Martes 10 de Febrero de 2026

Hoy es Martes 10 de Febrero de 2026 y son las 11:18 -

10 de febrero de 2026

Se negaba a ser la mujer en la cocina y se convirtió en la mayor referente de las amas de casa argentinas: la vida de Doña Petrona

Huyó de su casa a los 15 años para que no la obligaran a casarse con un militar, se fue de Santiago del Estero a Buenos Aires por amor, comenzó a trabajar en la Compañía Primitiva de Gas vendiendo las cocinas que cambiarían los rudimentarios artefactos a leña para lo que fue entrenada por maestros de la gastronomía inglesa y francesa y se convirtió en la primera argentina en cocinar en la televisión en los años 50. Marcela Massut, su nieta, cuenta cómo era tener de abuela a una leyenda nacional

>No todas las revoluciones son estallidos. Ni resultado de minuciosos y elaborados planes. No todas son premeditadas, masticadas hasta que una alfombra acolchada por detalles contemplados y posibles obstáculos con posibles soluciones brindan la seguridad para lanzarse. Hay revoluciones que nacen silenciosas. Que no se anticipan. Se arrebatan bruscamente como una pieza de carne expuesta a un fuego fuerte. Y, simplemente, suceden.

Más vendido que el Martín Fierro, más que la exquisita obra de Borges, en la historia literaria nacional —en segundo lugar solo detrás de La Biblia lo más buscado, lo más comprado, fueron las suculentas peras a la emperatriz, la tradicional yema quemada, la tierna tarta de manzanas de Doña Petrona, que perfumaría comedores por décadas con ese tibio olor a hogar.

¿Salado? Claro que había. Solo que las fotos de los postres seducían más.

A partir de ese libro, siguiendo el consejo de alguno de los auspiciantes que la acompañaban y la habían llevado a los incipientes medios de comunicación de la época, y contra su voluntad, porque con treinta y seis años se negaba a que los usos y costumbres la hicieran sentir vieja, Petrona C. de Gandulfo se convirtió, de una vez y para siempre, en “Doña Petrona”.

Desde su casa de Olivos, Marcela Massut, nieta de la cocinera, cuenta la reacción de su abuela cuando pensaba cómo titular el libro y alguien que la asesoraba le dijo que tenía que llamarlo “El Libro de Doña Petrona”.

A partir de ahí advertiría su propia revolución.

***

Petrona Carrizo nació en La Banda, Santiago del Estero, en el invierno de 1898. Con certeza era 29 de junio, del año existen algunas dudas: 98, 96. Lo irrefutable es que se avecinaba el fin del siglo cuando ella llegaba para marcar el siguiente. Por supuesto, entonces nadie lo sabía. No había como.

Petrona, que ni era de Gandulfo ni era doña, huyó.

Para eso todavía faltaba cuando se evaporaba como agua en el fuego frente a la insistencia de su madre de enseñarle a cocinar para atraer a los prototipos del sexo opuesto. De la misma forma se hizo humo cuando quiso casarla.

¿Cómo buscaba una chica provinciana de 16 o 17 años a un hombre mucho pero mucho mayor en la Buenos Aires de principios del siglo XX? Marcela no conoce esos pormenores. Lo habrá buscado con la misma determinación con que convertía siete huevos en un flan.

—Ahí yo creo que volvieron a Santiago del Estero a buscar las cosas de mi abuela y ella se vino para Buenos Aires. Después se casaron acá y ella no volvió más.

***

Pero para eso también faltaba.

En ese momento Gandulfo tenía un empleo en la empresa postal del Estado —hoy Correo Argentino, entonces Correos y Telecomunicaciones—, ya no administraba la estancia en Santiago del Estero y había comenzado con algunos problemas de salud. Como el dinero escaseaba y Petrona era de las que tomaban la sartén por el mango salió, una vez más, en busca de su destino. Nunca imaginó que lo iba a encontrar enfrente de su casa. O al menos, que ese sería el comienzo del camino que la devolvería a aquel lugar del que había huído: la cocina.

En el principio —antes de las ollas, los tuppers y los cosméticos— fue la cocina a gas. Inaugurando la dinámica de lo que luego sería conocido como “venta directa” —y movería millones— Petrona, junto al resto de las candidatas tomadas por la Compañía Primitiva de Gas entrenadas para la venta, se plantaba en el centro del escenario que le indicaran, ante ceños femeninos intrigados, y hacía demostraciones en las que no solo explicaba cómo utilizar el artefacto que vendría a revolucionar el modo de cocinar, si no que cocinaba en vivo. Las recetas con las que exhibía las bondades del gas eran las aprendidas con chefs de primer nivel, como los de Le Cordon Bleu —la importantísima y francesísima red de enseñanza culinaria de renombre internacional— puestos por la compañía. Ahí se hunden las raíces de sus recetas con 14 huevos y tres kilos de manteca: así lo aprendió.

