3 de abril de 2025
Lea Zajac, sobreviviente de Auschwitz: �??Todos los días corrías el riesgo de ser seleccionada para morir�?�
Oriana Sabatini, en el tercer episodio de su ciclo de entrevistas A dónde vamos cuando soñamos, habló con esta mujer de 98 años que conoció el horror del nazismo y hoy se encuentra radicada en Argentina
Lea Zajac nació el 31 de diciembre de 1926, en una pequeña ciudad de Polonia. La Segunda Guerra Mundial aún no habÃa comenzado, pero su infancia ya estaba marcada por un paÃs en crisis. “HabÃa hambre, habÃa miseriaâ€, recuerda. “Éramos una familia de muchas hermanas, varios hermanos, mis abuelos… dentro de todo, nos las arreglábamosâ€.
Desde chica, Lea sintió el llamado de la educación. “Mi mamá siempre me decÃa que el estudio era la riqueza máxima, que nadie te puede quitarâ€. Esa filosofÃa la marcó. LeÃa todo lo que caÃa en sus manos, con pasión y facilidad: “A los tres meses de llegar a Argentina ya me habÃa leÃdo un libro entero en español, con el diccionario al ladoâ€.
Pero mientras ella crecÃa con sueños, la amenaza nazi se acercaba. En su ciudad se hablaba de polÃtica, de la guerra que se avecinaba, del peligro que representaba Adolf Hitler, ese lÃder alemán “mesiánico que prometÃa el oro y el moroâ€. Lea lo recuerda con lucidez: “Cuando la limosna es grande, mucha gente no querÃa creer. Pero por otro lado, eran vÃsperas de la gran revolución socialista que cambió el mundoâ€.Su familia cayó bajo el régimen soviético, tras el pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética. “A nosotros no nos cambió mucho la vida. Éramos pobres, mi padre fue a trabajar a un aserradero. Pero según los historiadores, el dÃa que Hitler decide invadir la Unión Soviética fue el principio de su quiebra. Abrió dos frentes y no aguantóâ€.
Pero para Lea, ese nuevo avance nazi significó otra cosa. Significó el principio del horror. “El 20 de junio de 1941 se produce la otra invasión. Los nazis ocupan la otra mitad de Polonia. Y ahà empieza mi tragedia con mayúsculaâ€.Cuando las tropas nazis ocuparon la ciudad donde vivÃa Lea Zajac, el mundo de su familia cambió de un momento a otro. La persecución ya no era una amenaza: era una realidad palpable. Los nazis comenzaron a registrar a los judÃos, identificar a los notables, y organizar el desplazamiento forzoso a los guetos.– En nuestra ciudad. En mi casa. A la madrugada, apenas con el camisón puesto, nos dieron 15 minutos para vestirnos y nos subieron a los camiones. Ya se hablaba de esto, sabÃamos que en otros lugares pasaba lo mismo. TenÃamos un pequeño paquetito preparado.
– Apenas un suéter, una muda de ropa interior, un camisón, unas medias… ni siquiera un cepillo de dientes. SÃ, guantes, bufanda, gorro. En invierno allá, el frÃo te congela las orejas. Si no las cuidas se te rompen enseguida. Eso sà lo sabÃamos. Nos llevaron a un lugar llamado Pruzhany, a 60 kilómetros. Allà formaron un gueto, rodeado por tres vueltas de alambre de púa. Sacaron a los que no eran judÃos de las casas, y nos pusieron a nosotros. Trajeron también comunidades de otras zonas. Y empezó... ¿Cómo hago para explicar lo que significan cuatro años y medio de hambre?
– ¿Vos te separaste ahà de tu padre y de tu hermano?– ¿Qué pasó con los notables de la ciudad?
– Juntaron a los notables: el rabino, dos abogados, un historiador… diez personas en total. Los llevaron a la plaza y los ametrallaron a todos. Fue la primera vez que vi morir gente asÃ. Yo tenÃa casi 13 años.– Un temblor. Un miedo terrible. Abrazada a mi mamá, con mi hermanito colgado del cuello de ella… asà viajamos, con ese miedo en el cuerpo.
