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15 de julio de 2026

"Se necesita empleada cama adentro": radiografía del trabajo doméstico y una incursión en la sociología de la intimidad

El análisis histórico del servicio doméstico en Argentina supone un enfoque medular para comprender la evolución de la estructura socio laboral y la división sexual del trabajo. La transformación de un oficio que fundamentalmente sostiene hogares y ya atraviesa un siglo de cambios: del "cama adentro" a la contratación por horas y a la realidad que develó la pandemia del Covid-19

Hacia 1920, el requerimiento de empleadas domésticas era el rubro con mayor demanda en los avisos clasificados de los diarios de Buenos Aires. A lo largo del tiempo he publicado -menos de lo que pude y más de lo que debiera- diversos materiales, tanto literarios como sociológicos. El primer libro, diríamos, académico, que publiqué fue más de cuatro décadas atrás. Era sobre el servicio doméstico, un mundo en el que convergen la vida personal y el ámbito familiar con la estructura social. Para bien y para mal, es posible comprobar que las cuestiones y problemas que se abordaban en aquel libro continúan teniendo plena vigencia.

Ya en la era de los algoritmos y la automatización, recientes cifras de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH-INDEC) revelan que en Argentina hay unas 800 mil mujeres que trabajan en casas particulares; en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires son 70 mil y, en el lugar donde se escriben estas líneas, Santiago del Estero, lo hacen ocho mil.

Desde una perspectiva de largo plazo la incidencia de mujeres en el servicio doméstico y sus formas de contratación han ido cambiando. Entre 1890 y 1920 las familias de clase alta y media alta demandaban empleadas "cama adentro" (sin retiro), posteriormente lo fueron "con retiro", es decir por horas: esta es la modalidad que predomina en la actualidad.

En cuanto a los lugares de origen de las domésticas ocupadas -sobre todo en Buenos Aires, un persistente polo de atracción- se podrían establecer tres grandes ciclos: el primero (hacia 1900-1920) eran mujeres provenientes de España e Italia, el segundo (hacia 1930-1960) de migrantes internas de provincias del noroeste argentino y el tercero, en los tiempos que corren, de migrantes de países vecinos, bolivianas, peruanas y sobre todo paraguayas.

Aunque haya habido, más bien intentos, de modificación en las leyes laborales y en el registro de las ocupadas las empleadas domésticas en el presente continúan perteneciendo a una franja en la que se superpone el sector informal con el trabajo no registrado.

El análisis histórico del servicio doméstico en Argentina constituye un eje fundamental para comprender la evolución de la estructura socio laboral y la división sexual del trabajo. A lo largo del siglo XX y en lo que va del presente, esta ocupación ha funcionado de manera persistente como una significativa área de inserción laboral para las mujeres de sectores populares.

En los albores del siglo pasado, según registros del Censo Nacional de 1895, la participación femenina estaba fragmentada entre el trabajo que realizaban en sus propias casas como costureras y lavanderas y el que desempeñaban en hogares ajenos en tanto sirvientas o cocineras. En ese entonces en el país el servicio doméstico representaba aproximadamente entre el 35% y el 40% de la PEA femenina ocupada. Si bien en sus comienzos el empleo en el sector no estaba totalmente feminizado, pues existían mozos y sirvientes varones, posteriormente se consolidó una rápida feminización que llegó a ser un 98% del total.

A comienzos del siglo XX superaban las 150.000 mujeres; en esa época en la ciudad de Buenos Aires alrededor del 43% de las trabajadoras se desempeñaban en el servicio doméstico.

En diversas sociedades, el empleo doméstico ha sido, durante siglos, una de las columnas invisibles sobre las que se sostuvo la cotidianeidad. Cocinar, limpiar, servir la mesa, cuidar niños, acompañar ancianos, lavar ropa e inclusive sustentar emocionalmente un hogar fueron tareas consideradas naturales, especialmente para las mujeres, y por eso mismo muchas veces quedaron fuera del reconocimiento económico y simbólico. Pero sin ese trabajo silencioso, ninguna sociedad habría podido funcionar.

Desde las antiguas civilizaciones hasta las grandes ciudades contemporáneas, el servicio doméstico ocupó un lugar ambiguo: indispensable y, al mismo tiempo, desvalorizado. En la Roma clásica existían esclavos destinados exclusivamente al cuidado de la casa. En la Europa aristocrática del siglo XIX, las mansiones funcionaban gracias a ejércitos de sirvientas, cocineras, institutrices y mayordomos; similares registros se muestran para Buenos Aires en los relatos de Manuel Mujica Láinez.

