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14 de abril de 2026

"Era como un árbol": el paso por la NBA, la mítica foto con Carlos Menem y el final en soledad del argentino más alto de la historia

A Jorge González le decían el Gigante porque llegó a medir más de 2,30 metros. Se convirtió en el primer argentino en ser seleccionado en el draft de la NBA, pero hizo carrera en la lucha libre. Su historia estuvo marcada por una enfermedad que lo hizo crecer en forma desproporcionada y que lo llevó a una muerte temprana, a los 44 años

Hay imágenes que sobreviven al paso del tiempo porque condensan una época. Una de ellas ocurrió en el Luna Park, a fines de los años 80. Un presidente recién asumido, en plena euforia mediática, vestido con la camiseta de la selección nacional de básquet y sonrisa calculada, frente a un joven de 2,31 metros que parecía salido de otro mundo. Uno representaba el poder político; el otro, una aptitud física convertida en fenómeno. Aquella escena, reproducida hasta el cansancio, terminó deformándose en el recuerdo colectivo hasta convertirse en un supuesto duelo. Pero no lo fue. Fue algo más revelador: un espectáculo.

El 30 de agosto de 1989, en el marco del evento "Básquet de la Solidaridad", el entonces presidente Carlos Menem participó de un partido benéfico en el Luna Park. Compartió equipo con figuras del básquet nacional como Miguel Cortijo, Eduardo Cadillac, Marcelo Milanesio, Sebastián Uranga y un joven formoseño que empezaba a llamar la atención por razones imposibles de ignorar: Jorge González.

Menem, enfundado en la camiseta número 10, jugó de base, lanzó varias veces al aro, sumó 13 puntos y hasta regaló una asistencia que terminó en volcada. Pero nada de eso fue lo que quedó. La foto que recorrió el país fue otra: la del presidente lanzando una pelota bajo la mirada de González, que lo observaba desde más de medio metro por encima. Una postal perfecta para una época en la que la política también era show.

Aunque la narrativa popular insistió durante años en presentar la escena como un desafío entre ambos, lo cierto es que compartieron equipo. Nunca se enfrentaron. Sin embargo, el contraste físico, la teatralidad del evento y la maquinaria mediática hicieron su trabajo: el mito se impuso a la realidad.

Para Jorge González, aquel momento fue mucho más que una anécdota pintoresca. Fue el inicio de su transformación en personaje público. Dejó de ser una curiosidad deportiva para convertirse en una figura mediática. Las invitaciones a programas de televisión comenzaron a llegar, al igual que las participaciones en eventos sociales y notas de color. Su figura trascendía el básquet.

Todavía no lo sabía, pero ese era apenas el comienzo de un recorrido tan vertiginoso como desigual: de promesa del deporte argentino a fenómeno global, de la NBA al circo de la lucha libre, de la fama internacional al olvido. Una vida que siempre estuvo marcada por la misma condición que lo hizo único: su tamaño.

Jorge nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, una localidad formoseña donde el ritmo lo marcan las siestas largas, las bicicletas y las conversaciones en la vereda. Hijo de Felipe, policía provincial, y Dorotea, ama de casa, creció en un entorno humilde, sin lujos ni asfalto, como tantos otros niños del interior profundo. Pero había algo que lo hacía distinto. Demasiado distinto.

A los ocho años ya medía más de 1,80 metros. Su crecimiento no solo era inusual: era desproporcionado para cualquier parámetro. En un pueblo pequeño, donde todos se conocen, su presencia no pasaba desapercibida. Tampoco su silencio.

Quienes lo conocieron en esa etapa lo recuerdan como un chico retraído, de pocas palabras, que evitaba exponerse. No jugaba como los demás, no corría como los demás. Era observado, señalado, a veces con curiosidad, otras con incomodidad. "Lo querían, pero lo miraban raro", recordaría una vecina años después.

Su casa tampoco estaba preparada para su cuerpo. Dormía en una cama improvisada con colchones unidos, su ropa debía hacerse a medida y cada objeto cotidiano parecía diseñado para alguien más pequeño. En la escuela primaria N° 61 "Rafael Obligado", los pupitres le quedaban chicos y su cuerpo debía adaptarse a espacios que no lo contemplaban. Su historia, desde el inicio, fue la de alguien que nunca logró encajar del todo.

La adolescencia trajo consigo una posibilidad. Cuando su altura superó los dos metros, el básquet apareció primero como una alternativa y luego como un camino inevitable. En 1983, durante una gira por el norte argentino, el legendario entrenador León Najnudel lo descubrió. Visionario y formador de talentos, no dudó en invitarlo a sumarse a Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia.

Por entonces, González ya medía 2,20 metros y pesaba más de 130 kilos. Era imponente, pero no necesariamente funcional al deporte. Sus movimientos eran lentos, la coordinación limitada y el desgaste físico, evidente. Aun así, Najnudel vio algo más importante: disposición para aprender.

