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22 de abril de 2026

Una pareja de argentinos en un país no reconocido por la ONU: "No hay esfuerzo por hacerte sentir cómodo como turista"

Iara y Guillermo son porteños y llevan siete años viajando por el mundo en un motorhome. Actualmente se encuentran de travesía por la ruta de los Balcanes y cuentan cuáles fueron las dificultades que se presentaron en este destino europeo. "Nos pegó fuerte", admitieron

La escena ocurrió a pocos minutos de haber cruzado la frontera. Todavía con la adrenalina del ingreso, Iara y Guillermo —una pareja de viajeros argentinos que recorre el mundo en un motorhome— recibieron una bienvenida en Kosovo que no fue ni hostil ni amable, sino algo más compleja: directa, cruda y política.

—Comerciante de Kosovo: "Where are you come from?" (¿De dónde son?).

—Pareja de argentinos: "Argentina".

—Comerciante de Kosovo: "¿Ah?".

—Pareja de argentinos: "Argentina. Argentina. Messi, Messi".

—Comerciante de Kosovo: "Your country not recognize my country" ("Tu país no reconoce a mi país").

—Pareja de argentinos: "What?" (¿Qué?).

—Comerciante de Kosovo: "Argentina. It not recognize my country, Kosovo. Kosovo is a new country" ("Argentina no reconoce a mi país. Kosovo es un nuevo país").

Ese primer intercambio resumió, en apenas segundos, el tono de la experiencia en Kosovo: un país que existe, pero que no está reconocido por las Naciones Unidas (ONU). Un territorio que recibe visitantes, pero no necesariamente está preparado para ellos. Un lugar donde la identidad es una conversación inevitable.

"Nos pegó fuerte", admitió Iara en diálogo con Infobae. "No esperábamos que lo primero que nos dijeran tuviera que ver con política internacional", se sinceró.

Llegar a Kosovo no fue casualidad. Venían de recorrer Albania durante semanas, atravesando desde playas hasta montañas nevadas. A apenas veinte kilómetros de la frontera, el paso parecía inevitable. "Era un país que nos generaba muchísima curiosidad, y también cierta incertidumbre", relató Guille.

La frontera, paradójicamente, fue la más sencilla de todo su viaje por Europa. Sin mayores controles, ni largas filas. "El trámite fue rápido porque ingresamos desde Albania. Existe una fuerte afinidad histórica y étnica entre Kosovo y Albania. La mayoría de la población kosovar es de origen albanés, por lo que comparten idioma, tradiciones y símbolos. Esto se refleja incluso en la vida cotidiana ya que es común ver banderas de Albania dentro de Kosovo. Esa relación hace que el paso fronterizo entre ambos territorios sea más fluido y natural en comparación con otros accesos", explicaron.

Ese contraste —entre lo fácil de entrar y lo difícil de entender al país— se volvió una constante. "Nos dio la sensación de que no está acomodado para gustarte", describió Iara. "Kosovo es así, sin filtro", explicó.

Kosovo es el país más joven de Europa. Declaró su independencia en 2008, separándose de Serbia, pero su reconocimiento internacional sigue siendo parcial. Naciones como España, Rusia, China y Argentina, no lo reconocen como Estado soberano. Y eso, para los kosovares, no es un detalle menor.

"Fue lo primero que nos dijeron", recordó Guille. "Ni hola, ni cómo están. Directo a: 'Tu país no reconoce el mío'", recordó. Sin embargo, no lo interpretó como un reclamo agresivo sino más bien explicativo. Como si cada visitante fuera una oportunidad para contar su versión de la historia. "Es algo que tienen muy presente. Es parte de su identidad actual", añadió Iara.

La primera ciudad que visitaron fue Gjakovica. Ubicada en el oeste de Kosovo, cerca de la frontera con Albania, es una de las más antiguas del país y conserva una fuerte impronta histórica vinculada al pasado otomano de la región.

"Lejos de los circuitos turísticos tradicionales, se muestra como un lugar genuino, donde la vida cotidiana transcurre sin adaptaciones pensadas para el visitante", contaron. "No hay esfuerzo por hacerte sentir cómodo como turista", ejemplificaron. Y eso, lejos de ser un defecto, les pareció parte de la esencia del lugar.

Durante el recorrido, trataron de insertarse en la dinámica local real. Anduvieron por calles con bazares, visitaron comercios tradicionales y se encontraron con personajes ejerciendo sus oficios en la vía pública. "Vimos a zapateros cosiendo, gente arreglando relojes y señoras trabajando como costureras". Según ellos, se encontraron con "una realidad muy manual, muy analógica".

En Gjakovica también notaron la escasa infraestructura orientada al turismo. "No abundan los servicios pensados para visitantes internacionales, ni hay una señalización clara o propuestas organizadas como en otros destinos europeos", remarcaron.