—De las ecónomas, las que más resaltaban eran mi abuela y su amiga “la Inglesa”, que era una señora bien flaquita, esas todas divinas, la cara de pecas. Una inglesa impecable. Y mi abuela que era una criolla. Tenía más de india que de inglesa. Ellas dos hicieron un buen equipo y fueron las que empezaron a representar a esta empresa del gas. Se ve que había buena química porque mi abuela toda la vida siguió con la amistad con esa mujer. Juntas eran las que daban clases en todos los teatros, en la Sociedad Cristiana, que tengo un montón de fotos con el escudo: un salón lleno de mujeres. Ellas tenían que demostrar que esta cocina nueva era mucho más limpia, más barata, y volvía todo mucho menos rudimentario que la otra. Yo digo que la abuela nació para vender estas cocinas modernas. Y ahí arrancó con todo el resto.

***

La pantalla la muestra en blanco y negro. Con sus tres vueltas de perlas al cuello, el pelo esponjado, delantal que cubre solo la falda con apliques de flores, aros y mangas al codo que dejan libres los antebrazos para manipular alimentos e ingredientes cómodamente, sin correr riesgos de ensuciar la ropa. Habla a cámara, muestra, explica.

A Juanita se le ven las manos, un cuarto de torso, el delantal. Obedece: agarra, coloca.

En 1952 Canal 7, el canal todo, estaba de estreno. Quizás había olor a pintura en los pasillos, a madera recién ensamblada en la cocina en la que Petrona se convirtió en la primera persona en la historia del país en batir huevos, mezclar ingredientes, meter en el horno y sacar una torta del otro lado de la pantalla: ese invento recién llegado que convertía a los que la miraban en sus casas, los ojos clavados en ese gran mueble- caja bajo el hechizo de sus manos y la música de su acento santiagueño, en sus primeros televidentes.

La Compañía Primitiva de Gas en la que se lucía cocinando ante salas llenas de mujeres hizo una alianza con la revista El Hogar —publicación que nació con el nombre de El Consejero del Hogar pero comenzó a cosechar verdadero éxito cuando empezó a dirigirse a las mujeres de la clase media argentina y a acariciar la vanidad de la clase alta dedicando parvas de párrafos a la vida de las familias patricias—. A partir de ese acuerdo, en 1931, la empresa mudó las clases y demostraciones de cocina al auditorio de la revista. Petrona era dueña indiscutida de ese escenario. Tanto que comenzó a volcar las recetas y consejos de cocina en el medio gráfico. El Hogar fue un trampolín: desde ahí saltó a Caras y Caretas, a Para ti y, en los años 60 y 70, se destacaría en Mucho gusto.

—Tengo todas las revistas El Hogar, desde el 1920 hasta el cuarenta y pico. Y algunos libretos que le daban con las recetas en la radio, porque ella estaba con un locutor —cuenta Marcela—. La habían llevado dos marcas, una de enlatados y otra de cubiertos, que eran sus auspiciantes en esos años. Empezó en el 30, hacía teatros y en algún momento la llevaron a la radio y de ahí a la tele. Yo creo que, más que la radio, tuvo la caradurez de estar en la televisión porque ahí sí que no pudo mirar a nadie. A nadie. Creo que se animó pensando que del otro lado de lo que ella vería, que era nada, estaba todo su público; y que hizo una clase como en el teatro o en esas salas. Ese fue un desafío porque no había nada grabado, todo iba en vivo, si se le rompía algo tenía que resolverlo ahí. Y así se metió en la televisión.

El primer programa en el que enseñó sus recetas se llamaba Variedades hogareñas, que después pasó a ser Jueves hogareños. Pero sus años de oro en la pantalla chica, en los que llegó a las casas con tv de todo el país, fueron los de la década del 60, cuando se sumó al ciclo Buenas tardes, mucho gusto. Desde las primeras emisiones aparecía junto a Juana Bordoy, conocida por todos los televidentes como “Juanita”, su incondicional asistente, la que completaba el dúo dinámico culinario nacional, en la pantalla y atrás de ella. Aquel programa iba todos los lunes, miércoles y viernes por la tarde. Estuvo al aire durante dos décadas.

