9 de agosto de 2024
A 50 años de la renuncia de Nixon: una borrachera a solas, un rezo de rodillas con Kissinger y dos líneas para despedirse
A raíz del Caso Watergate, Richard Nixon se vio obligado a dimitir a la presidencia de los EEUU. La historia completa de sus últimos días en el Salón Oval. Sus conversaciones con Henry Kissinger y Alexander Haig. La reunión con su sucesor, Gerald Ford. Su palabra por televisión. El texto de la renuncia firmado el 9 de agosto de 1974. Y el mensaje a su familia: �??Volvemos a California�?�
Minutos después, cerca de las once de la noche, Kissinger dejó solo a Nixon y caminó hacia el Ala Oeste de la Casa Blanca donde encontró, nerviosos e impacientes, al asesor de Seguridad Nacional, Lawrence Eagleburger, y al asistente militar de Nixon, Brent Scowcroft. Les contó el trance por el que habÃa pasado y les dijo: “El presidente renuncia mañanaâ€.
Pero en la mañana del 8 de agosto, mientras el presidente desayunaba, nadie sabÃa de verdad si Nixon renunciarÃa o no esa noche. Tampoco sabÃa Nixon que Kissinger habÃa dado por hecho que sà lo harÃa ante dos de sus principales asesores. Uno de los más desconfiados con la decisión presidencial era el consejero especial de Nixon para Watergate, James St. Clair. Le habÃan confirmado la renuncia del presidente pero él no estaba tan seguro, dada la personalidad intrincada, perversa, en algunos casos hasta infame del presidente, que en una ocasión St. Clair habÃa definido con crudeza: “Ver decidir a Nixon es como enterarte de cómo preparan ciertas salsas en los restaurantes: una vez que lo sabés, no volvés a probarlasâ€.¿Por qué Nixon estaba forzado a renunciar? Sintetizar el caso Watergate en pocas lÃneas es, aunque necesario, tarea imposible. En junio de 1972, un grupo comando tomó por asalto las oficinas del Comité Central del Partido Demócrata en el edificio Watergate, de Washington. No eran ladrones. Eran agentes al servicio de la Casa Blanca, que fueron detenidos, que intentaban colocar micrófonos y “pinchar†las lÃneas telefónicas del partido rival de Nixon, que peleaba por su reelección.La investigación periodÃstica y judicial reveló que el 23 de junio de 1972, seis dÃas después del asalto a Watergate, Nixon habÃa ordenado un plan para que la CIA impidiera la investigación del caso, encarada por el FBI. Era un delito calificado como obstrucción de la Justicia, abuso de los poderes presidenciales y frenar un eventual juicio polÃtico. La voz de Nixon habÃa quedado grabada entre las miles de horas de grabación de todo cuanto sucedÃa en la Casa Blanca, que el presidente habÃa dispuesto se tomaran en secreto, tal vez para que quedara testimonio histórico de su gestión.
El escándalo hizo que, en mayo de 1973, un comité del Senado sobre Actividades de Campaña Presidencial, presidido por San Erwin, abriera una serie de sesiones televisadas. En una de ellas, un ex asesor legal de la Casa Blanca y de Nixon, John Dean, reveló que el asalto a Watergate habÃa sido aprobado por el entonces fiscal general, John Mitchell, con el conocimiento de dos estrechos colaboradores del presidente: John Ehrlichman y Harry R. Haldeman. La pregunta era ¿cuánto sabÃa Nixon? Lo sabÃa todo.La batalla legal para que la Casa Blanca entregara esas cintas a la Justicia, fue larga y apasionante porque puso en juego hasta los resortes más pequeños del sistema democrático estadounidense. Finalmente, un Comité Judicial de la Cámara de Representantes encontró tres motivos para llevar a un juicio polÃtico a Nixon: serÃa acusado de obstruir la Justicia, abusar de sus poderes presidenciales y obstaculizar su propio proceso de juicio polÃtico. El 30 de julio de 1974, bajo coacción de la Corte Suprema, Nixon entregó las cintas. El 5 de agosto se publicaron las primeras transcripciones de las grabaciones, incluida la del 23 de junio de 1972 con el fragmento en el que se escuchaba al presidente ordenar a Haldeman un plan para que la CIA detuviera la investigación del FBI sobre Watergate. Dos dÃas después, el 7 de agosto, Nixon, ebrio, mantuvo aquella patética reunión cuasi mÃstica y religiosa con Kissinger. Era consciente del cerco que se habÃa cerrado sobre él: la Justicia estaba decidida a procesarlo y el Congreso, incluido representantes y senadores de su propio partido, le habÃa quitado el apoyo.