El idioma fue otra barrera, que se tomaron con humor: "Muchas personas no hablaban inglés, lo que dificultaba la comunicación en situaciones simples como pedir comida. Terminás señalando lo que querés y esperando a ver qué llega".

Fieles a su estilo de viaje, no se alojaron en hoteles sino que continuaron recorriendo en su motorhome. En las afueras de la ciudad encontraron espacios abiertos, especialmente cerca de ríos, donde pudieron estacionar y pasar la noche.

Esa falta de adaptación para el visitante también la sufrieron con el dinero. Aunque en Kosovo utilizan el euro, la economía funciona mayormente en efectivo. "Tenés que preguntar siempre si podés pagar con tarjeta", contó Guille.

La comida también los sorprendió: opciones simples, económicas, pero muchas veces difíciles de identificar. Masas, quesos, preparaciones pesadas. Sabores familiares en formatos desconocidos.

Pero más allá de lo cotidiano, lo que atravesó toda la experiencia fue la historia. La tensión con Serbia sigue vigente, y las fronteras no son solo geográficas sino también políticas. "No pudimos cruzar directamente a Serbia desde acá porque para ellos Kosovo no existe", contaron los viajeros argentinos, que actualmente se encuentran recorriendo ese país.

Para Iara y Guille, Kosovo no fue un destino cómodo, ni fácil, ni predecible. Pero sí auténtico. "Es de esos lugares que te desafían. Te saca del lugar de consumidor y te pone en el lugar de observador, de aprendiz", concluyeron sobre su travesía.

La historia de Iara, de 36 años, y Guillermo, de 34, no empezó en una ruta lejana ni en un destino exótico, sino en una oficina del barrio porteño de Recoleta. Allí, en 2011, se conocieron trabajando en atención al cliente para una empresa de telecomunicaciones.

Durante años llevaron una vida convencional: empleo estable, horarios fijos y vacaciones limitadas que aprovechaban para escaparse a distintos puntos de Argentina.

Esos viajes, al principio esporádicos, fueron despertando algo más profundo. Cada vez que se alejaban de la ciudad notaban un cambio en el ritmo de vida, en la forma en que la gente se relacionaba y en el tiempo que se tomaba para las cosas simples.

Iara recuerda una escena puntual: entrar a una panadería en el interior del país y sentirse fuera de lugar por la velocidad con la que hablaba y pedía. "La señora quería conversar, todo era más lento", contó. Ese contraste fue una de las primeras señales de que existía otra forma de vivir.

En 2017 apareció la idea que lo cambiaría todo. Guille le mostró a Iara ejemplos de personas que vivían viajando en vehículos adaptados. Al principio, la propuesta le pareció una locura. Pero la idea empezó a tomar forma. Un año después, en 2018, tomaron una decisión radical: renunciaron a sus trabajos, dejaron la estabilidad económica y transformaron una Renault Kangoo en su casa.

"No era llegar a un lugar, era ver realidades", explicó Iara sobre ese viaje que ya va por su séptimo año. Desde el inicio, su proyecto no estuvo guiado por metas geográficas, sino por la búsqueda de experiencia.

Con el tiempo, también fueron evolucionando en sus medios de transporte: pasaron a una Fiat Ducato 4x4 y luego a un motorhome más grande, tipo "capuchina", que hoy funciona como un verdadero hogar sobre ruedas.

En ese recorrido nunca estuvieron solos. Ettore, su perro, forma parte del viaje desde el inicio. "Creo que el viaje es de él, nosotros lo acompañamos", dijo Iara entre risas. El animal, de 12 años, es una pieza central en su historia.

Al principio, sostener económicamente esta vida implicó rebuscárselas: vendieron comida, hicieron artesanías y buscaron distintas formas de generar ingresos en el camino. Con el tiempo, encontraron una fuente más estable: las redes sociales.

"Hoy vivimos principalmente del canal de YouTube @rodandoporahi, donde tenemos 120 mil suscriptores y compartimos nuestras experiencias por el mundo, y de nuestro Instagram @_rodandoporahi", contaron. También tienen presencia en la web www.rodandoporahi.com, en la que brindan información útil para los viajeros que buscan un estilo de vida como el suyo.

A diferencia de otros youtubers, Iara y Guille dejaron de llevar la cuenta de los países visitados, que son más de 20. "Al principio pegábamos banderitas en el motorhome, hacíamos como una ceremonia. Después el viaje pasó a ser otra cosa", explicaron.

Hoy, su filosofía es simple: "Vamos a donde pinte". Eso implica volver a lugares, cambiar rutas sobre la marcha y dejarse guiar tanto por lo práctico —clima, tiempos legales de permanencia— como por la intuición.

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