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18 de mayo de 2026

Nada es tan simple, el ciclo de charlas entre Pilar Sordo y Luis Novaresio: "Más allá de la sangre, �qué es la familia hoy?"

La psicóloga y el periodista reflexionan sobre los roles parentales y los nuevos modelos familiares que desafían lo tradicional. Cuando desaparecen los moldes y las estructuras, �se puede garantizar de todas formas el bienestar de un hijo?

Pilar Sordo tenía 23 años, era virgen y entró al altar sin haberse hecho una sola pregunta. No porque fuera ingenua. Sino porque esa pregunta, en su generación, directamente no existía. Casarse implicaba hijos. Los hijos implicaban una estructura. Y la estructura no se discutía.

Eso fue hace décadas. Luis Novaresio le pregunta, en un nuevo capítulo de Nada es tan Simple de Infobae, a la psicóloga chilena cómo ve el debate sobre la familia tradicional, y la respuesta no es una defensa ni un ataque. Es una suma.

"Me parece que el concepto de familia, entre comillas tradicional, sigue siendo válido para mucha gente, sigue siendo un deseo para mucha gente", dijo Sordo en Nada es tan simple. "Pero creo que hay otras, se agregan otras, que afortunadamente el sistema social pudo incorporar con mayor o menor dificultad, con mayor o menor prejuicio".

La psicóloga no propone reemplazar nada. Propone sumar. Y en esa operación, desplaza el foco de la estructura hacia el vínculo: lo que daña, dice, no es la forma de la familia sino la calidad de la presencia dentro de ella. "En lo vincular se puede dañar en ausencia o en mala presencia", afirmó. "Y se puede aportar con distintas estructuras cuando la presencia está y cuando se sostiene el vínculo".

Lo que unifica a cualquier familia, según Sordo, no es el apellido compartido ni el certificado de matrimonio. Es el amor entendido como decisión, no como sentimiento. "Una cosa media comunitaria", lo llamó: el trabajo deliberado por el bienestar de todos los que integran ese núcleo, sean quienes sean.

Novaresio introduce el caso de las familias monoparentales por elección, y Sordo no esquiva la incomodidad. Dice que no tiene certeza de que la ausencia absoluta del otro progenitor no genere una sensación de carencia en el niño, algo con lo que habrá que trabajar. Pero agrega que ha visto, en su práctica clínica, que una explicación amorosa y contenida de esa historia puede reparar esa ausencia, y a veces con más claridad que la presencia conflictiva de dos adultos.

Lo que sí le importa a Sordo es desde dónde se construye esa historia. Porque no es lo mismo decidir ser madre sola porque no se encontró pareja, que decidirlo desde el resentimiento hacia los hombres. No es lo mismo elegir la paternidad en solitario como un acto de amor, que hacerlo como una declaración de guerra contra las mujeres.

"Lo pongo más brutalmente", interviene Novaresio. "Una cosa es una madre que quiere ser madre porque desea ser madre, y otra es: prescindo de los hombres, que son todos una mierda".

Sordo no duda: "Tal cual, a eso me refiero".

Ese punto de partida, dice la psicóloga, determina el cien por ciento del proceso. Porque da paz o no, dependiendo de cómo se haya vivido. Y esa paz, o su ausencia, se deposita directamente en el niño.

Novaresio trae su propia historia. Forma parte de una familia que no responde a ningún molde clásico: una mamá y un papá que son dos amigos, que se conocieron en el deseo de ser padres, que hicieron un procedimiento de fertilización in vitro, y donde él aparece como pareja del padre. Su hijastra se llama Vera, tiene ocho años, y nunca planteó la pregunta de qué era Luis para ella.

En el jardín de infantes, cuando tuvo que describir su familia chiquita, Vera la dibujó así: "Mi mamá, mi papá y mi Luis".

"De hecho, la palabra padrastro es una palabra que has puesto tú", le señala Sordo.

"Nos divertimos", responde él. Y cuenta que Vera, cuando era más pequeña, lo llamaba por su nombre completo para pedirle cosas: "Luis Novaresio, me traés soda". El conflicto, subraya Novaresio, nunca fue de la niña. Fue siempre de los adultos que miraban desde afuera.

Sordo conecta eso con algo que observa en Chile con los terremotos: el miedo de los niños ante un sismo depende casi completamente de cómo reaccionen los adultos a su alrededor. "En esto también", dice. "Los niños lo van a vivir de acuerdo a como lo vivan los adultos".

