Miércoles 8 de Julio de 2026

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8 de julio de 2026

La desaparición de María Cash, quince años después: cinco hipótesis que no fueron y un sospechoso que se quedó sin coartada

La joven desapareció el 8 de julio de 2011 tras viajar desde Retiro hasta el norte argentino. Los testigos la describieron como "errática". El último en verla con vida fue un camionero que la levantó en la ruta y que sólo se presentó a declarar cuando fue obligado

María Cash subió a un micro en la terminal de Retiro con destino a San Salvador de Jujuy. Era lunes y tenía 29 años, diseñaba ropa y vivía en Barracas. Fue el 4 de julio de 2011 a las ocho menos cuarto de la noche. Cash tenía una mochila, un bolso y una valija roja grandota en la que llevaba la ropa que había diseñado y que quería vender en el norte del país. Ya había probado esa suerte en Brasil y le había ido bastante bien.

El plan del viaje no estaba demasiado claro, pero María sabía que quería una vida más tranquila que la que le ofrecía el ritmo porteño. Había fantaseado con instalarse en la Patagonia y, finalmente, se había decidido por sacar un pasaje hacia el norte.

Su recorrido, hasta el viernes 8, quedó registrado con precisión: fueron cinco días de movimientos erráticos por cuatro provincias del noroeste, una serie de testigos que la describieron como desorientada, vulnerable y con la mirada perdida, y una desaparición para siempre en la ruta 9/34 de Salta el 8 de julio de 2011, hace exactamente quince años.

El cuerpo de María Cash nunca fue encontrado. Su paradero aún es una incógnita y el Programa Nacional de Recompensas que depende del Ministerio de Seguridad de la Nación ofrece 5 millones de pesos por información certera que lleve a encontrarla.

La causa judicial que investiga los hechos acumula casi 20.000 fojas. Hubo más de 400 presuntos avistamientos de María que resultaron falsos y fueron descartados uno por uno. Y hubo, hace muchos años, un camionero que declaró, recién cuando fue obligado a presentarse ante la Justicia, ser el último en verla: hoy es el principal sospechoso de haberla matado.

El supuesto trayecto de María Cash hacia San Salvador de Jujuy comenzó a desviarse desde el primer día. Aunque su destino era esa capital provincial, el 5 de julio Cash se bajó primero en Tucumán y, finalmente, 200 kilómetros antes de llegar a San Salvador, en Rosario de la Frontera, en Salta.

Le dijo a su amigo Juan Pablo Dumon, con quien esperaba encontrarse en San Salvador, que no se había sentido cómoda en el micro. Un camionero la llevó hasta La Banda, en Santiago del Estero, localidad a la que llegó hacia las 22.30 de ese día. Dumon le compró un pasaje para que pudiera retomar el viaje desde allí hacia Jujuy.

El 6 de julio, en el taller mecánico Aguilar de la capital jujeña, María pidió cargar su teléfono y que le prestaran un celular para comunicarse con su amigo, porque ella no tenía crédito. Le costó desenredar el cable del cargador, le ofrecieron ayuda, después dirían que la vieron "errática", con "comportamientos extraños". No se comunicó con su amigo pero sí con la hermana de él: le pidió que la fueran a buscar al taller y le ofrecieron, en cambio, pagarle un remís para que fuera ella quien se acercara. María respondió "veo cómo hago" y cambió de planes.

Hizo dedo y la levantó un camionero, que la llevó hasta la zona de Pampa Blanca. En algún momento de ese día había dejado en el camino su valija roja, tal vez para moverse más liviana. Cuando la levantaron en la ruta hacia el mediodía, ya no la llevaba. Su teléfono estaba repleto de mensajes que María no respondía.

Los Cash, en Barracas, encendieron las alarmas: chequearon que el micro desde Retiro hubiera llegado bien y rastrearon la huella de María en el taller mecánico. Casi a la medianoche, las cámaras registraron a Cash en un peaje a 6 kilómetros de la ciudad de Salta. Lucía errática, iba y venía sobre sus pasos.

El 7 de julio, en las primeras horas de la madrugada, María se presentó en la guardia del Hospital San Bernardo, en la capital salteña. En ese momento, Cash ya no tenía su DNI, que después sería encontrado en un obrador de concesionario del peaje en el que la habían registrado las cámaras horas antes.

