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19 de mayo de 2026

Electroshocks en el Borda, canciones olvidadas y una huida por las vías del tren: el triste final de Tanguito

Mucho antes de convertirse en personaje de culto, fue un chico humilde obsesionado con el rock. Compuso La Balsa en el baño de la Perla de Once junto a Lito Nebbia. Vivió al límite y murió a los 26 años el 19 de mayo de 1972

José Alberto Iglesias, Tanguito para siempre, pertenece a esa categoría extraña y dolorosa de músicos cuya vida quedó suspendida en un territorio donde la realidad y el mito se mezclan hasta hacerse inseparables. Murió joven, demasiado, el 19 de mayo de 1972, cuando apenas tenía 26 años. Pero a diferencia de otros ídolos que encontraron la eternidad después de una carrera extensa, él se volvió inmortal casi sin haber tenido tiempo de existir.

Su historia es la del chico suburbano que llegó a Buenos Aires con una guitarra, una melena desordenada y una sensibilidad imposible de domesticar. La del pibe tímido y salvaje que ayudó a escribir la canción que cambió para siempre el rock argentino. La del muchacho que dormía en plazas, en casas ajenas o directamente en ninguna parte. La del artista capaz de conmover a todos con una melodía simple y, al mismo tiempo, destruirse frente a los ojos de quienes lo admiraban.

Tanguito fue muchas cosas: poeta callejero, músico errante, pionero, enamorado compulsivo y criatura rota. Pero sobre todo fue un símbolo de una generación que estaba inventando algo nuevo en la Argentina de mediados de los años sesenta: una forma distinta de cantar, de vivir y de mirar el mundo.

A más de medio siglo de su muerte, su figura sigue provocando la misma fascinación. Porque detrás de la leyenda existe una historia profundamente humana. La de un chico de barrio que nunca consiguió encontrar un lugar donde sentirse a salvo.

José Alberto Iglesias nació el 16 de septiembre de 1945 en San Martín, aunque creció en Caseros, en el oeste del Gran Buenos Aires. Era hijo de José Iglesias, vendedor ambulante, y de Juana Correa, empleada doméstica. La familia vivía con lo justo. Nada en aquella infancia parecía anunciar que ese muchacho flaco, callado y desprolijo terminaría convertido en uno de los nombres fundacionales del rock nacional.

El barrio moldeó gran parte de su personalidad. Tanguito creció entre calles de tierra, clubes barriales, talleres mecánicos y radios que empezaban a lanzar los sonidos nuevos que llegaban desde Estados Unidos. Elvis Presley, Bill Haley, Eddie Cochran. El rock and roll entró en su vida como una revelación.

La escuela nunca logró atraparlo. Le costaba concentrarse, obedecer, adaptarse. Abandonó los estudios siendo muy joven y pasó fugazmente por cursos de jardinería y paisajismo en el Jardín Botánico, aunque tampoco duró demasiado allí. Lo único que parecía importarle era la música.

A los 15 o 16 años ya frecuentaba clubes de Mataderos y Flores donde se bailaba tango, bolero o música tropical. Pero él aparecía con otra energía. Mientras los demás seguían los pasos tradicionales, José se movía como los chicos del rock norteamericano. Sacudía el cuerpo, improvisaba, giraba sobre sí mismo. Aquella rareza llamó la atención de todos. Por contraste con el tango tradicional que dominaba los bailes de la época, sus amigos empezaron a decirle "Tango". Después vino el diminutivo: Tanguito. El apodo ya contenía algo de ironía y de ternura. Y terminaría convirtiéndose en una marca imborrable.

Antes de ser mito, Tanguito fue simplemente un chico que quería tocar. Como tantos adolescentes de la época armó bandas improvisadas para interpretar versiones de rock and roll. En 1963 integró Los Dukes, uno de sus primeros grupos estables.

Con ellos grabó algunos simples para el sello Music Hall. Canciones modestas, todavía muy influenciadas por la "Nueva Ola" y el rock liviano de comienzos de los sesenta. Pero incluso allí ya aparecía algo distinto.

No era un gran guitarrista. Tampoco un cantante técnicamente brillante. Su potencia estaba en otro lado. Había una vulnerabilidad extraña en su voz. Una forma de decir las palabras que parecía venir directamente desde un lugar emocional muy profundo. Los Dukes llegaron a compartir escenarios con Sandro y Los de Fuego, Billy Bond y otras figuras emergentes. Pero Tanguito no encajaba del todo en el formato comercial. Era demasiado imprevisible.

