4 de agosto de 2026
El día que Borges firmó un libro "equivocado" y lo volvió genial (y otras anécdotas de escritores argentinos)
Infobae Cultura publica un capítulo de "Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentino favorito y nunca se atrevió a pregunta", que recopila 'anécdotas secretas' relatadas por otras escritoras y otros escritores
Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentino favorito y nunca se atrevió a preguntar (Interzona) recopila "anécdotas secretas" relatadas por otras escritoras y otros escritores, tras una investigación de Daniel Guebel y Nancy Giampaolo.
Este Volumen I propone abrir al público un material reservado durante décadas: relatos sobre figuras de alta relevancia para la literatura del país que no buscan fijar una verdad definitiva, sino conservar aquello que los archivos oficiales suelen dejar afuera. Entre otros, se ingresa en anécdotas sobre Adolfo Bioy Casares, César Aira, María Elena Walsh, Roberto Arlt, Silvina y Victoria Ocampo, Ernesto Sabato, Manuel Puig, Ricardo Piglia y Martín Caparrós.
Así, el libro recorre momentos como cuando Borges improvisa aforismos en baños públicos, Bioy escapa del fantasma de su propia fama y Aira se desintegra de aburrimiento en un aeropuerto. También incluye a Wilcock y Bianciotti cruzando océanos para fingir que no se conocen.
El dossier suma, además, el caso de Chitarroni, presentado en el momento en que convierte una dolencia en personaje literario. La lógica del libro se apoya en esa zona donde, según su propia formulación, la leyenda se confunde con la vida.
"Un escritor, si es de verdad, no debería morir nunca, o al menos, como pedía Bioy Casares, necesitaría contar con quinientos o seiscientos años de vida saludable para redondear su literatura. Infelizmente, hasta el momento no les ha sido concedida semejante extensión del plazo; los avances hacia una duradera trans o eternohumanidad parecen obra de ese subgénero llamado ciencia ficción. Así, los escritores solo pueden bocetar los rudimentos de obras que tal vez brillarían más, con los deletéreos encantos del simulacro de perfección, si estas pudieran ser trabajadas con el sereno beneficio de centurias por delante", escriben en el prólogo.
El punto de partida del trabajo de Guebel y Giampaolo no es la comprobación documental de cada episodio, ya que los testimonios reunidos apuntan a conservar una materia frágil: aquello que suele perderse cuando la memoria literaria queda limitada a los registros formales. Infobae Cultura publica el episodio en torno a Borges, de la mano de Luisa Valenzuela:
Por Luisa Valenzuela
Tengo la ilusión de ser, en esos momentos, la persona que tiene más largas memorias de Borges. Me pasa por longeva y por haberlo conocido de chica, resultado de lo cual tengo un rosario de anécdotas del gran maestro quien, a pesar del enorme respeto que supo infundir, no dejaba de ser el tímido y querible pícaro que lanzaba sus agudezas con tono imperturbable, no siempre inofensivas pero siempre deslumbrantes.
Eran sus tiempos de Georgie, "un escritor para escritores", cuando frecuentaba las informales tertulias literarias en mi casa materna. Y debatían con Sábato sobre "el arte por el arte o el arte con mensaje". En aquel entonces era yo una nena rebelde pero meterete, ávida de conocimiento. Muy temprano me colé en sus conferencias, y aun hoy recuerdo a sus colegas temblando cuando Georgie trastabillaba en busca de una palabra que por fin resultaba la palabra exacta, insustituible. Y había mucho más. Con mi madre, Luisa Mercedes Levinson (Lisa), salían a hacer estrambóticos paseos por los puentes de Constitución que a Georgie le fascinaban, y volvían muertos de risa. Compartían conmigo sus hallazgos "poéticos". Yo me abochornaba: "En el medio de la plaza/del pueblo de Pehuajó/hay un letrero que dice/la puta que te parió". "En el barrio de Belgrano/pero un poco más abajo/hay un letrero que dice/mierda la puta carajo". Éste último temo que haya sido el aporte de Lisa. A mis sobrios 11 años me parecían de un infantilismo absoluto. Nada menos que el poeta del impecable oído, el que se añadió el Luis para no llamarse simplemente Jorge Borges que suena tan duro… Me lo contó en algún momento cuando decidí renunciar a mi sobrenombre y aceptar mi nombre que me resultaba ajeno. Pero eso fue mucho después. A principios de los años 50. Georgie y Lisa, mi señora madre, se enclaustraban en el comedor de la casa a escribir un cuento en colaboración. Y reían, reían. Quizá por culpa de ellos creí que la risa estaba en el corazón de la escritura, al punto que acabé siendo escritora a pesar de haber sido entonces la voz de la sensatez.
