24 de abril de 2024
A 40 años de una noche histórica en la última Libertadores que ganó Independiente: la magia de Bochini y el gol de Bufarini en la hazaña ante Olimpia
El Rojo necesitaba ganar ante el siempre difícil equipo paraguayo para no quedar eliminado. Y afloró la mística copera sobre el final. Los testimonios de Barberón, Bufarini, Burruchaga y Eduardo Sacheri sobre una jornada inolvidable
Antes las palabras tenÃan otro impacto. Estaban rodeadas de un aura distintiva que las hacÃa delicadas y amables. Con los años, el abuso y mal uso de alguna de ellas, las hicieron caer en un plano descolorido y sin relieve. A cualquiera se le dice crack, Ãdolo o genio, nomenclaturas que eran privativas de un selecto grupo que se lo merecÃa. Algo similar ocurrió con mÃstica, a la que le hicieron dejar en el camino girones de su Ãdem. Cuando se mencionaba la mÃstica que tenÃa Independiente a la hora de jugar la Copa Libertadores, todos sabÃan a la perfección de lo que se estaba hablando.
Un capÃtulo más de aquella historia se vivió con ardor el martes 24 de abril de 1984. Fue como una pelÃcula. O varias en solo 90 minutos, en los que hubo acción, drama, tensión, pasión y, también, la infaltable cuota de amor. Ese que entablaron a lo largo de 20 años, Independiente y la Copa Libertadores de América. Era un filme en el que todos sabÃan el planteo, el desarrollo y el final, con un escenario ideal, como el viejo estadio de la doble visera. Pero aquella noche, parecÃa que el guion se habÃa alterado, con un inesperado epÃlogo, hasta que apareció el muchacho de la pelÃcula, el protagonista de las incontables hazañas, el que tenÃa su nombre más grande que los demás en la imaginaria marquesina, para hacer realidad los sueños: Ricardo Enrique Bochini.
¿Cuántas veces habÃamos visto asà el estadio de los Rojos? Uno habÃa perdido la cuenta, porque el marco se repetÃa: lleno absoluto desde varias horas antes, con plateas, tribunas y hasta escaleras rebasadas, barnizadas de un solo color para intentar pintar una hazaña. Aquellos equipos del Pato Pastoriza, que parecÃan responder a la premisa “cuanto más difÃcil, más me gustaâ€. Y allà estaban sus muchachos, una vez más, teniendo que rendir un examen de temple y fútbol. Enfrente no habÃa precisamente un improvisado. Olimpia de Paraguay ya habÃa sido campeón de América y estaba compuesto por un grupo de hombres que no eran de amedrentarse por cualquier circunstancia. Un empate, lo hubiese dejado a las puertas de la clasificación. Con la derrota ante Independiente, se vio obligado a tener que vencer a Estudiantes en el cierre del grupo por más de cuatro goles, cosa que no ocurrió, ya que solo se impuso por 1-0, tres dÃas más tarde en La Plata, sellando el pasaporte de los Rojos a la siguiente instancia.
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El encuentro fue tan vibrante y duro como se habÃa presagiado en las mesas de los bares de Avellaneda y Asunción. Pierna fuerte, pero también toque y buen fútbol. El marcador estaba igualado en dos y el reloj denunciaba la cercanÃa del pitazo final, llegando a los 89 minutos. Independiente daba signos de agotamiento después de haber corrido como pocas veces y hacer los méritos para estar en ventaja. ParecÃa que esa noche no iba a ser como las otras, pero terminó siendo aún mejor.
