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3 de febrero de 2026

El lado menos conocido de la misión Artemis II: qué riesgos enfrenta el desafío de volver a la Luna

Cuatro astronautas afrontarán una travesía inédita desde la era de Apollo, con diversos peligros como la exposición a partículas energéticas, entre otros

>La misión El lanzamiento de Artemis II, con la tripulación ya en cuarentena en Houston, tiene como primera ventana posible el domingo 8 de febrero de 2026, aunque la fecha definitiva dependerá del resultado del ensayo general húmedo, que fue realizado el domingo 1 de este mes, y de las condiciones meteorológicas en Florida, según informó la NASA.

Los desafíos y riesgos que enfrenta Artemis II superan el marco de una misión puntual. Superar estos obstáculos resultará decisivo para la seguridad de los futuros alunizajes del programa Artemis y para el desarrollo de estrategias que permitan sostener la exploración en el espacio profundo. Las soluciones que surjan en este vuelo definirán el rumbo de las próximas décadas de la aventura espacial.

El 1 de febrero de 2026, la NASA realizó los últimos ensayos para Artemis II en la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy. El equipo técnico prueba la carga de combustible criogénico y verifica todos los sistemas del cohete SLS y la nave Orion bajo condiciones de frío y viento, supervisando cada fase con transmisiones en vivo y reportes continuos.

La radiación espacial se ubica entre los mayores obstáculos para las misiones tripuladas que abandonan el entorno protegido de la Tierra. El planeta dispone de una defensa natural: el campo magnético y la atmósfera, que desvían y absorben gran parte de las partículas cargadas provenientes del espacio.

Al explorar más allá de esta región, los astronautas de Artemis II quedarán expuestos a nuevas fuentes de radiación. La primera barrera que deberán atravesar son los cinturones de Van Allen, zonas de partículas cargadas atrapadas por el campo magnético de la Tierra.

Fueron descubiertos en 1958, rodean el planeta como enormes “donas” de radiación y concentran protones y electrones de alta energía. La exposición al cruzarlos se limita por la rapidez del paso, pero representa un riesgo inicial tanto para las personas como para los sistemas electrónicos, de acuerdo con la NASA.

Fuera de la magnetosfera, el peligro proviene de dos fuentes principales: tormentas solares y rayos cósmicos galácticos. Las primeras generan ráfagas de partículas, principalmente protones, que pueden alcanzar niveles potencialmente letales en pocas horas.

El testimonio de Jeremy Hansen, astronauta de la Agencia Espacial Canadiense y uno de los integrantes de la tripulación de Artemis II, para la revista Science, describe la incertidumbre sobre los efectos de la radiación en la salud a largo plazo: “Existe la posibilidad de que esto tenga algún tipo de impacto en mi salud a largo plazo que de otro modo no habría ocurrido, pero no está bien definido”. Los astronautas de la NASA Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch completan los integrantes de la misión que está prevista para comenzar este mes.

Ensayos con tejidos humanos y animales señalaron alteraciones inmunológicas, deterioro cognitivo y lesiones celulares, aunque la evidencia directa en humanos sigue siendo escasa. Los estudios muestran una mayor incidencia de ciertos cánceres y enfermedades neurodegenerativas, pero las diferencias entre las fuentes de radiación complican la comparación con el entorno espacial.

Para mitigar estos riesgos, la nave Orion incorpora refugios especiales, por si sucede una erupción solar, y se desarrollaron chalecos protectores. Durante Artemis I, un maniquí con chaleco absorbió entre 40% y 60% menos radiación que otro sin protección al atravesar el cinturón de Van Allen. No obstante, la protección frente a los rayos cósmicos galácticos sigue siendo limitada, ya que su energía elevada permite que atraviesen la mayoría de los materiales empleados.

La seguridad técnica de la misión representa otra preocupación central, en especial por los antecedentes históricos de accidentes como el del transbordador Challenger en 1986. El recuerdo de esa tragedia y del accidente del Columbia en 2003 influyó en la cultura organizacional de NASA, que reforzó sus protocolos y análisis de riesgos.

El espacio impone desafíos complejos sobre la salud física y mental de los astronautas. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), en la Tierra la exposición anual a radiación cósmica es baja, pero fuera de la atmósfera y el campo magnético terrestre, la dosis se incrementa notablemente. Para misiones cortas como Artemis II, la radiación estimada equivale a una tomografía computada de cuerpo completo. En viajes prolongados, el riesgo se multiplica.

El Human Research Program de NASA identifica cinco amenazas principales: radiación espacial, aislamiento, distancia respecto a la Tierra, gravedad alterada y ambientes cerrados. Estas condiciones provocan pérdida de masa ósea y muscular, alteraciones inmunológicas y problemas visuales, además de afectar el bienestar psicológico.

El prolongado aislamiento, la ausencia de luz natural y la convivencia en espacios reducidos incrementan el riesgo de fatiga y trastornos emocionales, según la experiencia documentada por la agencia. La distancia respecto a la Tierra limita la comunicación y la capacidad de asistencia médica en emergencias. La University College de Londres advierte que en misiones a Marte, la demora en las comunicaciones podría llegar a 20 minutos por trayecto, lo que exigiría una mayor autonomía por parte de la tripulación.

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