Mientras otros músicos soñaban con el éxito, él parecía interesado en otra cosa: la experiencia de vivir la música. A mediados de los sesenta, Buenos Aires empezaba a transformarse. Bajo la superficie conservadora de una ciudad todavía atravesada por tradiciones rígidas, comenzaba a surgir una contracultura juvenil que buscaba romper con todo.

El epicentro de esa revolución silenciosa fue La Cueva, un sótano ubicado en la zona de Recoleta donde se reunían músicos, poetas, bohemios y futuros íconos del rock argentino. Ahí estaban Litto Nebbia, Moris, Javier Martínez, Miguel Abuelo, Pajarito Zaguri, Tanguito y muchos otros chicos que todavía no sabían que estaban construyendo la historia.

Las noches en La Cueva eran largas y desordenadas. Se mezclaban el jazz, el rock, las discusiones filosóficas y las guitarras acústicas que pasaban de mano en mano hasta el amanecer. Tanguito encajó perfectamente en ese universo marginal. Llegaba despeinado, con ropa gastada y una guitarra casi siempre desafinada. A veces desaparecía durante días. Otras veces surgía de madrugada con canciones nuevas.

Si La Cueva fue el laboratorio del rock argentino, La Perla de Once fue su oficina improvisada. El bar ubicado frente a Plaza Miserere se convirtió en refugio nocturno para aquellos músicos que pasaban horas enteras hablando de arte, política, poesía y música.

La madrugada del 2 de mayo de 1967 ocurrió allí una escena que luego sería reconstruida casi como una leyenda. Tanguito estaba sentado con una guitarra, probando acordes. Litto Nebbia se acercó. José tenía una frase dando vueltas en la cabeza: "Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado…" A partir de esa línea comenzaron a trabajar juntos en una canción. Así nació "La Balsa".

El tema terminaría siendo grabado por Los Gatos y se transformaría en el gran punto de partida comercial y cultural del rock en castellano en Argentina. Vendió cientos de miles de copias y abrió una puerta que ya nunca volvería a cerrarse. Con el tiempo aparecieron discusiones sobre la autoría. Algunos intentaron minimizar el aporte de Tanguito. Otros sostuvieron que la idea central había sido completamente suya. Litto Nebbia siempre reconoció que la composición fue compartida. Pero más allá de las polémicas, hay algo indiscutible: sin Tanguito, "La Balsa" probablemente no habría existido del mismo modo. Y tampoco el mito.

La frase inicial de "La Balsa" terminó funcionando casi como una autobiografía involuntaria. Porque Tanguito cargaba una soledad feroz. Aunque estaba rodeado de músicos, amigos y admiradores, había algo en él que parecía imposible de contener. Una fragilidad emocional profunda. Dormía donde podía. A veces en casas de amigos, otras en plazas, pensiones o estaciones de tren. No tenía disciplina ni interés por el dinero. Si cobraba por una presentación, probablemente lo gastaría esa misma noche.

La música era lo único verdaderamente importante. Pero incluso ahí aparecían las contradicciones. Podía escribir canciones hermosas y después olvidarse de grabarlas. O emocionar a todos en un recital íntimo y luego desaparecer antes de subir al escenario. Muchos productores lo consideraban inmanejable. Otros simplemente lo adoraban.

Tanguito tuvo varias relaciones amorosas a lo largo de su vida, aunque ninguna logró estabilizarlo. Quienes compartieron tiempo con él coinciden en que necesitaba afecto de manera desesperada. Era seductor desde la vulnerabilidad. No desde la seguridad. Tenía una mezcla de inocencia y misterio que resultaba magnética.

Entre sus relaciones más conocidas aparece Mariana, una joven con quien vivió momentos intensos durante los años de mayor efervescencia del rock porteño. También hubo romances fugaces marcados por las ausencias, los excesos y las desapariciones repentinas. Tanguito podía enamorarse profundamente y, al mismo tiempo, escapar. Era incapaz de sostener rutinas. Las canciones eran el lugar donde conseguía decir lo que en la vida cotidiana no podía expresar.

Cuando hoy se habla de rock nacional aparecen nombres gigantescos: Spinetta, Charly García, Nebbia, Pappo, Moris. Pero antes de que el movimiento tuviera industria, prensa o reconocimiento masivo, existió una generación fundacional que hizo todo desde cero. Tanguito fue parte esencial de ese origen. No porque hubiera vendido millones de discos. Ni porque tuviera una carrera organizada. Sino porque representaba el espíritu más puro y salvaje de aquella primera camada. En una Argentina donde todavía se consideraba ridículo cantar rock en castellano, ellos insistieron. Querían hablar de su propia realidad. De las calles porteñas. De la soledad. Del desencanto juvenil. De la necesidad de escapar. Tanguito parecía encarnar todo eso naturalmente. No era un producto. Era un chico roto tratando de sobrevivir a través de canciones.