Alejandro Barberón, el incansable puntero izquierdo fue uno de los eslabones imprescindibles de la jugada inolvidable y asà lo contó en diálogo con Infobae: “Realmente fue terrible porque nos estábamos quedando afuera y faltaban muy pocos minutos. Se sentÃa una positiva presión de la gente, gritando y alentando porque no solo estábamos jugando bien, sino luchando y peleando. En mi caso, recuerdo haber tenido esos 10 minutos finales con el doble de sacrificio, porque ya habÃa abandonado el lado izquierdo y mi posición habitual de puntero, para moverme por cualquier sector de la cancha. Y asà fue como recibà la pelota después de un rechazo ubicado como lateral derecho. Empecé a correr cruzando en diagonal, más que nada por mi perfil, hasta que lo vi al Bocha parado en el cÃrculo central. Se la dejé en los pies y le pasé por atrás, sin detener la marcha, porque sabÃa perfectamente que, si me la iba a devolver, lo harÃa con un pase perfecto y hacia adelante. Pero lo que hizo fue realmente magistral, pasando el balón en forma milimétrica entre dos defensores. La recibà dentro del área y tenÃa dos opciones: rematar o tirar el centro, ya con las últimas energÃas. Lo único que atiné a ver de reojo fueron las medias azules de un compañero a la altura del punto penal (risas) y allà la envié, con la suerte de que Bufarini estaba llegando justo para empujarla y convertir ese gol tan importante que produjo un delirio impresionante. La verdad es que han pasado muchos años y el recuerdo sigue presente, tan fantástico y maravilloso como en esa noche, para todos los que tuvimos la suerte de jugar ese partido inolvidable y ni hablar para la gente de Independienteâ€.
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Sergio Bufarini habÃa llegado desde Córdoba, con sus ilusiones de pibe, buscando su sitio en el mundo del fútbol. El sabio ojo del Pato Pastoriza le iba haciendo lentamente un lugar en ese plantel colmado de estrellas, hasta que llegó ese momento de gloria, que asà evocó: “Estábamos perdiendo 2-1 y quedábamos eliminados en la fase de grupos. Allà fue que el Pato Pastoriza me llamó y me dijo: ‘Pibe, vamos con todo a la cancha, no quedan muchos minutos. Hay que correr y meter’. Cada palabra de él era una inyección anÃmica tremenda. Ingresé por Enrique Sánchez y me ubiqué en el área, peleando contra esos defensores de Olimpia que no eran nada fáciles y el arquero Ever Almeida que parecÃa invencible. Se terminaba el partido y llegó esa corrida impresionante de Alejandro Barberón, sumado al pase del Bocha que no tiene nombre, y yo solo tuve que tener la capacidad de poder anticipar al marcador central para empujarla. Recuerdo que abrà los brazos de frente a la gente, pensando en mi familia, cuando enseguida me vino a abrazar Marangoni. En ese momento, no le di la trascendencia que realmente tuvo, quizás por ser un pibe que llevaba un puñado de partidos en primera. Con el tiempo me di cuenta lo importante que fue ese golâ€.
Los dirigentes de Independiente eran reacios a la televisación de sus partidos por Copa Libertadores en condición de local, tanto en directo como en diferido, para la Capital y Provincia de Buenos Aires, restringiendo la emisión solo para el Interior. Para quiénes habitaban en estas zonas, la radio tomaba un cariz imprescindible, como le ocurrió a Eduardo Sacheri, quien vivió una circunstancia muy particular, como la contó en diálogo con Infobae: “Recuerdo esa noche, que era el tÃpico partido de Copa Libertadores entre semana. En el momento en que Olimpia nos da vuelta el resultado y se pone 2-1, me dio tanta bronca, que revoleé la radio y las despedacé contra la pared. En realidad, la despedacé en forma relativa, porque se le salieron la carcasa y las pilas e inmediatamente me empecé a arrepentir. A partir de ese momento, me pasé un buen rato tratando de armarla y cuando consigo que volviese a funcionar, ya habÃa terminado. Era la época donde VÃctor Hugo solÃa conversar con los plateÃstas una vez concluido el partido. Lo que escuchaba era un tono de amabilidad y de alegrÃa, un intercambio feliz y me puse a pensar: ¿Cómo puede darse esta situación si acabamos de quedar eliminados de la Copa? La realidad es que mientras yo estaba en la tarea de arreglar la radio, primero Burruchaga habÃa empatado de penal y más tarde hacÃa el que, me parece, es uno de los mejores goles hechos nunca jamás en cualquier cancha, porque lo que es la corrida con gambeta de Bochini, con el pase profundo para Barberón, es una cosa inaudita. Eran los tiempos en los que las radios repetÃan los goles varios minutos después y asà fue como pude escuchar el de Bufarini media hora después que hubiéramos ganado 3-2″.