Ahora, en la mañana del 8 de agosto y después de su frugal desayuno, Nixon caminó desde su residencia privada, a través del Rose Garden, el célebre JardÃn de las Rosas de la Casa Blanca, hasta su despacho, el también legendario Oval Office, Oficina Oval. Decidió que no iba a recibir ninguna comunicación telefónica y las derivó a su secretaria, la fiel Rose Marie Woods. Lo hizo incluso con un llamado del pastor evangélico y bautista Billy Graham, conocido como “el pastor de los presidentesâ€, célebre por sus sermones televisados, que se consideraba amigo personal de Nixon.En medio del fragor de la Casa Blanca, a las diez de la mañana Nixon hizo llamar a su peluquero, Milton Pitts, que llegó quince minutos después de la mano de un agente secreto al pequeño recinto de la Casa Blanca que servÃa de peluquerÃa. El presidente y su peluquero quedaron solos. “Lo de siempre, Milton –dijo Nixon– Espero no estés enojado por todas estas noticiasâ€. “No, señorâ€, le contestó Pitts. “Bueno, –le dijo Nixon– Hemos cometido algunos errores, pero hemos hecho un montón de cosas bien también. Me gustarÃa darte las gracias por tu servicio en todos estos años.†Un poco emocionado, Pitts le contestó: “Ha sido un placer trabajar para usted, señor. Y creo que usted ha sido un gran Presidenteâ€. “Sos muy amable, por favor, dale mis saludos a la señora Pittâ€. El peluquero de Nixon estaba ahora conmovido. Y triste. Recordó que el Presidente siempre se habÃa acordado de su mujer, que le habÃa escrito una bella carta después de una operación de cáncer y que habÃa invitado a la pareja varias veces a las recepciones de la Casa Blanca. Pitt se tomó un par de minutos para recuperar el aliento y se marchó de inmediato para atender a su segundo cliente del dÃa: Kissinger.
La Casa Blanca hervÃa. Los rumores sobre la renuncia eran cada vez más firmes. La noche anterior, antes de su borrachera y a su dislate sobre el suicidio, Nixon lo habÃa adelantado, pero a su modo, a su familia: “Volvemos a Californiaâ€, habÃa dicho. Ahora, con todos los accesos a la Casa Blanca cubiertos por la prensa, el incansable Haig debió acordar una cita en secreto y en el Jefferson Hotel con León Jaworsky, el fiscal especial del Caso Watergate, al que le habló del eventual perdón al presidente. Ese no era asunto del fiscal. Haig intentó conmoverlo con referencias a la depresión de Nixon, a su gran angustia Ãntima. Pero Jaworsky no dijo nada. Haig intentó una última jugada, dijo que Nixon podÃa negarse a declarar ante la Justicia, beneficiado por la quinta enmienda de la Constitución que impedÃa a toda persona declarar contra sà misma. Pero Jaworsky pateó aquella pelota ardiendo lejos y fuera de la cancha: “¿Y vos, Al? ¿Creés que te vas a quedar en la Casa Blanca?â€Ziegler regresó a su oficina e hizo dos cosas: llamó a la CBS para reservar un espacio desde las nueve de la noche y tomó de su archivo una carpeta en la que se leÃa: “Fifth Draft – August 8, 1974 – Words 1.835 – This is the …….. time I have spoken to you from this office… - Quinto borrador – Agosto 8 de 1974 – 1.835 palabras – Esta es la ……. vez que les hablo desde esta oficina…â€. El espacio en blanco querÃa decir que ni Ziegler, ni nadie en la Casa Blanca, podÃa decir cuántas veces habÃa hablado Nixon desde el Salón Oval en más de cinco años de gobierno. Asà que Ziegler pidió a su ayudante, Ann Grier que lo averiguara. Grier lo hizo: treinta y seis veces. El de la noche, serÃa el mensaje número treinta y siete que Nixon dirigirÃa a la nación desde su despacho.
