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1 de junio de 2026

Julio Le Parc, entre la memoria de Mendoza y una obra que nunca se mira igual dos veces

El adiós del artista provoca una lectura distinta de su trayectoria, desde su origen humilde hasta su proyección internacional y su diálogo constante con el público

Julio Le Parc ha muerto. La noticia cundió como el fuego; en las redes sociales lo despiden con admiración y a tono con los tiempos que corren: pocos pudieron resistirse a la tentación de subir una foto con el maestro.

Viejo, muy viejo, y joven, muy joven se murió Le Parc. A punto de inaugurar una retrospectiva de su obra en la Tate Modern de Londres, una más entre tantas, tantísimas; por aquí lo vimos en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Córdoba, en Mendoza, en Malba, en el Palacio Libertad, en el MACA de Uruguay. Y en edificios y espacios públicos como la terminal de partidas del aeropuerto internacional de Ezeiza o el foyer del Palacio Libertad, para admiración de conocedores y neófitos por igual.

Le Parc nació en Mendoza en 1928. En un pueblo chico, en una familia humilde. Era el nieto de un inmigrante francés que no conoció; eso lo decidió por París cuando partió a Europa. Aquí y allí se nutrió de las vanguardias, pero su obra siempre fue original. Formó parte del Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV) y del Grupo Denuncia; fue autor de obras de arte abstracto, de arte cinético, de op-art, de los famosos Móviles de luz continua, y de la obra Patear al Establishment (1971), una instalación de bolsas de boxeo con rasgos de personas poderosas (policías, directores) que el público podía patear. A pesar de vivir en París, la Argentina y sus padecimientos nunca le fueron ajenos.

Pintura, impresión, instalación lumínica, escultura: en diversos soportes, la búsqueda estética de Le Parc se concentró en la luz, el movimiento y el color. Y en el público. Involucraba al espectador en la obra, y establecía con él un diálogo: el arte es para quien lo quiera mirar, no hace falta ser experto.

Su obra impacta e invita a participar. Sus trucos ópticos, el aire o el mecanismo que tracciona sus móviles, el juego de espejos, todo está pensado para operar sobre la percepción del espectador, para invitarlo a sumergirse en una experiencia memorable.

Me gusta imaginarlo en sus comienzos: pienso en la familia humilde y el pueblo chico en 1928, y en el joven Julio, cuando decide y cuenta que quiere ser artista. Pienso en su formación en la Academia de Bellas Artes, en su desvelo con los colores que seguro ya había registrado en la naturaleza que lo rodeaba. Admiro su obra temprana, esos papeles pintados con cuidado y belleza, en donde los colores puros se encuentran, se interrogan, se tornan masa crítica que luego explota y da lugar a una obra pionera, universal, inspiradora para artistas y público del mundo entero.

*La autora es coordinadora general de Malba Puertos y ex Secretaria de Cultura de la Municipalidad de San Isidro.

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