El médico la llamó por su nombre para atenderla, el guardia de seguridad, también. Pero María se levantó, dio algunas vueltas por el lugar, y se fue. La recepcionista de la guardia anotó: "Desorientada". Algunas horas después la vieron tocando timbres en el macrocentro salteño y buscando un local de artesanías.

El 8 de julio fue el día más confuso de esos cinco. A la madrugada, María Cash tocó la puerta de la casa de Paola Lobo, una vivienda particular en la que pidió pasar la noche "porque tenía miedo de caer en el prostíbulo de enfrente", reconstruiría Lobo después.

La dueña de casa se negó, y contó que Cash insistía con que quería trasladarse a la ciudad de Salta, ciudad en la que ya se encontraba. A la mañana de ese viernes, los Cash ya habían decidido viajar a Jujuy para buscar a su hija. A esa misma hora, María fue vista de nuevo en un peaje y después en una estación de servicio de General Güemes, Salta. Tenía, según un empleado de allí, la mirada perdida y estaba sucia. Después se lavó en los baños de la estación. Le dijo al empleado: "No me mires, no estoy loca ni estoy perdida".

A eso de las tres de la tarde de ese viernes, María Cash se subió a la caja de la camioneta de los Cuasarano, una familia de productores locales, y viajó allí hasta la rotonda de Torzalito, en General Güemes. La dejaron ahí para que siguiera su camino, que consistía en hacer dedo y esperar a que alguien parara. Aproximadamente una hora después, un camión Mercedes Benz blanco con la inscripción "Catita" frenó a su lado. Para ese entonces, Cash ya tenía sólo una bandolera como todo equipaje.

El conductor del camión, Héctor Romero, dijo que la levantó y la dejó media hora después en la gruta de la Difunta Correa, sobre la ruta 34. Ahí se perdió el rastro. No hubo más registros. No hubo más testigos. Nadie la volvió a ver.

Durante trece años, los investigadores siguieron cinco líneas distintas sin que ninguna terminara de cerrarse. La primera descartó el secuestro extorsivo: no hubo pedido de rescate ni prueba de vida. La segunda, que contó con el respaldo de una autopsia psicológica basada en el comportamiento errático de los últimos días, planteó que María atravesó un brote psicótico que la dejó sin recursos para sobrevivir sola en el monte, con temperaturas nocturnas de dos grados bajo cero y sin ropa de abrigo —la había abandonado junto a sus bolsos en el peaje. Que pudo haber muerto de hipotermia.

La tercera, derivada de la anterior, consideró que si había perdido el contacto con su identidad, tampoco habría podido pedir ayuda: contempló el suicidio como posibilidad. La cuarta planteó que María eligió voluntariamente desaparecer de su vida anterior y cruzó a un país limítrofe. La quinta, que fue víctima de una red de trata de personas.

Investigar cada una de esas hipótesis llevó años. Los más de 400 supuestos avistamientos que llegaron al expediente fueron descartados, uno por uno. Ninguna de esas supuestas pistas logró conducir a una respuesta certera. Lo que sí terminó de llevar a una pista concreta fue volver al principio: al 8 de julio de 2011, al camión blanco, a ese hombre que fue el último en verla.

Romero era camionero y hacía el recorrido habitual entre General Güemes y Joaquín V. González transportando mercadería. Cuando el caso se hizo público, los investigadores tuvieron que ir a buscarlo para que declarara: nunca se presentó espontáneamente a contar que había visto a la joven desaparecida que salía en todos los diarios. "Hubo que ir a buscarlo para que declare, pese a que fue el último que tuvo contacto con ella", diría años después el fiscal Eduardo Villalba.

La coartada de Romero se sostuvo durante años gracias al testimonio de un abogado llamado Carlos Cuellar, que declaró haber visto a María con vida en la zona de la Difunta Correa después de que el camionero la dejara.

Esa declaración desvió la investigación hacia otros flancos. Trece años después se pudo comprobar que Cuellar había mentido: las antenas de telefonía celular demostraron que no había estado en el lugar que dijo. Fue imputado por falso testimonio.

La causa fue reactivada a partir de octubre de 2019, cuando una comisión especial que incluyó tecnología de rastrillaje se internó en el monte en busca de restos. Encontraron una cruz sin tumba, ropa quemada y huesos de animales. Nada más.