Uno de los ejes más precisos de la conversación es la distinción entre género y función. Novaresio lo plantea con claridad: lo que hay que garantizar en cualquier estructura familiar no es la presencia de un hombre y una mujer, sino el cumplimiento de dos funciones. La función de la ley, que pone límites. Y la función de la contención, que sostiene afectivamente.

Esas dos funciones no tienen dueño biológico.

"Hay montones que al revés", confirma Sordo. Familias heterosexuales donde la madre ejerce la autoridad y el padre la ternura. Familias donde ninguno de los dos cumple ninguna de las dos funciones, y son los abuelos quienes las asumen. "Hoy hay tanto abuelo educando de nuevo", dice la psicóloga, "porque los papás están todos trabajando".

Lo que sí le importa a Sordo es que ambos elementos estén presentes en la estructura, independientemente de quién los ejerza. Y Novaresio agrega que incluso una sola persona puede contener los dos polos, como ocurre en la monoparentalidad sobrevenida por separación o muerte. Sordo lo confirma desde su propia experiencia: tras su divorcio, con sus hijos viviendo mayormente con ella, ejerció ambas funciones de forma alternada. "¿Me parece agotador? Sí. Pero a ratos también es liberador, porque tenés menos con quien negociar".

Novaresio introduce otro ángulo que suele pasarse por alto en el debate sobre familias diversas: cuando un padre o una madre forma una nueva pareja, el niño no pierde nada. Gana un adulto más que puede contenerlo.

"Hay tres adultos que pueden contenerlo", dice. Y reconoce que eso, para los adultos, es complicado: quién pone la norma, quién la contradice, cómo se coordinan tres personas en la crianza. Pero para el niño, en los casos donde esa red funciona armónicamente, es una ganancia.

Sordo lo ilustra con lo que les dijo a sus hijos cuando se separó: "Va a haber dobles regalos de Navidad". Y después va más lejos: "El corazón tiende a dividirse y hay más personas potenciales que te quieren y que te van a cuidar, a las que tú pudieras querer acudir en algún momento, porque este sabe de filosofía, porque este es divertido, porque esta cocina delicioso".

La conversación no esquiva la tensión. Novaresio lo dice sin rodeos: lo distinto incomoda. Y muchas veces el rechazo no viene de la mala fe sino de la ignorancia y de la pereza de pensar. "No me pongan un anaranjado porque tengo que ponerme a pensar", ironiza.

Pero agrega algo que Sordo recoge con fuerza: el diverso también tiene una responsabilidad. No puede exigir comprensión inmediata de quien fue formateado durante décadas en otro modelo. "Dale tiempo, explicalo con más amor", dice Novaresio.

Y Sordo precisa: ese tiempo no garantiza acuerdo. "Aceptar no significa estar de acuerdo". Alguien puede entender una realidad distinta, respetarla, convivir amorosamente con ella, y aun así decir que no es para él. Eso también es válido.

Lo que no es válido, coinciden, es el desprecio en ninguna dirección. Ni hacia quien eligió lo diverso, ni hacia quien eligió lo convencional. Porque, dice Sordo, también empieza a ocurrir lo contrario: quien eligió la familia tradicional termina siendo señalado como rígido, como alguien que "no se atrevió a más".

"El respeto es lo único no transable", cierra Sordo.

En el tramo final, Novaresio cuenta que él también pensó en ser padre solo. Empezó a averiguar sobre subrogación de vientre. La abogada que lo asesoraba le preguntó, sin mirarlo, quién se haría cargo del niño si él moría.

"¿Cómo yo me muero?", respondió él.

La abogada lo miró: "Sí, está la opción que usted se muera. Es más, se va a morir".

Novaresio tiene una familia pequeña, sin hermanos, sin primos cercanos, con los pocos parientes que existen viviendo en el exterior. Esa pregunta lo detuvo. "Esto sí que es un acto de inconsciencia, porque puedo morirme. ¿A dónde va esa criatura?"

Sordo escucha y conecta ese dilema con algo que ya empieza a ver en consulta: una cantidad creciente de adultos que deciden, consciente o no, no tener hijos. Y se pregunta en voz alta si alguno de ellos se habrá preguntado quién los va a cuidar cuando sean viejos.

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