Los periodistas habÃan rondado la Casa Blanca por fuera y por dentro en busca de noticias. Por fuera, en los accesos de la prensa, del público y de los funcionarios. Por dentro, habÃan convertido en un hervidero el pequeño salón de informaciones de la residencia. A las diez cincuenta y cinco de la mañana, el subsecretario de prensa, Gerald Warren apareció con un pulcro traje, pantalones con “raya diplomáticaâ€, inalterable a las arrugas del dÃa, y una primorosa camisa con botones azules. Hizo unos anuncios de rutina que no importaban a nadie, hasta que los periodistas mostraron una agitada inquietud. Por fin, cuando faltaban menos de cinco minutos para las once de la mañana, Gerald informó: “El Presidente se reunirá a las once con el vicepresidente Fordâ€. La estampida que provocó el anuncio fue tremenda; los periodistas corrieron escaleras abajo hasta la sala de prensa y hasta sus teléfonos. En medio del terremoto, un corresponsal preguntó a Warren: “Jerry, ¿podemos tener fotos de Nixon con Ford?†La respuesta fue un seco “Noâ€. Y la reflexión del profesional fue: “Dios, esta gente está histérica. Todo esto es un maldito zoológicoâ€.Cerca de las once, Ford cruzó por un camino privado el corto trayecto que separaba sus oficinas, en el Edificio Ejecutivo (Executive Office Building, EOB) de la Casa Blanca. Lo recibió el general Haig con un apretón de manos y dos frases enigmáticas sobre Nixon, sÃmbolo de aquella mañana tormentosa: “TodavÃa no sabemos qué camino tomará. Ha vaciladoâ€. Haig le habÃa dicho a Ford que él serÃa el próximo presidente de Estados Unidos, pero ahora parecÃa dar un paso atrás. A las once y un minuto, Ford encontró a Nixon sentado frente a su escritorio. Se sentó a su derecha. Excepto por un doble juego de lapiceras, el teléfono, una carpeta y unas hojas en blanco, el escritorio del presidente de la mayor potencia mundial estaba limpio y reluciente. Entró entonces en escena Ollie Atkins, el fotógrafo oficial de la Casa Blanca que tomó varias imágenes de los dos hombres que conversaban, o simulaban hacerlo. Atkins notó que Nixon, como era habitual, miraba hacia abajo, hacia el piso, y estaba ligeramente encorvado hacia adelante mientras hablaba. Interrumpió la charla y dijo: “Señor Presidente. Esta es una foto muy importante. Le voy a pedir que se mueva un poco más cerca y que le hable directamente al vicepresidenteâ€. Nixon lo hizo. Atkins tomó las fotos y los dejó solos.
Nixon le dijo a Ford: “Jerry, vas a hacer un buen trabajoâ€. Asà fue como Gerald Ford fue el primero en tener la confirmación de la renuncia de Nixon. Le ofreció su ayuda en el área de polÃtica exterior, alabó a Kissinger y le agradeció el apoyo que el vice le habÃa dado en esos meses difÃciles. Los dos sabÃan que si Ford iba a acceder ahora a la presidencia, era porque Nixon lo habÃa elevado al rango ejecutivo y lo habÃa apartado de la relativa oscuridad del Congreso. Nixon hizo algo más: le explicó a Ford cuál era el mecanismo de transición. Dijo que bastaba una mera carta suya de renuncia dirigida al Secretario de Estado. Cuando Kissinger la recibiera, Nixon cesarÃa como presidente y Ford podÃa jurar y tomar posesión del cargo.Ziegler no iba a anunciar a ningún nuevo embajador. Apareció bastante afligido, serio y taciturno. Dijo: “Soy consciente del interés del pueblo americano y de ustedes en esta sala, sobre el desarrollo de los hechos de los últimos dÃas. Este ha sido, por cierto, un tiempo muy difÃcilâ€. Entonces se le quebró la voz. Trató de aclararse la garganta, pero volvió a iniciar una frase con la voz quebrada, las mejillas contraÃdas, la mandÃbula tensa: “El Presidente de los Estados Unidos se reunirá esta tarde temprano con los lÃderes en el Congreso de los dos partidosâ€. Un poco más repuesto, siguió: “Esta noche, a las nueve, hora del Este, el Presidente de los Estados Unidos dirigirá un mensaje a la nación por radio y televisión desde el Salón Ovalâ€.
