22 de agosto de 2025
El audaz robo de la Mona Lisa: un argentino conspirador, un italiano que quería venganza y una obra de arte que se volvió icónica
La obra de Leonardo Da Vinci desapareció un lunes a plena luz del día. Estuvo más de dos años perdida, pero volvió a París y ya nadie la olvidó
Ese lunes, el dÃa que el museo cerraba sus puertas al público para llevar a cabo las tareas más profundas de mantenimiento, nadie se dio cuenta de que faltaba La Gioconda. El martes, cuando el Louvre abrió sus puertas, la ausencia tardó en llamar la atención.
Las autoridades del Louvre tardaron por lo menos dos horas en saber qué estaba pasando. A la pregunta de Béroud sobre el paradero de la pintura le siguieron confusiones sobre si habÃa sido retirada de exhibición para su restauración, o si habÃa sido movida de sala. La enormidad del museo y la burocracia que implicaban las averiguaciones demoraron la revelación.
“El robo fue tomado como una ofensa nacionalâ€, describe una crónica parisina publicada unos dÃas después de que se conociera la noticia. A la par que crecÃa el misterio sobre qué habÃa pasado con la pintura -y quién la tenÃa-, también crecÃa la fama de la obra de Leonardo.
El Louvre se llenaba de curiosos que iban a mirar el vacÃo que habÃa dejado el retrato renacentista. La pintura estaba perdida, envuelta en un misterio y en teorÃas cada vez más conspirativas y fantásticas sobre su destino, y ese halo intrigante empezó a brindarle una popularidad de la que no habÃa gozado nunca antes.La PolicÃa de ParÃs investigaba y seguÃa todo tipo de pistas, desde las que parecÃan más confiables hasta las que aparentaban ser más disparatadas. Los interrogatorios a los trabajadores del museo fueron exhaustivos y hasta Pablo Picasso, un artista que empezaba a despuntar, tuvo que responder sobre la obra: se lo llegó a nombrar como parte del complot para robarla y estuvo a punto de ser detenido.Vincenzo Peruggia era italiano y habÃa trabajado como vidriero en el Museo del Louvre. Fue él quien, en diciembre de 1913, contactó al anticuario Alfredo Geri en Florencia. “He recuperado La Gioconda para Italiaâ€, le dijo. Estaba seguro de que era sobre todo un héroe, y no el ladrón que habÃa mantenido en vilo a toda Europa por más de dos años.
Peruggia se aferró a su versión cargada de venganza y de orgullo nacionalista cuando las fuerzas de seguridad italianas, y luego las francesas, lo interrogaron. Dijo que el robo era una forma de devolver a su tierra lo que Napoleón le habrÃa quitado a Italia. No contaba con la verdad histórica: Leonardo habÃa llevado su pintura a Francia en 1516 para ofrendársela a Francisco I, el rey galo en ese momento.
La PolicÃa no sólo escuchó los argumentos de Peruggia. También secuestró documentación que le pertenecÃa, y encontró allà una lista de posibles compradores estadounidenses de la pintura. No todo era nacionalismo: habÃa millones de dólares en juego.ConocÃa pasillos que el público no conocÃa, sabÃa cuáles eran los puntos más débiles de la seguridad del museo. Y, por si eso fuera poco, él mismo habÃa instalado el vidrio que servÃa de protección de la Mona Lisa.
El lunes del robo se vistió con el delantal blanco que usaban los empleados del museo y caminó con seguridad hasta la sala Carré. Sin llamar la atención de nadie y sin dudar, descolgó la obra que con el tiempo iba a volverse la más famosa del mundo.Sereno, caminó hasta una escalera poco transitada. Sacó la pintura de la caja de vidrio que la custodiaba y, después, del marco. La escondió entre su ropa y se abrió paso por una ParÃs que no se escandalizarÃa sino hasta el dÃa siguiente.La Justicia francesa condenó a Peruggia a poco más de un año de prisión, aunque finalmente cumplió sólo siete meses. En Italia, el ladrón fue reivindicado por muchos como un hijo pródigo. Y en el medio de la trama de su robo misterioso, millonario y afamado, creció cada vez más la figura de un argentino en las sombras.
Según el texto de Decker, el “marqués argentino†contaba con Yves Chaudron, un falsificador de enorme talento. Convenció a Peruggia de que La Gioconda debÃa regresar a Italia y que, para eso, debÃa robarla del museo en el que habÃa trabajado. Mientras tanto, se encargó de vender seis copias perfectas a millonarios estadounidenses: a todos les aseguró que tenÃan la obra original de Da Vinci.
En su confesión, Peruggia nunca habló del marqués. La PolicÃa no halló ninguna de las copias. Pero durante décadas la historia de cómo habrÃa perpretrado el millonario robo era uno de los temas de conversación más frecuentes de los salones y los buques transatlánticos más lujosos de Occidente. Su motivación, en todo caso, estaba clara: habÃa sido millonario, habÃa dilapidado su fortuna y querÃa recuperarla.Su vuelta al Museo del Louvre fue en 1914: la esperaban sensores, una vitrina blindada y más custodia que nunca antes. La seguridad de la pintura de Leonardo se reforzó como nunca, algo que seguirÃa ocurriendo con el correr de las mejores tecnológicas.
La reinterpretaron Marcel Duchamp, Salvador Dalà y Andy Warhol. Picasso estuvo a punto de ir preso, acusado por su robo por algunas horas. Mucho más acá en el tiempo, el novelista Dan Brown la situó en el centro de su exitosÃsimo best seller El Código Da Vinci.
