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29 de agosto de 2025

Ante la amenaza rusa, Finlandia y Polonia consideran restaurar humedales: “La naturaleza es una aliada”

Mientras Finlandia y Polonia ensayan nuevas fórmulas de defensa, científicos y militares impulsan la restauración de suelos anegados para frenar blindados, reducir emisiones y recuperar ecosistemas.

>Desde que los tanques rusos entraron en Ucrania en 2022, los países europeos que comparten frontera con Moscú han multiplicado sus esfuerzos para blindar el flanco oriental. Finlandia levantó ya el primer tramo de un muro de acero a lo largo de sus 1.340 kilómetros de frontera. Polonia, por su parte, instaló este verano Pero los muros y las minas no son las únicas barreras en construcción. Ahora, la atención se dirige hacia el terreno más blando y húmedo: las turberas. Estos ecosistemas de suelos esponjosos e inundados, que en gran parte de Europa del Norte y del Este ocupan franjas considerables, son naturalmente impenetrables para los vehículos blindados. La idea de restaurar estos humedales, hasta hace poco impulsada principalmente por razones ambientales y climáticas, comienza a ganar un nuevo valor estratégico.

“La naturaleza es una aliada y queremos aprovecharla”, afirmó Cezary Tomczyk, secretario de Estado en el Ministerio de Defensa de Polonia, en declaraciones a Politico.

“Ningún estado báltico cuenta con sistemas de defensa aérea de largo alcance. El cielo es un gran agujero en nuestra defensa”, advirtió a France 24 Māris Andžāns, director del Centro de Estudios Geopolíticos de Riga.

La idea de usar el agua y la naturaleza como defensa no es nueva. Ucrania lo ensayó en los primeros compases de la guerra. En marzo de 2022, las fuerzas ucranianas destruyeron la presa de Kozarovychi, anegando unas 2.800 hectáreas de terreno y frenando temporalmente el avance ruso hacia Kiev. La maniobra fue eficaz en el plano militar, pero devastadora en términos ambientales.

De ahí que los ecólogos adviertan contra soluciones improvisadas. “Si se vuelve a humedecer rápidamente, básicamente se termina con un lago, y no necesariamente con toda la biodiversidad que uno podría imaginar”, explicó Mark van der Wal, de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza en Países Bajos. Su colega Caspar Verwer insistió en que la restauración debe hacerse con paciencia y planificación: “No se trata solo de abrir la compuerta para que entre el agua y así tener una turbera saludable”.

Las turberas ofrecen además un beneficio climático que ninguna otra infraestructura defensiva puede igualar. Son sumideros de carbono de primer orden. Cuando están húmedas, almacenan grandes cantidades de dióxido de carbono en su materia orgánica en descomposición. Cuando se drenan, como ha ocurrido en gran parte de Europa desde el siglo XX, se transforman en emisores masivos de gases de efecto invernadero. Según la Comisión Europea, los suelos de turba degradados representan el 7% de las emisiones anuales del bloque.

Por eso, la legislación europea obliga ahora a restaurar al menos un 30% de las turberas drenadas de aquí a 2030. Para Bruselas, es una de las medidas más costo-efectivas para reducir las emisiones agrícolas. En países como Finlandia, los proyectos de rehumedecimiento pueden además tener un doble propósito: cumplir con los compromisos climáticos y reforzar la frontera oriental.

El Centro Greifswald de Turberas, en Alemania, pidió en junio la creación de un fondo europeo de hasta 500 millones de euros para rehidratar 100.000 hectáreas. En un comunicado, destacó que estos suelos “hacen más difícil el movimiento de tropas cerca de rutas de transporte, instalaciones energéticas y puntos estratégicos de suministro”. Una especie de escudo natural que, además, cumple con los objetivos climáticos de la Unión.

En la práctica, la reconversión de tierras plantea obstáculos legales y sociales. Muchas áreas de turberas drenadas son hoy propiedades privadas dedicadas a cultivos rentables o bosques comerciales. Convencer a propietarios de rehumedecer suelos productivos exigirá compensaciones o incentivos financieros. De ahí que se discuta no solo un fondo de restauración, sino esquemas de certificación de carbono que permitan a los agricultores y silvicultores recibir ingresos por mantener el agua en el terreno.

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