Ziegler salió veloz de la sala de prensa que quedó en manos de su secretaria, Anne Grier. A ella se acercó el periodista de la CBS Robert Pierpoint, que jugó una última carta cargada de ironÃa, hasta de maledicencia, pero que buscaba de alguna manera un dato más que era vital. Le dijo a Grier: “¿Qué posibilidades tengo de hablar con Ron?â€, por Ziegler. “No muchas y no muy buenasâ€, le dijo Grier. “Tengo que hacerle una pregunta. ¿Podés hacérsela por mÃ? Cuando Ron dijo ‘el Presidente de los Estados Unidos’, ¿se referÃa al presidente Nixon o al presidente Ford?†Grier no supo qué contestar. Ziegler habÃa usado adrede esa fórmula para no revelar nada. Grier fue a buscar a su jefe y lo encontró ya en mangas de camisa, todavÃa agitado por cierta emoción arrebatada: “Ron –le dijo Grier– Pierpoint tiene una pregunta…†Ziegler la cortó: “El presidente Nixonâ€, dijo sin poder evitar reÃr y menear la cabeza, resignado, de un lado a otro.Nixon pasó el resto de su última tarde como presidente reunido con Ziegler y su fidelÃsima secretaria, Rose Marie Woods. Firmó algunas últimas fotos, una de ellas dedicada al rabino Baruch Korff “por cuya amistad, apoyo y sabio consejo estaré siempre agradecido – Richard Nixon, August 8, 1974″. Luego dialogó con el general Haig y con Kissinger, que venÃa de trazar un breve panorama polÃtico del mundo ante el futuro presidente Ford. A las seis y cincuenta y uno de la tarde, Nixon regresó a la intimidad de su residencia. Tomó una ducha, cambió sus ropas y pidió al general Haig que hiciera todo lo posible para evitarle todo encuentro con alguien, en especial con fotógrafos o equipos de televisión, en el breve trayecto que separaba la Casa Blanca del Executive Office Building, donde iba a encontrarse con los cinco lÃderes del Congreso. Nixon querÃa caminar solo.
Todo fue cordialidad y condescendencia en la reunión entre el presidente a punto de renunciar y los cinco legisladores: los senadores Mike Mansfield, y James Eastland, ambos demócratas, el republicano Scott y los representantes Carl Albert, demócrata y John Rodhes, republicano. “Les he pedido que vengan para que escuchen mi decisión –empezó el presidente– Mañana enviaré mi carta de renuncia a Henry Kissinger que será efectiva a mediodÃa. La señora Nixon y yo esperamos partir a las diez en punto. Y el vicepresidente jurará al mediodÃa. No tengo otro mensaje que darlesâ€. Nixon habÃa combatido a esos hombres, los habÃa despreciado, los habÃa rechazado en sucesivas y feroces batallas a lo largo de casi cinco años y medio de presidencia. Pero ahora, al caer la tarde del 8 de agosto, no parecÃa haber rencores ni desprecio entre esos hombres. Nixon hizo una larga referencia al Caso Watergate y dijo con cierta amargura: “Ha sido duro para ustedes en el último año y medio. Entiendo que hayan dicho lo que dijeron. No tengo resentimientos. Ha sido duro para mà tambiénâ€. Nadie lo interrumpió. Los cinco congresistas se despidieron con palabras elogiosas y Rodhes dirÃa más tarde que le pareció sentir que un ligero escalofrÃo recorrÃa el cuerpo de Nixon cuando lo saludó. Pero el presidente se dio vuelta bruscamente y salió del salón.Ahora, en cambio, Nixon enfrentaba a solas a las cámaras y al mundo. Su familia, su mujer Pat, sus hijas y sus yernos, estaban juntos en el solárium del tercer piso de la Casa Blanca: habÃan temido que su presencia en el Salón Oval hubiese puesto nervioso al presidente. Nixon estaba nervioso. Minutos antes de enfrentar las luces de la televisión habÃa preguntado si se veÃa con la espalda recta, si el cuello de su camisa no estaba arrugado. Por fin, miró directamente a la cámara y, con un amago de sonrisa torcida, dijo: “Buenas noches –habÃan pasado cuarenta y cinco segundos de las nueve de la noche– Esta es la trigésimo séptima vez que les hablo desde esta oficina, donde se han tomado tantas decisiones que han dado forma a la historia de esta nación…â€
