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9 de marzo de 2026

Su hijo de 11 años recibía 150 notificaciones por día y decidió sacarle el celular: "Ahora tengo una mejor versión de él"

Luego de detectar señales de ansiedad en su hijo menor, Ignacio Castro decidió cambiar las reglas en su casa y quitarle el teléfono. La experiencia terminó dando origen a "Pacto Parental", una iniciativa entre familias que busca retrasar el acceso de los chicos a los smartphones y a las redes sociales

Esta historia comenzó en 2025, en Luján de Cuyo, Mendoza. El hijo menor de Ignacio Castro (47) tenía 11 años y empezó a transitar algunos episodios de ansiedad. En paralelo, fue víctima de una situación de bullying en el colegio. Mientras trataba de entender qué estaba pasando, Ignacio decidió revisar el teléfono del nene y encontró un dato que lo descolocó: recibía, en promedio, 150 notificaciones de WhatsApp por día.

En ese momento, un vecino le recomendó un libro que terminó marcando un antes y un después en su vida y en la de su familia: La generación ansiosa, del psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt. El texto �que durante semanas encabezó la lista de bestsellers de no ficción del New York Times� arranca con una metáfora provocadora: "Imaginá que a tu hijo de 10 años lo seleccionan para ir a vivir en un asentamiento humano en Marte y no sabés si podrá volver a la Tierra". A través de esa imagen, el autor ilustra cómo los adultos envían a los niños al mundo virtual de las redes sociales y los teléfonos inteligentes sin comprender del todo sus efectos.

Cuando lo terminó de leer, Ignacio dice que ya no pudo volver a ver a la tecnología de la misma forma. "Entendí que no se trataba de si me gustaba que mi hijo estuviera más o menos conectado, sino de que estaba manejando una herramienta para la que no estaba preparado", cuenta.

Su inquietud pronto encontró eco en otros padres y madres del colegio San Nicolás, donde su nene cursaba sexto grado. Primero hicieron una reunión con los padres del curso; luego la directora propuso extender la conversación a toda la escuela y se sumaron 200 más. De ese proceso surgieron dos decisiones: sacarle el smartphone a su hijo menor y promover un acuerdo entre familias para retrasar el acceso de los chicos a los celulares y a las redes sociales, una iniciativa que luego se conocería como Pacto Parental.

En esta charla con Infobae, Ignacio Castro cuenta cómo tomó esa decisión, qué ocurrió en los meses siguientes y por qué hoy asegura que, después de tres meses sin celular, "tiene una mejor versión de su hijo".

En Argentina, la edad promedio de acceso al primer celular es 9,6 años. Así lo reveló el informe Kids Online Argentina 2025, elaborado por UNICEF y UNESCO. Según ese estudio, el 83% de los chicos de entre 9 y 11 años recibió su primer teléfono antes de cumplir los 10, una tendencia que se fue adelantando con el tiempo.

Ignacio Castro no estuvo exento de ese fenómeno. Aunque no recuerda la fecha exacta, calcula que le dio un celular a su nene cuando tenía 9 años. "Porque soy un fanático de la tecnología y creía que darle un dispositivo era tenerlo actualizado", explica.

A eso se sumaba otro factor: la presión social. "Pensás: 'Todos tienen un teléfono, tengo que dárselo'. Mi hijo terminó siendo el único de la clase que no tenía dispositivo. Por eso accedí", agrega.

Hoy asume que fue un error. "Primer teléfono a los 14 años y redes sociales a los 16", plantea en sintonía con lo que ya están haciendo países como Australia, que ya avanzaron con leyes en el tema. "Si la mayoría recibe su primer celular a los 10 cuando debería tenerlo recién a los 14, hay cuatro años de diferencia en los que no están preparados para usarlo", sostiene.

A medida que avanzaba con la lectura de La generación ansiosa, Castro dice que empezó a entender mejor la lógica detrás del uso compulsivo de los teléfonos en niños y adolescentes. El dato que había encontrado en el celular de su hijo �150 notificaciones de WhatsApp por día� cobró otro sentido. "La ciencia entiende que el cerebro de un chico de 13 años todavía es inmaduro, que la corteza prefrontal no terminó de desarrollarse, y que la inyección permanente de dopamina que generan las notificaciones, los 'Likes' y las redes sociales funciona como una droga, causando problemas de ansiedad, depresión y otros trastornos de la salud mental", explica.

En el libro, el autor también plantea que cualquier intento de limitar el uso de teléfonos en los chicos difícilmente funcione si se hace de manera individual. Por eso, después de mantener conversaciones con otros padres y directivos de la escuela, Ignacio decidió sentarse a hablar con su hijo menor.

"Le dije que lo que iba a pasar no era un castigo ni una represalia por algo que él hubiera hecho mal. Al contrario: era una forma de corregir un error mío", recuerda. La reacción inicial no fue buena: "Lloró, pataleó y se enojó conmigo. Todavía me reprocha la decisión, por supuesto. Y si me preguntás si está de acuerdo, ni por casualidad. Lo que propone la tecnología es extremadamente atractivo: está diseñada para mantenerte pegado al teléfono. Aporta poco y se lleva mucho", sostiene Ignacio.

Sin embargo, lo que ocurrió después lo sorprendió. "Hoy mi nene lleva tres meses sin celular y puedo decirte que ahora tengo una mejor versión de él. No la cambio por nada. Le bajó la ansiedad, le bajó la irritabilidad, le bajó la agresividad. Es mucho más simpático, mucho más divertido. El otro día estaba llegando a casa y me lo encontré andando en bicicleta. También empezó a tocar la batería. Al apagar todo esto que lo mantenía anestesiado, empezó a canalizar la energía por otros lugares y, sobre todo, a aburrirse. Cuando le das esa posibilidad pasan cosas maravillosas. Es un movimiento contracultura", asegura.