—Y, como hacía en el teatro. Arreglaba todas las cosas que se iban rompiendo porque en la casa también podía pasar eso.

***

El comedor debe ser confortable y con buena luz, ventilado en verano y abrigado en invierno, pues hay que tener en cuenta que en la mayoría de los hogares es el lugar de reunión de la familia y donde se va a descansar de las tareas diarias en grata intimidad. Por lo tanto, hay que prestarle la debida atención, haciéndolo lo más agradable posible. Una buena ama de casa debe cuidar de que todo en la mesa sea limpieza, confort y elegancia aún en su sencillez”. “Antes de colocar el mantel hay que poner un paño para resguardar la mesa y también para evitar los ruidos desagradables que suelen hacer los platos y cubiertos al ser colocados sobre ella. Encima de este paño irá el mantel, que de preferencia será siempre blanco, pues da a la mesa aspecto de alegría y limpieza. Es conveniente colocar en el centro unas flores, pues al mismo tiempo que alegran el ambiente estimulan el apetito”.

—En la parte de adelante del libro, mi abuela le dice a la señora de la casa qué comida le tenía que hacer a los chicos cuando volvían del colegio, y si volvía el marido a comer y si venía a cenar, y ella le tenía que preparar el desayuno, el almuerzo, la cena. O sea: la mujer estaba en la casa para eso. Antes no era normal que la mujer no estuviera cocinando en la casa; más allá de que mi abuela era el referente de lo que ella decía que hicieran pero no hacía. No era normal que las mujeres trabajaran, menos que las abuelas trabajaran. Y la mía trabajaba, y como loca.

Ese fue el otro gran hijo que ella siempre nombraba. Su primer libro. Porque, además, nadie se lo bancó, el libro era de ella y lo hizo completo hasta que falleció mi abuelo Atilio. Después, cuando entró mi papá en toda la parte administrativa, empezó a delegar la producción, pero toda la vida el libro se hizo en mi casa. Íbamos al que vendía papel, después a los talleres gráficos; íbamos a Izquierdo Migone, que era el estudio de fotografía, a hacer toda la parte de las imágenes.

En los años 50, estalló: la demanda impulsó tiradas de 50.000 ejemplares. El Libro de Doña Petrona, con sus ilustraciones a color, se convirtió en un regalo tradicional de bodas o despedidas de soltera, como en el caso de mi madre.

Desde la primera edición hasta la actualidad, la biblia gastronómica argentina tuvo 103 ediciones. En 2018 la editorial Planeta lanzó lo que llamó “la edición definitiva” (la número 103). Una suerte de remasterización del clásico para el que Laura Vilariño, una periodista especializada en gastronomía, leyó el libro de mayúscula a punto final y se lanzó a editar las recetas y los textos con referencias añejas o desprolijidades durante más de dos años. También repuso el contexto del material original.

Estaba en una reunión social a la que la habían invitado, cuando lo vio: elegante, alto, joven. Un bailarín talentoso. Un placer del que ella no había podido disfrutar demasiado pese a su gusto por el baile por su marido patadura. Como ella llamaba a Gandulfo. Este modelo danzante y con gracia se llamaba Atilio Massut. Ella le pidió que le alcanzara algo para tomar. Probablemente whisky, brebaje del que bebía una medida diaria, on the rocks. Cuando él le acercó el vaso —o quizás fue una copa—, ella le vio las manos —”las manos eran impresionantemente hermosas”—, después vio todo el resto. Él la sacó a bailar, “y ahí nomás se enamoró”. Y ahí nomás empezó el resto de su vida.

En 1943 quedó viuda; en 1946 se casó con Atilio Massut. Aunque decidió seguir siendo “Doña Petrona C. de Gandulfo”: así había saltado a la fama, así se quedaría.

***

Juana Bordoy, la “Juanita” que muchas hijas de esta patria fuimos de nuestras madres, el nombre en el que se encarnaba —y todavía— a la ayudante de cocina argentina por antonomasia, llegó a Buenos Aires desde La Plata con 18 años en busca de trabajo. Conoció a Petrona por medio del médico de cabecera de la familia. Ella la alojó en su casa de donde Juana se iría solo para morir en La Pampa, cerca de su hermano, unos años después de la muerte de Petrona. Mientras Petrona vivió, vivieron juntas.

se llevarían 25, 28 años. Y para nosotros era otra madre: era mucho más que una abuela. Yo viví en la casa de mi abuela hasta que construyeron la nuestra, a siete cuadras de la suya, los tres primeros años de mi vida. Ahí nació mi hermano, Alejandro, cuando yo tenía un año y medio. Y Juanita yo creo que nos disfrutó como si fuéramos sus hijos. Nosotros amábamos estar en la casa de mi abuela. Nos escapábamos de mi casa para ir a la suya. Cuando volvía del colegio y no tenía ganas de estar sola o con mi hermano, me iba y estaba Juanita. Entonces era pedirle permiso a ella, preguntarle si podíamos ir. Yo no le pedía permiso a mi abuela, no la iba a llamar a la oficina para preguntarle si podíamos ir a tomar la merienda, ni loca. Era Juaní la que siempre nos abrigaba en esos caprichos nuestros. Era otra madre, la amábamos de esa manera.