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Apenas iniciando el partido, Independiente habÃa conseguido la tranquilidad de un gol, con un cabezazo de Marangoni luego de un córner. Pero allà cayó en una apatÃa peligrosa e inhabitual en ese equipo de permanente vocación ofensiva, que prescindÃa del score. Olimpia fue para adelante e igualó con un golazo de Guasch desde fuera del área y se puso en ventaja por intermedio de BenÃtez a los 10 del segundo tiempo. El cuadro de Pastoriza no merecÃa estar en desventaja, pero ya sabemos cómo es, a veces, este deporte con los merecimientos. DebÃa aflorar la mÃstica, urgÃa la aparición de esa palabra como tabla de supervivencia. Quedaban apenas 15 minutos cuando el zaguero paraguayo Caballero tocó la pelota con la mano dentro del área. Un penal para seguir con vida. El encargado era Jorge Burruchaga, que asà recordó el momento: “Siempre lo he dicho, que aquel de la noche contra Olimpia fue uno de los penales más difÃciles que me tocaron a lo largo de mi vida, porque Ãbamos perdiendo, no faltaban tantos minutos y de no convertirlo, iba a ser muy complicado poder dar vuelta el resultado. Enfrente tenÃa a un especialista como el arquero Ever Almeida, que se tiró bien, pero no llegó. Creo que, si era un poco más largo, me lo podÃa atajar, aunque fue bien esquinado. Por suerte entró y después se completó la historia con el gol de Bufarini sobre la hora. Ahora se juegan muchos más partidos, pero las Libertadores de antes eran distintas, se armaban verdaderas batallas. En la del ‘84 nos habÃa tocado un grupo bravo, con los dos equipos paraguayos que era muy bravos y, sobre todo, Estudiantes, con el que tenÃamos una gran rivalidadâ€.
Sergio Bufarini reeditó aquella noche un capÃtulo varias veces transitado en el libro de la historia del fútbol que es el de ser héroe por un dÃa. Pero la onda expansiva no terminó allÃ, ya que, en las horas siguientes, vivió inesperados y gratificantes momentos: “Terminó el partido y como dos dÃas después enfrentábamos a Ferro por el Nacional, quedamos concentrados. El lugar era el Palace Hotel de Constitución y estando en la habitación me pasaron un llamado. Era de la producción del RapidÃsimo, el programa más escuchado de la radio, para hablar en vivo nada menos que con Héctor Larrea. Hicimos la nota y en cuanto pude le mandé un telegrama a mi vieja en Córdoba diciéndole que habÃa hablado con Larrea por la radio. ¡Imaginá la emoción de mi familia!â€.
La victoria ante Olimpia fue decisiva para seguir adelante en la edición ‘84 de la Copa Libertadores. Esa que nadie pensaba que serÃa la última, hasta el momento, en la repleta vitrina de Avellaneda. Independiente, desde hace varios años, anda con el paso oscilante, envuelto en una atmósfera compleja que parece no tener rumbo. El viejo estadio de la doble visera ya que no existe más, y fue remodelado y rebautizado, con el nombre de aquel que le daba magia dentro del campo de juego. Seguramente allÃ, en algún rincón perdido y teñido de colorado, estén agazapados los duendes de aquellas noches de Copa Libertadores, listos para salir, reverdecer los laureles marchitos y volver a los buenos tiempos, donde el Rojo de Avellaneda era ganador y sinónimo de mÃstica.
