28 de agosto de 2026
Más de 500 libros para pacientes coronarios: la historia de la biblioteca del Hospital Rivadavia impulsada por un doctor
El cardiólogo Mario Fitz Maurice impulsó la iniciativa en redes y, en apenas cuatro días, llegaron cientos de ejemplares. "El mensaje detrás de cada donación es: 'sabemos que estás ahí y queremos estar con vos'", dice sobre el gesto solidario
Dos tomos de Historia Argentina de los años 70, enciclopedias, libros de autoayuda, novelas y cuentos. En apenas unos días, más de 500 ejemplares llegaron a la garita de seguridad del Hospital Rivadavia. ¿El motivo? El cardiólogo Mario Fitz Maurice, jefe del Servicio de Cardiología, contó en sus redes que habían comenzado a reunir libros para pacientes internados.
La idea era sencilla: que quienes pasan días en una habitación, a la espera de un estudio, un tratamiento o simplemente el momento de volver a casa, tuvieran un libro a mano para hacer más llevadero ese tiempo. Lo que nadie esperaba era la magnitud de la respuesta. Personas de distintos puntos de la Ciudad comenzaron a acercarse al hospital con libros para compartir con alguien a quien probablemente nunca conocerán.
Detrás de esa biblioteca que ya empezó a tomar forma hay mucho más que una colecta. Hay una cadena de solidaridad que se activó dentro y fuera del hospital, y también una mirada sobre la salud pública que Fitz Maurice sostiene en su trabajo cotidiano: que cualquiera puede necesitar alguna vez una cama de hospital y que, cuando eso ocurre, todos deberían sentirse igual de acompañados.
La iniciativa no nació como una gran campaña ni con la expectativa de generar una respuesta masiva. Surgió a partir de la observación cotidiana en la sala de Cardiología del Hospital Rivadavia. Paula, la psicocardióloga del servicio, notaba durante su trabajo con pacientes internados que muchos hablaban de lo difícil que les resultaba sobrellevar el tiempo durante la recuperación.
Esperar un estudio, que un tratamiento haga efecto, recibir los resultados o, simplemente, el momento de volver a casa puede convertir las horas en una carga especialmente pesada. "Lo que más les costaba era el paso del tiempo", cuenta Fitz Maurice al recordar las conversaciones con Paula.
De ese intercambio surgió una idea sencilla y realizable: armar una biblioteca para que los pacientes tuvieran algo para leer durante ese tiempo. El doctor Mario —como le dicen en el hospital— atento a las necesidades que veía a diario, decidió tomar la posta e impulsar la iniciativa en sus redes sociales. Pero la respuesta, sin embargo, superó rápidamente cualquier expectativa.
"Esto arrancó hace cuatro días con un tuit y estalló", recuerda en diálogo con Infobae. Los primeros ejemplares comenzaron a llegar a la garita de seguridad del Rivadavia y, en pocos días, la donación superó los 500 libros. Lo que había empezado como una pequeña propuesta dentro de una sala terminó convirtiéndose en una muestra de solidaridad que involucró a personas de distintos lugares.
Las donaciones tuvieron algo singular. No hubo una editorial detrás de la campaña ni una empresa que aportara una colección completa: fueron personas que buscaron en sus casas libros para compartir con alguien internado. Algunos llegaron desde lugares alejados del hospital, como Luján, y fueron entregados en la garita de seguridad.
La variedad también sorprendió. Hay novelas, cuentos, libros de historia argentina, enciclopedias, diccionarios y ejemplares de autoayuda. Entre los que Fitz Maurice fue clasificando aparecieron incluso dos tomos de Historia Argentina, de Editorial Santillana, publicados en 1972. Eso fue algo que le llamó especialmente la atención.
La propuesta de la biblioteca se amplió a partir de una pregunta inesperada. Una mujer le dijo que quería donar libros para niños y Fitz Maurice le explicó que el hospital no tiene internación pediátrica. Ella le aclaró que pensaba en los chicos que visitan a sus padres internados. "No se me había ocurrido", reconoce el médico. El planteo terminó de ampliar el sentido de la iniciativa: la biblioteca no solo podía acompañar a los pacientes, sino también a sus familiares durante la internación.
Con una mezcla de orgullo y sorpresa, cuenta que en una sola jornada llegaron 150 libros. Esa emoción se vio atravesada por un problema que nadie había previsto: ya no había dónde ponerlos. Para seguir recibiendo donaciones, primero tendrán que construir otra biblioteca. Fitz Maurice calcula que los libros reunidos alcanzan para acompañar internaciones durante muchos años.
Hay, además, un detalle que le quedó especialmente grabado: ninguno de los ejemplares llegó roto ni en malas condiciones. Muchos fueron entregados en cajas y cuidadosamente preparados. "Realmente fue muy linda la experiencia ver cómo la gente se preocupa por la gente", cuenta. Para él, detrás de cada donación parecía repetirse el mismo mensaje: "Sabemos que estás ahí y queremos estar con vos".