El cuento, de amor desplazado, se solazaba en el mal gusto del narrador, joven arquitecto que incluía la propuesta de un parque inconcebible. Al concluir una sesión de escritura Georgie se jactaba: "Hoy trabajamos mucho, hemos completado una línea". O, muertos de risa, me consultaban dislates, como la idea de proponer esculturas de bustos ecuestres. Todo me parecía demasiado loco pero ellos no se arredraron. El resultado final resultó ser el cuento en colaboración "La hermana de Eloísa", y allí se lee: "No juraría que se habló de un busto ecuestre del pagador Chiclana, desaparecido en la guerra del Paraguay, pero nada era imposible esa tarde".
El irónico cuento dio título a un libro publicado en 1955, año en que Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Ciego y todo, el nombramiento resultó ser la concreción de un largo sueño: pasearse entre anaqueles y anaqueles colmados de libros al alcance de su mano para acariciarlos, olerlos. Hasta que un día, espantado, contó que en la Biblioteca había ratones. Mi madre no vaciló un instante y le mandó un ejemplar aguerrido de su abundante tropa gatuna. Rebautizado Azurbanipal por eso de la Biblioteca de Alejandría, el cazarratones se sintió a sus anchas hasta que cierta tarde se vio atrapado en un vericueto de la gigantesca claraboya y sus desesperados maullidos retumbaban en todo el salón de lectura. Borges se desesperó a su vez y mi madre no sabía cómo disculparse. Hasta que la fiera fue rescatada y Georgie, feliz, tranquilizó a Lisa confesándole que siempre había soñado con llamar a los bomberos.
Tengo otros recuerdos de aquella época. Unos años después pude por fin contribuir a la colección de cuartetas mansamente sicalípticas: "En el barrio de San Telmo/Biblioteca Nacional/hay un letrero que dice/hacete un lavaje anal". Reconozco que a Borges le pareció horrible (¿habrá sido entonces cuando dijo que por un juego de palabras yo era capaz de matar a mi madre? Pero eso me lo contaron más adelante).
De todos modos tiempo después me encargó un modesto laburo, ad honorem, sí, pero me sentí honrada. Los sábados por la tarde se había organizado un ciclo de conferencias de escritores y escritoras basadas en la propuesta "Por qué y cómo escribo". Desfilaban las grandes figuras literarias del momento, yo debía entrevistarlas al llegar y en una pequeña oficina entrando a la izquierda debía escribir, en una pesada Remington con múltiples copias carbónicas, una gacetilla rápida para entregar a la salida a los periodistas presentes que, según Borges, aprovechaban la hora de la conferencia para echarse una siesta.
Después la vida –entre el periodismo y mi casamiento con radicación en Francia– me apartó de quien ya no era más Georgie. De regreso en Baires, cuando en 1966 apareció mi novela Hay que sonreír, me enteré de que Borges había comentado que era pornográfica. Me ofendí profundamente y no quise saber más de él, salvo leerlo, claro está, inagotablemente. Me llevó décadas enterarme de que una de las antiguas acepciones de la palabra pornografía es "sobre la vida de las prostitutas"; por más cándidas que sean…
En 1970 volví a estar con Borges en un encuentro del cual por desgracia no queda registro, sólo unas fotos que atesoro. Fue en pleno Manhattan, calle 54 Oeste casi Lexington Ave si no me falla la memoria. Marta Fernández, genial y valiente emprendedora argentina, invitó a Borges a inaugurar su flamante librería especializada en literatura latinoamericana en español. Algo mágico por lo insólito. Yo había conocido a Marta dos años antes, en Baires, donde habló de su proyecto-sueño y pidió sugerencia de nombre. Convencida de lo utópico de la propuesta sugerí ponerle simplemente La Librería, y el nombre cuajó. El local era precioso. A la sazón yo estaba en Iowa en el programa de escritores así que me tocó presentar al Maestro. No recuerdo qué habré dicho pero sí que él, honrando el toponimio y muy feliz, en su salsa, habló de LA librería platónica, y el proyecto resultó ser un fulgurante éxito que duró más de una década.
Así pasaron los años y en mi recorrido periodístico aterricé a mediados de los 70 en Gente, donde por un breve tiempo tuve una página de muy breves chismes literarios. Llamé a Borges a su casa para pedirle alguna novedad. Con su natural circunspección el Maestro me contestó: "He hecho un pacto de caballeros con la revista Gente. Si la revista Gente no me menciona nunca más, me comprometo a no mencionar nunca más a la revista Gente". Mi propia caballerosidad me impidió publicar esa genialidad en su momento.