Con el paso del tiempo, la vida de Tanguito empezó a deteriorarse. Los excesos continuaron como parte habitual del ambiente nocturno de fines de los sesenta. En su caso, el consumo rápidamente dejó de ser recreativo. Se volvió más errático, más desconfiado, más vulnerable emocionalmente. Había períodos de euforia seguidos por largos silencios. En ocasiones parecía completamente perdido.

En 1968 grabó "La princesa dorada" y "El hombre restante", sus primeros simples como solista. Le sobraba talento. Pero sostener una carrera profesional parecía imposible. Desaparecía. Olvidaba letras. Cancelaba presentaciones. Sin embargo, cuando lograba concentrarse, sucedía algo extraordinario. Tanguito componía desde un lugar visceral. Sus canciones parecían surgir directamente desde la herida.

El 20 de octubre de 1967 grabó "Yo soy Ramsés" –otro de sus apodos- en los primeros estudios TNT de Buenos Aires. El disco recién fue rescatado y publicado oficialmente en el año 2009. También lo hizo a comienzos de los setenta junto a Javier Martínez, de Manal. Allí quedaron registradas versiones imperfectas, caóticas y profundamente emotivas de temas como "Amor de primavera", "Natural" y "La Balsa". Si "La Balsa" representa el nacimiento del rock argentino, "Amor de primavera" quizás sea la canción que mejor expresa el universo emocional de Tanguito. Hay en esa melodía una mezcla de dulzura y tristeza que atraviesa toda su obra. Parecía escribir desde un lugar suspendido entre la esperanza y la derrota. Como si siempre supiera que la felicidad duraría poco. Eso explica por qué tantas generaciones siguieron conectando con sus canciones incluso décadas después.

Hacia 1971 su situación era alarmante. El consumo problemático y los problemas de salud mental se habían agravado. Pasaba temporadas enteras perdido en las calles de Buenos Aires. Estaba extremadamente delgado. Descuidado. Muchas veces desorientado. Algunos amigos intentaron ayudarlo. Muchos observaban su deterioro sin comprender realmente la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Finalmente fue internado varias veces en hospitales psiquiátricos, entre ellos el Hospital Borda. Las condiciones eran durísimas.

La salud mental en la Argentina de principios de los setenta estaba atravesada por prácticas violentas y deshumanizantes. Tanguito sufrió electroshocks, medicación pesada y encierros prolongados. Para alguien tan frágil y sensible, aquello resultó devastador.

La muerte de Tanguito sigue rodeada de versiones, mitos y zonas oscuras. Lo que se sabe con certeza es que el 19 de mayo de 1972 escapó del Hospital Borda. Quería volver a Caseros. Algunas versiones sostienen que intentaba tomar un tren de la línea San Martín. Otras afirman que caminaba por las vías completamente desorientado. La escena final ocurrió cerca del puente Pacífico, en Palermo. Un tren lo atropelló. Tenía 26 años.

Desde entonces surgieron múltiples hipótesis. Hubo quienes hablaron de accidente. Otros insinuaron suicidio. También circularon relatos confusos sobre el estado en que se encontraba esa noche. Lo cierto es que Tanguito llevaba meses profundamente deteriorado física y emocionalmente. Estaba exhausto. Perdido. Abandonado por gran parte del entorno que alguna vez celebró su sensibilidad.

Su muerte condensó el costado más oscuro del nacimiento del rock argentino: la falta de contención, la romantización de la autodestrucción y la fragilidad extrema de muchos artistas jóvenes. Y lo convirtió en mito. Después llegaron las reediciones, los homenajes, los libros y finalmente la película "Tango feroz", estrenada en 1993. Aunque el film tomó enormes libertades y construyó una versión muy ficcionalizada de su vida, ayudó a instalar definitivamente la figura de Tanguito en nuevas generaciones. De pronto, miles de chicos que nunca habían escuchado hablar de él empezaron a preguntarse quién había sido realmente aquel muchacho triste de pelo largo. El problema es que el mito muchas veces terminó tapando a la persona.

La madrugada en que escribió "La Balsa", Tanguito imaginó una huida. "Me iré hacia la locura…", decía la canción. Una balsa quizás, para intentar sobrevivir al mundo.

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