Antes de pedir las donaciones, el equipo también tuvo que resolver algo más concreto: dónde iba a estar la biblioteca. Eligieron un sector de paso dentro de la sala, accesible para los pacientes pero sin entorpecer el trabajo cotidiano. Los trabajadores del área de Mantenimiento consiguieron las ménsulas y armaron los estantes que hoy alojan las decenas de libros.
La biblioteca todavía es nueva, pero ya empezó a integrarse a la rutina de los pacientes. Una de las primeras devoluciones llegó de manera casi inesperada. Mario y su equipo vieron a un hombre leyendo uno de los libros y le preguntaron cómo iba la lectura y si la internación se le hacía un poco más llevadera. La respuesta fue breve, pero reveladora: "Apagué la radio".
El médico se ríe al recordarlo, pero la escena resume lo que buscaban cuando pensaron la iniciativa. No se trata de hacer desaparecer la internación ni de volverla agradable, porque saben que no lo es. En una sala de internación, el tiempo no transcurre igual que afuera. Se mide en análisis, controles, medicación, recorridas médicas y noticias que a veces tardan en llegar. También puede volverse más pesado cuando el cuerpo obliga a detenerse y el horizonte inmediato se reduce a una habitación, una cama y una espera incierta. En ese contexto, un libro no resuelve la enfermedad, pero puede cambiar la manera de atravesar ese intervalo.
Durante buena parte del día, además, muchos pacientes están solos. Las visitas tienen horarios amplios, pero familiares y amigos deben continuar con sus trabajos y sus propias obligaciones. Hay mañanas y tardes enteras en las que la internación transcurre sin compañía cercana. También hay personas que atraviesan ese proceso sin una red de contención y pacientes en situación de calle que llegan al hospital cuando necesitan atención por una enfermedad cardiovascular.
Para todos ellos, los libros están disponibles. No importa qué historia tengan, de dónde vengan ni cuánto tiempo permanezcan internados. La biblioteca busca ofrecer algo tan sencillo como la posibilidad de leer, informarse, aprender o distraerse mientras atraviesan un momento que no eligieron.
Para Fitz Maurice, la historia de los libros remite a una idea más amplia sobre el lugar que ocupa el Hospital Rivadavia. Como jefe de Cardiología, entiende que el hospital público es, muchas veces, el último recurso para quienes no tienen cobertura o cuentan con recursos limitados. "Nosotros somos el último recurso de la gente, por lo menos de la gente que no tiene o de la que tiene poco", asegura.
Pero también advierte que la necesidad de un hospital público puede alcanzar a cualquiera. Una persona puede tener prepaga y, frente a una emergencia en la vía pública, ser trasladada primero a un hospital. En ese tránsito, e incluso muchas veces después, la atención en el sistema público deja de ser una excepción y se vuelve una experiencia concreta. Por eso, su planteo es que las diferencias de cobertura no determinen las condiciones en las que alguien atraviesa ese momento.
"Estamos tratando de que el que no tiene y el que tiene tengan lo mismo", resume. En esa lógica, insiste en una idea que para él debería ser obvia dentro de cualquier sala: "Cuando se ocupa la cama no sabemos de dónde venís. Para nosotros sos un paciente igual que el de al lado". La biblioteca, en ese sentido, no aparece como un gesto accesorio, sino como una forma concreta de expresar ese principio de igualdad en algo cotidiano.
La iniciativa también puso en evidencia esa lógica de trabajo dentro del propio hospital. El personal de seguridad recibió las donaciones en la garita, médicos y trabajadores trasladaron cajas a mano, el área de mantenimiento consiguió las ménsulas para instalar los estantes y la dirección respaldó la propuesta desde el comienzo. A partir de esa experiencia, además, otros sectores, como Clínica Médica y Cirugía, empezaron a evaluar cómo replicarla en sus propias salas.
A ese entramado se suma el trabajo de las Damas Rosadas, un grupo de voluntarias que desde 1964 acompaña a pacientes y familias con distintas tareas dentro del hospital. Muchas veces ayudan con trámites, acercan resultados o resuelven gestiones para personas que están solas o cuyos familiares no pueden quedarse. En ese contexto, los libros se convirtieron en una pieza más de una red de cuidado que ya existía y que, con esta iniciativa, encontró una nueva forma de hacerse visible.
Quizás por eso la historia no termine en esos más de 500 libros. Puede resumirse en la frase de aquel paciente que dejó de escuchar la radio para ponerse a leer, pero también en el resumen del Dr. Mario: "Cada uno desde su pequeño universo puede ayudar un poquito al otro". Esta vez, ese gesto tomó la forma de un libro dejado en la puerta de un hospital para alguien que, probablemente, nunca sabrá quién decidió acompañarlo.