El traslado al sur significó un cambio radical. Entrenamientos dobles, rutinas específicas, seguimiento médico y el intento constante de adaptar su cuerpo a una disciplina que no estaba pensada para alguien como él. Fue un proceso lento, pero sostenido. En 1985 pasó a Sport Club Cañadense, donde disputó la Liga B. Su debut fue impactante: 28 puntos, 18 rebotes y cinco bloqueos. Su sola presencia alteraba cualquier partido.

Sin embargo, no todo era sencillo. Su físico imponía ventajas, pero también limitaciones. Aprender a moverse, a posicionarse, a leer el juego, fue un desafío constante. "Si lo agarrabas bien parado, era imposible frenarlo", diría años después su entrenador Carlos Prunes: "Era como un árbol".

En 1986 fue convocado a la selección argentina. Primero en juveniles y luego en la mayor. Participó en el Sudamericano de Medellín en 1987 y en los Juegos Panamericanos de Indianápolis. Allí se produjo otra imagen inolvidable: su comparación física con David Robinson, figura del equipo de Estados Unidos. La diferencia de altura era tan notoria que las fotos dieron la vuelta al mundo.

Ese mismo año comenzaron a llegar los primeros sondeos internacionales. Pero el verdadero salto ocurrió en 1988, cuando fue seleccionado en el puesto 54 del draft de la NBA por los Atlanta Hawks. Fue el primer argentino en lograrlo. Para entonces, ya medía más de 2,30 metros y era considerado el argentino más alto de la historia, del que se tuviese registro.

El hito, sin embargo, no tuvo la repercusión que hoy tendría. En ese entonces, la globalización del básquet aún no había explotado y su figura era vista más como una curiosidad que como una promesa consolidada. Nunca llegó a disputar un partido oficial en la liga. Su cuerpo no resistía la exigencia. Fue derivado a ligas de desarrollo, pero su destino estaba a punto de cambiar de manera inesperada.

El salto no fue deportivo, sino mediático. Vince McMahon, creador del imperio de la lucha libre estadounidense, vio en González algo que trascendía el básquet: un personaje. Lo convocó a la World Wrestling Federation. Jorge aceptó sin dudar. Así, en 1993 debutó en WrestleMania IX, el evento más importante del calendario. Su rival fue nada menos que The Undertaker.

Su aparición fue impactante. Vestía un traje completo con músculos pintados que acentuaban su tamaño descomunal. Más que un luchador, parecía un personaje de ficción. Durante dos años recorrió Estados Unidos, Europa y Asia. Participó en espectáculos multitudinarios, grabó publicidades y hasta tuvo una aparición en la serie Baywatch. Su imagen era global. Pero su cuerpo empezaba a pasar factura. Y entonces, llegaron la enfermedad y el regreso.

En 1995 dejó la actividad. El diagnóstico fue contundente: gigantismo acromegálico, producto de una alteración en la glándula pituitaria que genera un exceso de hormona de crecimiento. La misma condición que lo había convertido en un fenómeno era, al mismo tiempo, su mayor condena.

Regresó a la Argentina y se instaló en Resistencia, Chaco. La vida que encontró distaba mucho de la imagen de éxito que muchos imaginaban. Sus ingresos se habían diluido entre contratos poco favorables, impuestos y gastos médicos. Su salud se deterioró progresivamente: diálisis, hipertensión, problemas cardíacos y renales. Pasó sus últimos años postrado, lejos de los flashes. El acompañamiento fue irregular. A veces recibió ayuda de ex compañeros; en otras ocasiones, del Estado provincial. La fama había quedado atrás.

En 2009, en una de sus últimas declaraciones públicas, dejó una frase que resumía su estado: "Tengo muchas ganas de seguir viviendo, aunque no tenga fuerzas. Estoy cansado, pero lucho todos los días". Murió el 22 de septiembre de 2010, a los 44 años, en su casa. Lejos de los estadios, lejos de las cámaras.

El recuerdo siempre continúa vigente en su tierra. En El Colorado, su figura sigue presente. Hay una placa con su nombre en la plaza principal. En la escuela donde estudió, una foto lo inmortaliza en su época de esplendor.

Pero el recuerdo más fuerte no es el del gigante mediático, sino el del niño que caminaba encorvado para no llamar la atención, que saludaba en silencio y que nunca terminó de sentirse cómodo en su propio cuerpo.

Jorge González fue muchas cosas: promesa deportiva, fenómeno mediático, personaje global. Pero también un hombre atravesado por una condición que lo definió en todos los aspectos de su vida. Vivió desde una altura que lo hacía imposible de ignorar. Pero su historia, en el fondo, es la de alguien que siempre estuvo tratando de adaptarse a un mundo que nunca estuvo hecho para él. Fue protagonista de una vida extraordinaria y profundamente humana y cruel al mismo tiempo.

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