de Zavalía, tenía fama de testarudo y que cuando se proponía algo, debía hacerlo. Había fuertes vientos y además nevaba.

A las 8:30 lo vieron sobrevolar el Puente del Inca y cinco minutos después por Las Cuevas, a unos 6000 metros de altura. Según estudiaría tiempo después el propio Candelaria, Matienzo habría seguido un trecho la quebrada del río Tupungato con rumbo sudoeste para luego enfilar hacia el oeste. Se supuso que pretendió aprovechar el viento de cola cuando en lugar de encarar el vuelo directo hacia la frontera, se dirigiese al norte. Luego de unos diez kilómetros, por la estela de humo que despedía la máquina, se percibió que cruzó las montañas a la altura de Potrero Escondido. Preocupó que volase un tanto más bajo que los cerros.

El resto es especulación. Lo que los estudiosos arriesgaron es que después de pasar por Punta Vacas haya tratado de enfilar directamente hacia Santiago de Chile. Posiblemente por los fuertes vientos y la escasez de combustible, se cree que tomó rumbo noroeste para buscar un lugar para aterrizar y regresar a pie a Las Cuevas. Esta hipótesis está sostenida por los testigos que lo vieron pasar por ese punto. Cómo aterrizó Matienzo es un misterio.

Temiendo lo peor, se enviaron misiones de búsqueda, en las que intervino su amigo Candelaria. Durante meses no pudieron hallar el cuerpo del piloto y hasta el presidente del Jockey Club de Mendoza ofreció un premio en dinero a quien lo encontrase.

El 18 de noviembre de 1919 el subcomisario de Las Cuevas, Joaquín Pujadas, se atribuyó el hallazgo. Fue a unos dos kilómetros al norte de Potrero Escondido y al pie del paso del Rincón del Morro, a unos 50 metros de un refugio minero, y a diez metros de la margen izquierda del río de Las Cuevas, en suelo argentino.

Estaba sentado, inclinado hacia atrás sobre el costado derecho, sobre una piedra. Conservaba su uniforme militar de campaña, una tricota blanca de lana y un traje de mecánico. Por el desgaste que tenían sus botas, se calculó que había caminado unos quince kilómetros. El cuerpo tenía señales de haber sido víctima de los buitres.

También llevaba un revólver, que tenía dos cápsulas vacías, su billetera con dinero, un billete de lotería y un recorte de un diario chileno, que hacía alusión al vuelo de los dos pilotos trasandinos y a los aparatos que volaron.

Se concluyó que, agotado, había parado a descansar, se quedó dormido y murió por las bajísimas temperaturas. El coronel Molinari, Parodi y Candelaria reconocieron el cuerpo. Pero aún restaba un detalle para cerrar la historia: hallar el avión.

No lo pudieron encontrar. Se ofreció, como incentivo, un premio de mil pesos, pero no se tuvo noticias. Hasta el 4 de febrero de 1950 cuando una patrulla lo halló en una quebrada. Estaba a unos 4500 metros de altura y a unos 150 metros de la línea fronteriza al norte del Portillo de los Contrabandistas. Tenía el motor intacto y todo dio a entender que Matienzo lo había hecho aterrizar en una brillante maniobra.

En diciembre del año que falleció el aviador, en Tucumán se creó el Aero Club, cuyo aeródromo, que sería el germen del aeropuerto, pasó a llamarse Benjamín Matienzo. Cuando la base ya era un aeropuerto, en un sector había una vitrina en la que se conservaban los elementos personales que llevaba el aviador cuando fue hallado sin vida: una bota, antiparras, guantes, insignias, un revólver.

Su avión se conserva en el Museo Nacional de Aeronáutica de Morón y en el Parque General San Martín en Mendoza hay un monumento que recuerda a este tucumano que, en el afán de superar los límites, perdió la vida en la soledad de los Andes.

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