Un año antes había tenido la pésima idea de ir al atardecer a la mítica (entonces) librería La Ciudad a comprar el libro Georgie dear, de Hermenegildo Sábat editado por Crisis, con bellas caricaturas de un Borges que habla en inglés con la República Argentina. Lo quería para enviárselo a Norman Thomas di Giovanni que estaba en malos términos con quien supo ser su autor estrella. Librería chica y atestada. Georgie está acá, que te lo firme, me dijeron, y sin más me empujaron hacia él a pesar de mi resistencia horrorizada. Pero ya le estaban dando mi nombre, poniendo el libro de inusual formato en sus manos. Consciente de la gaffe intenté disculparme, "Es un libro de Sábat sobre usted", balbuceé, y el Maestro de viva voz me dijo: "Cómo no, Luisa, con gusto le firmo un libro de Sábato. Dicen que los libros de Sábato son mejores que los míos…". Una estudiada pausa permitió que el cuchillo cortara el aire, para después agregar: "Creo que lo dice él…". Y firmó con su letrita de araña.
Tras cartón envié el libro a Norman, en Saint Andrews, Escocia, en agradecimiento por su hospitalidad y en celebración de una anécdota que me había contado de los tiempos cuando era el cicerone del gran hombre. En ocasiones cuando estaban con gente en algún lugar público, ambos compartían una clave: Borges hacía un determinado comentario sobre el tiempo y al rato Norman ofrecía acompañarlo. Al baño, por supuesto. Y una vez allí el Maestro se hacía leer los graffiti soeces. Uno le gustó particularmente y lo aprendió de memoria. Estando juntos en Oxford (¿o era Cambridge?) se repitió la escena, pero en el baño de hombres las paredes estaban inmaculadas. Borges entonces le pidió a Norman que sacara su pluma y le dictó: "La mierda no es pintura/y el dedo no es pincel./No seas una basura/limpiate con papel". Cumplido el ritual Borges salió muy ufano, exclamando "¡Esto sí que es intercambio cultural!".
Caen hojas del almanaque. En la década del 80 yo vivía en Nueva York, asistí entonces a una conferencia en la que Borges alabó los viajes. Al finalizar le recordé que él antes detestaba desplazarse (cuarenta años atrás una señora inglesa le había leído las hojas de té y vaticinado que se ganaría la vida viajando y dando conferencias; Borges, el hombre más tímido de la Tierra, se aterró). "En Buenos Aires", contestó esa noche en NY, "cada día de mi vida es igual al anterior. En cambio cuando viajo, cada día resulta diferente". Estaba con María Kodama, feliz.
En ese viaje de ellos nos volvimos a encontrar un par de veces, a solas los tres, y como me contaban las anécdotas más hilarantes les propuse hacer una nota para una revista local. Compré entonces un grabador diminuto y nos recuerdo semirecostados alrededor del grabador en la gigantesca cama del gran hotel, registrando los recuerdos.
"María no pudo haberme hecho mejor regalo que este gusto por viajar", confesó Borges entonces. "Quizá continuemos en el camino y vayamos a vivir al Japón. ¿No está nada mal, verdad, para un hombre que subió a un avión por primera vez a los cincuenta años? Traté de convencerme que era heroico, pero había un recién nacido a bordo que lloró todo el trayecto y arrasó con todo el prestigio épico del vuelo".
María cuenta su felicidad de viajar con Borges: "Nos divertimos como niños pero a veces me preocupa. Se mete en las situaciones más extrañas, le encanta hurgar en lo desconocido. Todo es leve, sólo los regalos y premios que recibimos en el camino pueden volverse una carga". La célebre Rosa de Oro, por ejemplo, enorme y bella. Borges la recibió en Sicilia e insistió en llevarla en la larga gira "como señal de respeto a los oferentes", se quejó María. "Para colmo en Venecia recibió una valiosa colección de medallas conmemorativas y yo debía resguardar todos esos tesoros mientras Borges se burlaba de mí y era feliz hablando sobre el Nirvana en el Monasterio de los 47 Samuráis en Tokio".
Disfrutar el aquí y ahora quizá haya sido el gran secreto de Borges. Aquella tarde de la entrevista en su habitación del hotel posó con el birrete que le habían entregado en no recuerdo qué universidad. Y me dieron una copia de la famosa foto de cierta noche de Halloween en Madison, Wisconsin, cuando Borges propuso comprar máscaras y se caló una de lobo para entrar a la fiesta exclamando, solemne: "El hombre es el lobo del hombre". En latín, por supuesto, ya que ése era un ámbito académico.