– SÃ, pero en condiciones infrahumanas. Se decidió que cada familia le diera una habitación a una familia refugiada. Éramos siete en una pieza. DormÃamos en el piso. Algunos vecinos nos trajeron mantas viejas. No habÃa estufas, ni cocina, ni calefacción. Eera un lugar como acá Balcarce, se cultivaban papas, me acuerdo con mi hermanita arrastrando como cinco kilómetros una bolsa... El invierno era tan terrible. Uno de mis tÃos logró conseguir una salamandra—una estufa de hierro—cambiando un par de zapatos que se habÃa llevado en el paquetito. Pero habÃa que alimentarla. De noche, salÃamos a sacar madera de cercos, bancos, cualquier cosa que se pudiera quemar.
– No como en los campos, pero sÃ. A veces de noche, si alguien se acercaba demasiado a los lÃmites, tiraban. Y siempre habÃa miedo. Después de las ocho de la noche ya no se podÃa salir.
– Algunos sÃ, pero muy pocos. Porque por más enterrada que esté, la esperanza siempre queda. Es lo último que se pierde.
Después de un tiempo en el gueto de Pruzhany, llegó el momento más temido: el traslado definitivo hacia los campos de concentración. El viaje en tren que siguió fue una experiencia traumática que marcarÃa para siempre a Lea. En esta parte, la sobreviviente narra uno de los capÃtulos más oscuros de su historia.– En vagones para ganado, como si fuéramos animales llevados al matadero. Uno encima del otro, éramos más de cien en un espacio para cincuenta. Pusieron un balde para las necesidades en un rincón, pero nadie podÃa llegar hasta ahÃ. Era un infierno. Viajamos dos dÃas y tres noches. Sin comida, sin agua, sin saber a dónde Ãbamos. Gente mayor, niños, madres con bebés... todos mezclados. Algunos morÃan en el camino.
– SÃ. Una de mis tÃas se desmayó, estaba muy débil. Su esposo pidió agua por una ventanilla, sacó una taza y rogó. Un soldado alemán se acercó y le disparó en la cabeza. Hasta hoy escucho el ruido de esa taza esmaltada cayendo sobre el andén.
– Era de madrugada. Miré por una ventanilla y vi el cartel: “Arbeit macht freiâ€. El trabajo libera. Era mentira. Se abrieron las puertas y cayó esa masa de cuerpos, hedionda, rota. Rápido, empezaron a separar: hombres a un lado, mujeres al otro.
– SÃ. Separaron a los hombres primero. Después, a las madres con niños, a los ancianos. A la izquierda, todos ellos. Cámara de gas. Yo tenÃa 16 años, era chiquita, con un tapado largo. Mi mamá ya estaba arriba del camión cuando me gritó: “¡Leah, corré!â€. CorrÃ. Me metà entre el grupo de mujeres jóvenes. Me puse al lado de mi tÃa, la mamá de la nena de dos años. A mi hermanita la vieron, la golpearon, la devolvieron al camión. Se fue a la cámara de gas con mi mamá, con mi hermanito, con todos. Esa fue la última mirada de mi madre. Yo me salvé porque corrÃ. Pero nunca me quité la culpa. ¿Por qué no me fui con ellos?
– Nos llevaron a un galpón. Me preguntaron la edad. Dije que tenÃa 16. Una chica judÃa que estaba registrando me miró fijo y me dijo: “Tenés 18. Andá a la otra colaâ€. InsistÃ. Me repitió: “Tenés 18â€. Lo dijo seca. Me pareció antipática. Después me tatuaron. Me quitaron el nombre. Me convertà en el número 33502. A partir de ahÃ, dejé de existir como un ser humano. Yo era funcional. Eso era yo.
– Jamás de los jamases. Para mà esto no es un orgullo, pero es mÃo. Me va a acompañar hasta el último dÃa. Es mi historia. Nunca lo borrarÃa.
Ya dentro de Auschwitz-Birkenau, Lea Zajac comenzó a vivir lo que ella misma describe como “la tragedia con mayúsculaâ€. Sin su familia, sin identidad, con un número en el brazo y hambre constante, la vida se convirtió en sobrevivir un dÃa más.– No, pero sabÃan donde bajaban de los trenes. ConocÃa el grupo que los iba a acompañar. ConocÃa los dos camiones que venÃan y directamente iban a la cámara de gas.