��Cómo cambió la dinámica en tu casa desde que tomaste esta decisión?�Al más chico le di un Nokia 1110, un dumbphone. Puede hacer llamados, recibir mensajes y jugar a la viborita. Si necesita algo sé que me va a llamar. Es cierto que hay peligros en la calle, pero son más los peligros que trae el teléfono. Después, en casa, la dinámica cambió indefectiblemente porque lo primero que hizo mi hijo fue exigirme: "Si vos también estás todo el día con el teléfono", me planteó. Entonces me tocó revisar qué hacía yo con el aparato. Me di cuenta de que casi el 50% del tiempo que tenía en pantalla no tenía razón de ser. Yo lo uso para trabajar, vivo del marketing online y hago contenido para redes sociales, pero igual me obligó a replantearme.

�Algunos especialistas plantean que en vez de prohibir es mejor acompañar o negociar el uso de la tecnología con los chicos. �Nunca pensaste en un punto intermedio?

�Me parece berreta ese discurso de "enseñarles a usar la tecnología". Es como darle a un chico de 10 años la llave de una retroexcavadora en la 9 de Julio y decirle: "Vení, te voy a enseñar a manejar sin matar a nadie". No hay manera, porque no está preparado. Con mi hijo adolescente de 15 años sí negocié. Le dije: "Vas a tener un máximo de dos horas por día para usar el celular y no vas a tener redes sociales hasta los 16". Y ahí pasaron cosas curiosas. Por ejemplo, mi hijo no sabía que se podía llamar por teléfono. No concebía otra forma de comunicarse que no fuera por WhatsApp. Un día me dijo que necesitaba hablar con un amigo y no podía porque se le había terminado el tiempo. Le dije: "Pero tenés teléfono. Marcá el número y llamalo". Algo que para nosotros es obvio, para ellos no lo es.

��Alguno de tus nenes te reprocha haberse quedado afuera de charlas o de lo que comparten sus amigos porque no tiene redes sociales?

�Cuando le saqué las redes a mi hijo adolescente me dijo con cierta angustia: "Pero me voy a perder todo". Bastó ver cómo lo decía para entender que estaba por el camino correcto. No era él: era el cuerpo tironeando para volver a ese lugar de la adicción. Es difícil decirlo, porque a uno le cuesta pensar a su propio hijo en esos términos. Tendemos a creer que un adicto es alguien que está tirado en una plaza consumiendo drogas. Pero lo cierto es que todos tenemos algún grado de dependencia con el teléfono y no somos conscientes. Vivimos con la idea de que tenemos que estar hiperconectados todo el tiempo, por las dudas de que pase algo. Conozco muy pocas personas capaces de dejar el teléfono todo el día en su casa. Alguien que llegue a la oficina y diga "Me olvidé el teléfono" es rarísimo. Estamos todos demasiado pendientes.

��Les explicaste a tus hijos acerca de los estudios que leíste y de los riesgos que existen por el uso prematuro del teléfono?

�Sí, claro que lo hablamos. En los últimos meses, además, empecé a aparecer en muchos medios y ellos recibieron comentarios por todos lados. Los compañeros les decían: "Tu papá nos sacó el teléfono". A veces en tono de broma, a veces no tanto. En el colegio San Nicolás fuimos de los primeros en plantear el tema y "Pacto Parental" terminó transformándose en una especie de emblema de la desconexión en primaria y secundaria. El inicio de clases de este 2026 fue tremendo: todos los días aparece una escuela nueva anunciando que prohíbe los teléfonos. Los recreos se habían convertido en recreos zombis: chicos mirando la pantalla, sin interactuar entre ellos.

��Cómo sabés que tu hijo no ve TikTok cuando está en lo de un amigo?

Estoy seguro de que pasa. Pero también sé que al sacarle el teléfono resolví el 95% del problema. No pretendo controlar todo. La diferencia entre que mire un rato TikTok y que esté cinco horas por día con el aparato en la mano es enorme. En mi casa, por ejemplo, cuando hay juntadas los chicos ya saben que vienen sin teléfono. Es una condición que conocen ellos y también los padres. No se negocia.

�"Pacto Parental" empezó como una propuesta para el curso de tu hijo y hoy hay más de mil padres siguiendo la iniciativa. �Qué descubriste en el camino?

�Para empezar, me di cuenta de que había un montón de familias padeciendo lo mismo que yo. Incluso se está sumando gente de Paraguay. Algunos estamos más urgidos porque nuestros hijos ya están en esa edad. Otros tienen chicos más chicos y dicen: "Yo quiero mirar este tema con tiempo". Cuando lo propusimos muchos padres tenían dudas del tipo: "�Cómo voy a estar conectado con mi hijo?" o "�Cómo va a pagar la merienda en la escuela?". Entonces empezamos a buscar alternativas: usar un dumbphone, darles efectivo o abrir una cuenta corriente en el kiosco. Muchas veces, en pos de esos pequeños entregables, varias familias terminan aflojando. Después te das cuenta de que las soluciones son bastante más simples. Al final, lo más difícil es bancarse el enojo de los chicos. Pero después entendés que poner límites también es parte de ser padre. Yo llevo tres meses con esta decisión y no la cambio por nada.

*Para más información sobre Pacto Parental, clic acá.

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