Otros tiempos, otros ámbitos, otras voces. Y una imagen indeleble en mi memoria. La de cierto mediodía de la temprana primavera neoyorkina de 1984, cuando dos figuras casi etéreas, vestidas de blanco marfilino aparecieron en el patio trasero de un restaurante italiano en Greenwich Village. Tras recorrer medio Manhattan habían sido atraídos por la promesa del Paraíso, palabra que como es sabido significa jardín cerrado. Fue un encuentro absolutamente casual. Borges estaba exultante, venían de California del viaje en globo, lamentaba tener que regresar a Baires. Temblé cuando Borges insinuó que yo había tenido razón, pero aludía al tema político: por fin Agustina Paz y las Madres y los juicios lo habían llevado a comprender la atroz realidad de la reciente dictadura. Pude resarcirme al rato, cuando tras sus lamentos por tener que regresar a casa, un simple llamado telefónico al New York Institute for the Humanities me bastó para conseguirles a Borges y a María un regreso a Nueva York en el siguiente semestre, con todos los honores.
Ahí sí que mis temblores se vieron justificados. Borges me eligió de interlocutora, y yo bien sabía lo que eso significaba. El Maestro no daba más conferencias, prefería entablar diálogos sobre el tema propuesto por él y, ya que estaba, se divertía haciendo papilla a sus ocasionales interlocutores. La charla sería en inglés, a la sazón yo enseñaba escritura creativa en ese departamento de la Universidad de Nueva York. Le pedí socorro a John Coleman para enfrentar al vastísimo público. El tema era la metáfora. Con John íbamos navegando esas profundidades, tratando al menos de respirar, hasta que me envalentoné y tras elaborado preámbulo entre Lacan y Sontag le planteé una pregunta directa (punzante) sobre los cuchillos en su obra. Como era de prever, Borges me contestó algo sobre que él era un viejo ciego y yo una joven escritora audaz, pero a la mañana siguiente, en el trayecto a través de todo Manhattan, de Washington Square a la Universidad de Columbia en la otra punta de la isla –viaje que habría de repetirse toda esa semana– Borges se dio vuelta en el coche y como enfrentándome me increpó: "Usted anoche mencionó el falo". "Sí, Borges", me disculpé, "como metáfora". "Conozco una mejor", dijo entonces el Maestro. "El dedo de Dios". "No le parece un poco pretenciosa", pregunté. "Y sí", me respondió él. "Creo que es de Victor Hugo…".
Esos días con Borges siguieron así, algo más aliviados pero no mucho, por las mañanas clases en Columbia U con alumnos ávidos de conocerlo, por las tardes la avidez era de Borges que quería ir a escuchar jazz (Alberta Hunter, para el caso), o dar unas vueltas en mateo por Central Park. Fueron días vitales, maravillosos. Y extenuantes. Al punto que el poeta Daniel Halpern, su chofer y cicerone en Columbia, al despedirnos del Maestro y de María, planteó la siguiente incógnita: "¿Is there life after Borges?".
La hubo. Uno de mis viajes anuales a mi ciudad coincidió con la presentación de Los Conjurados, el último libro de Borges. Raúl Castagnino habló profusa y brillantemente de sus lecturas sucesivas de la obra. Cuando le llegó el turno al autor, éste en agradecimiento dijo "Se ve que el profesor Castagnino ha leído mi libro muchas veces, ¿qué puedo decir yo que sólo lo escribí una vez?".
Al momento de los saludos Borges me tomó de la mano y me retuvo para decirme delante de todos: "Usted sabe, Luisa, que ambos hemos escrito un cuento con el mismo argumento".
Una vez más me aterré, no supe cómo decirle que no, por más que lo admirara no creía haber incurrido nunca en semejante… "Sí" me interrumpió, "ambos hemos escrito sobre el acto sexual. Mi cuento se titula La secta del Fénix".
Me sentí aliviada y entendí la alusión. El chiste muy borgeano. En los días neoyorquinos yo le había pasado a María la nueva edición de mi Gato Eficaz, con el pedido especial de que no se lo leyera a Borges. Se ve que ella me desobedeció y al menos le leyó mi "Juego del Fornicón". No atiné a agradecérselo.
Después retorné a dictar mis talleres en NYU, Borges y María se instalaron en Ginebra. Hablamos a menudo por teléfono. Lamento en el alma no haber hecho una escapada: para el cumpleaños de él, para el casamiento. O para el funeral.
La llamé a María pocos días después de la aciaga fecha, y una frase me salió del alma. "Qué será del mundo sin Borges", sin esa mente, pensé, en constante actividad, apreciable a simple escucha. María supo consolarme: "El mundo nunca estará sin Borges", me dijo.
Cuánta razón tenía.