—Aparte vivíamos muy cerca. Cuando mi hermano y yo tuvimos el medio móvil de la bicicleta, en el año 60, 70, bajábamos la barranquita de Vicente López, llegábamos a la casa de mi abuela y sábado y domingo no nos podía sacar nadie de ahí adentro. Era la casa del fin de semana para nosotros.

—Cuando mi hermano y yo llegábamos a la casa de la abuela el sábado temprano, decía: “Bueno, hoy hacemos empanadas”; “Hoy tenemos que limpiar tres kilos de frutilla” o papas para hacer ñoquis. Esa parte del sábado a la mañana era la parte más feliz, porque después había que montar las mesas para toda esa gente.

Mi abuela siempre estaba feliz. Siempre el fin de semana estaba feliz y pasaba sábado con gente y domingo con gente. Jugaban a las cartas, almorzaban: mi abuelo con todos los varones al truco, mi abuela a la canasta. Entonces qué hacía: los postres del fin de semana los preparaba en la oficina y los llevaba. Pero después había que cocinar. Me decía: “Andate al placar de arriba” (porque ella tenía placares con vajilla más que placares de ropa) “y elegí un juego para poner con tal mantel”, que por ahí ellas ya lo tenían elegido. Entonces yo iba con Juanita y bajábamos las dos todos los platos, las tazas, los platitos, todo lo que había para completar esa mesa. Esos fines de semana eran inolvidables porque uno era siempre anfitrón con ella.

—[Los comensales] llegaban a las 12 y a esa hora empezaban con los canapés y el vermú. Después se comía, después el postre, después el café y después de todo el juego de cartas terminaban con la picada de la noche. Ella amaba disfrutar en su casa. Ahí sí que los pisos estaban bien gastados.

***

También supo renovarse y adaptarse a las épocas. Muchas de sus recetas eran costosas por la cantidad de materia prima que insumían, lo que las volvía excluyentes para buena parte de sus seguidoras en momentos de inflación o “carestía de la vida”, como se denominaba a la suba abrupta de precios en las décadas del 50 y el 60. En 1962 publicó Las recetas económicas de Doña Petrona, que llegó velozmente a las catorce ediciones. Y cuando la moda de la anorexia y el fitness, pero también de la preocupación por la salud, cayó como una sábana estirada sobre la conciencia colectiva, y el conteo de calorías frente a un plato suculento hacía sudar frío a las mujeres en la mesa, Petrona se unió a Alberto Cormillot y, en 1979, publicó Coma bien y adelgace.

En 2017, por iniciativa de Marcela y Richard Saavedra, director de Goody Group —empresa dedicada a la fabricación y venta de uniformes, mantelería y accesorios para la gastronomía— se inauguró El Museo de Doña Petrona en el barrio de San Crisróbal. Ahí se exponían los utensilios, las ediciones de sus libros desde los años 30, los delantales, las cocinas y las mejores fotos de su vida y su carrera.

En 2023, el pasaje del barrio de Olivos en el que vivía se ungió con su nombre por iniciativa de los vecinos.

Para mí era mi abuela, más allá de que cuando yo decía quién era mi abuela del otro lado había una cara así: —Marcela abre la boca y los ojos hasta sus límites—. Pero para mí era mi abuela. Fue una persona superpresente con estos dos nietos insoportables de malcriados que éramos por ella. Nunca lo viví como “la abuela famosa que tuve”.

Desde entonces sus nietos, Marcela y Alejandro, y sus bisnietos, Tomás, Jazmín y Federico —atravesados de diferentes formas por la cocina— mantienen viva la memoria de esa abuela legendaria. Son guardianes de su legado. Uno que se alza pétreo como una figura de porcelana fría sobre una torta de bodas de cinco pisos, en un país que no olvida que si hoy se cocina con gas es, en gran parte, gracias a ella.

COMPARTIR:

Comentarios

  • Desarrollado por
  • RadiosNet