– Es muy buena pregunta. Allà no se puede llamar prisión, porque es mucho peor. Todos los dÃas corrÃas el riesgo de ser seleccionada para morir. Una vez por semana, nos hacÃan desvestirnos completamente. Si tenÃas algo en el cuerpo que no les gustaba, un forúnculo, lo que fuera… te mandaban a la izquierda. Eso significaba la muerte. Imaginate, a mà se me hinchó la rodilla derecha. Años de inanición, sin calcio, sin antibióticos… cualquier golpe se volvÃa grave. Me habÃan dado un golpe, y eso generó una tuberculosis ósea en la rótula. Cuando terminó la guerra y llegué a Argentina, tuve que elegir entre perder la pierna o vivir con ella rÃgida. Me operaron, me la dejaron dura. Nunca más pude doblarla. El médico, un vasco de la ClÃnica Valls, me acarició la cara y me dijo: “Vas a quedar persona útilâ€. Eso me quedó grabado. Y me dije: voy a ser útil. Y creo que lo logré.
– SÃ, Mengele me tocó una vez. Un dÃa, la doctora que solÃa hacer las selecciones no estaba. Y apareció Mengele. Nos hicieron formar, desnudas. Él pasaba con la mano izquierda en el bolsillo, y con la derecha señalaba quién vivÃa y quién morÃa. A ese grupo que anotó ese dÃa, nos eligieron a todas para morir. Yo también.
– SÃ. Dijo mi número. Me lo dijeron a mÃ. Esa noche mi tÃa vino llorando a verme. Yo ya estaba resignada. No querÃa morir, pero sabÃa que me tocaba.
– Esa noche, una austriaca no judÃa, socialista, de las que también estaban presas, se enteró. HabÃa muerto una polaca del otro lado del barracón. Ella consiguió la lista, borró mi número y puso el de la muerta. Esa madrugada, se llevaron a 96 o 97 mujeres a la cámara de gas. Yo quedé sentada sola, viva.
– Imposible. Los alambrados eran electrificados. Si querÃas escapar, era para morir quemado, una muerte terrible. Algunos se tiraron contra ellos. Pero yo... yo no querÃa morir asÃ. Los filósofos, psicólogos, psiquiatras a menudo se preguntan cómo es que no hubo tantos suicidios como pudieron haber habido. Porque por sobre todas las cosas, la esperanza es más fuerte que todo. Aunque sea mÃnima, te mantiene viva.
Liberada tras años de horror, Lea Zajac comenzó un camino de regreso a Polonia que la llevarÃa por una Europa devastada y finalmente a construir una nueva vida en Argentina.– Me hice una barrera mental. Fue conmovedor, sÃ, pero también sentÃa que pude lograr algo. El campo de Treblinka, por ejemplo, ya estaba desmantelado. Mi pueblo estaba desarmado. Solo quedan piedras con los nombres de los pueblos que fueron exterminados. Pero pude volver de pie.
– SÃ, pero fue muy duro. Al principio no querÃa saber nada. Por la pierna, por todo. Pero de repente sentà que querÃa algo propio. Y asÃ, con todo eso encima, no me faltaron candidatos.
– SÃ. Uno me aguantó mucho. Le dije: “¿Para qué me necesitás con una pierna dura, si hay tantas chicas con dos piernas normales?â€. Y me contestó: “Es que a mà me gustan las rengasâ€. Fue el mejor marido del mundo. El mejor padre del mundo.
– No. Pero en nuestro camino de vuelta, cuando cruzamos Alemania caminando, todo estaba destrozado. QuerÃamos volver a nuestra ciudad para ver si alguno de los hombres habÃa sobrevivido. La vuelta fue terrible. HabÃa que cuidarse de los nazis que huÃan por los bosques, y también de los soldados rusos.
– SÃ. Mi casa y la de mi tÃa también. Eran de madera. Pero en Polonia seguÃa habiendo antisemitismo, incluso después de la guerra. Mataron a varios judÃos. Por eso decidimos irnos.
– Alguien que intentarÃa hacer que el mundo fuera más humano. Dar la mano cuando hace falta. Yo no pretendo que todos expongan su vida para salvar la mÃa, pero sà que den vuelta la cabeza si saben que estoy escondida en una casa. Eso sà se puede. Yo hubiese tratado de dar la mano. Eso es lo más lindo que hay. Ser digna de ser. Esa es mi religión.