En noviembre de 2024, el fiscal Villalba presentó ante la jueza federal Mariela Giménez un dictamen basado en las contradicciones de Romero, en las escuchas telefónicas y en la falsedad probada de la coartada. La jueza ordenó su detención. Le dictaron prisión preventiva por homicidio calificado por alevosía.

Las contradicciones eran graves. La declaración escrita de Romero no coincidía con el video del mismo acto procesal. Los datos de geolocalización del teléfono demostraron que tardaba dos horas en el recorrido, no dos horas y media como él afirmaba, y que ese menor tiempo a la velocidad que usaba hacía imposible la maniobra que describió para dejar a María donde dijo haberla dejado.

Los testigos habituales de la zona de la Difunta Correa aseguraron que esa tarde no vieron a ninguna mujer. Un mes exacto después de la desaparición, el teléfono de Romero registró una pausa inexplicable de una hora y veinte minutos en la zona de El Tunal, sobre la ruta 16, a 35 kilómetros de su destino.

Las escuchas telefónicas sumaron más información. En una de ellas, Romero le decía a un testigo qué debía declarar: "Vos tenés que decir que no sabés... no me vas a meter en quilombo". En otra, el empresario para el que trabajaba Romero, Miguel Segura, se lamentaba por el "quilombo que tengo por culpa de un chofer pelotudo que ha hecho una cagada". En otra, sacada del propio teléfono del imputado durante los rastrillajes de 2019, alguien lo señalaba directamente: "Parece que le han descuartizado a la mina y bueno, 'Romero' ha sido el último que la llevó hasta ahí".

La hipótesis del fiscal Villalba fue que Romero levantó a María confundiéndola con una trabajadora sexual, dado que el punto donde la recogió era un lugar en el que habitualmente se desarrollaba esa actividad a la vera de la ruta.

Federico Cash, el padre de María, fue quien encabezó la búsqueda pública de su hija desde el primer día. Se convirtió en la cara visible de la familia ante los medios, el que reclamaba ante la Justicia, el que no dejaba que el caso se enfriara. "Nunca dejen de compartir su foto", repetía incansablemente. Viajó al norte del país, siguió pistas, habló con testigos. Llevó la ausencia de María como una herida abierta durante casi tres años.

En abril de 2014, Federico Cash murió en un choque en la ruta nacional 152, cerca de la localidad Puelches, en La Pampa. La Policía que inspeccionó la escena del siniestro encontró el Renault Clío de Cash repleto de folletos con la cara de su hija, a quien buscaba desde hacía 33 meses. Murió sin saber nada sobre María.

En mayo de 2025, la jueza Mariela Giménez sobreseyó a Romero. La resolución argumentó que las pruebas eran insuficientes para sostener la imputación. La fiscalía y la querella apelaron de inmediato. El fiscal Villalba fue categórico ante la Cámara Federal de Apelaciones de Salta: "Luego de reunir todas las pruebas, tengo certeza de su autoría en el crimen de María. María Cash merece que se sepa la verdad".

En diciembre de 2025, la Cámara Federal revocó el sobreseimiento dictaminado por la jueza. Los jueces Santiago French, Ernesto Sola Espeche y Luis Renato Rabbi Baldi Cabanillas resolvieron que existían indicios suficientes para mantener la investigación abierta y que el sobreseimiento constituía una "absolución anticipada" que no estaba justificada cuando todavía quedaban medidas de prueba pendientes.

Ordenaron renovar el peritaje de distancia, velocidad y frenado, y conformar una mesa técnica con peritos de Gendarmería y del Ministerio Público Fiscal para resolver las diferencias en los análisis de geolocalización de antenas.

La defensa de Romero recurrió ante la Cámara Federal de Casación Penal. En marzo de este año, la Sala IV de esa Cámara, integrada por los jueces Javier Carbajo, Gustavo Hornos y Mariano Borinsky, rechazó el recurso presentado por el acusado. Entendieron que la resolución que revocó el sobreseimiento no constituía una sentencia definitiva, y que la defensa no había podido demostrar un perjuicio actual que no pudiera repararse más adelante.

La causa sigue abierta. Romero sigue siendo el principal sospechoso. El paradero de María Cash sigue sin conocerse y su cuerpo sigue sin aparecer. Pasaron quince años.

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