En rigor, la literatura universal dejó testimonios memorables de esa realidad, se los puede apreciar en Charles Dickens, Honoré de Balzac, Jean Genet y aún en el propio Borges. En la pintura se los visualiza en los cuadros del holandés Johannes Vermeer, el español Diego Velázquez, y de los argentinos Antonio Berni, Ramón Gómez Cornet. En tiempos más recientes, las complejas relaciones de la servidumbre con la vida íntima de sus patrones han sido exploradas por la televisión en series emblemáticas como Upstairs, Downstairs y, sobre todo, en la magistral Downton Abbey.

La sociología también se ocupó del tema, aunque tardó bastante en hacerlo.

Durante mucho tiempo, los estudios de los economistas y sociólogos clásicos privilegiaron el análisis del trabajo industrial o el empleo masculino formal. Recién en décadas recientes comenzaron a aparecer investigaciones sobre el llamado "trabajo reproductivo", es decir, todas aquellas tareas necesarias para sostener la intimidad de la vida cotidiana. En nuestro país, entre otros, correspondería mencionar los aportes de Elizabeth Jelin, Santiago Canevaro, Cecilia Allemandi, Ania Tizziani y Lucas Torres.

En Argentina, el servicio doméstico tiene una historia profundamente ligada a las migraciones, tanto externas como internas, y a las desigualdades sociales. Durante buena parte del siglo XX, miles de mujeres provenientes del interior del país —especialmente del norte argentino— viajaban hacia Buenos Aires y otras grandes ciudades para trabajar "en casas de familia". Muchas veces eran adolescentes que dejaban atrás sus pueblos buscando oportunidades económicas. Esa experiencia quedó retratada en innumerables relatos populares, tangos y películas.

La figura de la empleada doméstica también marcó la cultura argentina urbana. Durante décadas fue común que las familias de estratos superiores tuvieran una trabajadora "cama adentro", una modalidad laboral que mezclaba, por un lado, la procura de "distinción social" de los patrones y, por otro, fases de intimidad, afecto y desigualdad. En muchos hogares se repetía una frase reveladora: "es como de la familia", que señala Santiago Canevaro.

En las últimas décadas en el país se avanzó en cierta formalización del sector y en el reconocimiento de derechos laborales para el personal de casas particulares, como por ejemplo en la Ley 26.844 de 2013; sin embargo, todavía persisten altos niveles de trabajo informal y no registrado.

En el siglo XXI, el debate se amplió. Ya no se habla solamente de empleadas domésticas, sino de economía del cuidado. La pandemia de Covid-19 dejó en claro que cuando el trabajo de cuidado se interrumpe, toda la vida social entra en crisis. Se comprendió entonces cuánto tiempo, energía y desgaste requiere el sostenimiento de un hogar.

Hoy, en muchas partes del mundo, el servicio doméstico se encuentra atravesado por nuevas tensiones. Por un lado, aparecen tecnologías que automatizan ciertas tareas: aspiradoras inteligentes, electrodomésticos cada vez más sofisticados y aplicaciones digitales para la contratación de empleadas domésticas. Pero por otro lado, el cuidado humano sigue siendo insustituible; ninguna máquina puede reemplazar completamente la paciencia y la empatía de quien cuida a un niño enfermo o acompaña a un anciano en su vejez.

También cambió la mirada académica y cultural. Los nuevos análisis tienden a superar la vieja división entre "trabajo productivo" y "trabajo doméstico". Cada vez se reconoce más que cocinar, limpiar o cuidar no son tareas menores, sino actividades esenciales para la reproducción de la vida social.

Quizás, no tan solo como una curiosidad demográfica u ocupacional, pareciera justificarse señalar el "aporte", para llamarlo de algún modo, que ha realizado la provincia de Santiago del Estero al empleo en el servicio doméstico. Su capital, fundada en 1553, es la más antigua ciudad que aún pervive. Se la suele denominar como "Madre de ciudades" porque de ella partieron expediciones que fundaron, entre otras, Córdoba, Tucumán, Salta, Catamarca.

Pero quedó al margen del ciclo de expansión de la economía agroexportadora que tuvo lugar entre 1880 y 1930. Durante el siglo pasado padeció una fuerte erosión migratoria, tanto es así que según los censos disminuyó su población en términos absolutos entre 1947 y 1960.

¿A dónde se iban las y los migrantes santiagueños? Hacia la ciudad de Buenos Aires y la pampa húmeda. ¿Quiénes eran los que se iban? Varones a ocuparse en tareas agropecuarias y mujeres en el servicio doméstico. A los primeros se los conoce como "aves de paso" o "trabajadores golondrinas" porque sus movimientos pendulares estaban vinculados a los ciclos de las cosechas, y a las segundas como "mucamas y sirvientas". Los primeros volvieron y siempre vuelven a partir; las segundas, en cambio, se fueron y ya nunca regresaron.

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