1 de febrero de 2026
El crimen organizado está detrás de la devastación de la Amazonía

La FACT Coalition alerta que la minería ilegal, la tala y el tráfico de fauna integran una economía delictiva global multimillonaria
En los países amazónicos –como Brasil, Perú, Colombia o Ecuador– esta convergencia entre crimen organizado y destrucción ambiental se manifiesta con particular crudeza. Lejos de operar al margen del sistema, las redes criminales aprendieron a explotar sus grietas: áreas protegidas delimitadas “en el papel”, marcos regulatorios débiles, sistemas financieros opacos y cadenas de suministro globales que permiten blanquear productos ilegales hasta convertirlos en mercancías aparentemente legítimas. Como advierte FACT Coalition, la protección territorial resulta insuficiente cuando no se atacan las estructuras financieras que convierten la devastación ambiental en un negocio de bajo riesgo y alta rentabilidad.
Uno de los ejemplos más claros es la minería ilegal de oro, que se convirtió en un motor central del crimen organizado en la región amazónica. En países como Colombia y Perú, la extracción ilícita genera hoy más ingresos para los grupos criminales que el narcotráfico tradicional. El oro, a diferencia de la cocaína, enfrenta menores niveles de persecución penal, goza de precios internacionales elevados y puede integrarse con relativa facilidad al comercio formal mediante empresas fachada, refinerías cómplices y vacíos regulatorios en los mercados de destino. De acuerdo con un informe de FACT Coalition, cerca del 80 % del oro exportado desde Colombia hacia Estados Unidos tendría origen ilegal, mientras que Perú concentra casi la mitad del comercio ilícito de oro en América Latina.En este contexto, defender la naturaleza se ha vuelto una actividad de alto riesgo: América Latina sigue siendo la región más peligrosa del mundo para los defensores ambientales, con decenas de asesinatos cada año vinculados a conflictos por el control de recursos naturales.
Uno de los elementos más preocupantes es la normalización de estas actividades dentro de la economía global. La madera ilegal, el oro extraído ilícitamente o los productos de vida silvestre no permanecen en mercados clandestinos; atraviesan fronteras, ingresan a cadenas de suministro formales y terminan en mercados internacionales sin que el consumidor final pueda rastrear su origen real. Esta desconexión entre el lugar del daño ambiental y el punto de consumo final debilita los incentivos para actuar y diluye responsabilidades, permitiendo que los beneficios económicos se concentren lejos de los costos sociales y ecológicos.
Ante este escenario, los avances normativos internacionales han sido limitados y fragmentarios. Aunque en foros multilaterales crece el reconocimiento de los delitos ambientales como una amenaza equiparable a otras formas de crimen organizado, persisten vacíos críticos. Según la Environmental Investigation Agency, los marcos actuales carecen de definiciones comunes, sanciones homogéneas y mecanismos robustos de cooperación internacional que permitan perseguir no solo a los ejecutores locales, sino a los beneficiarios finales y a las estructuras financieras que sostienen estas economías ilícitas .FACT Coalition insiste en que la clave para revertir esta tendencia no está únicamente en ampliar áreas protegidas o reforzar la vigilancia territorial, sino en seguir el rastro del dinero. Sin medidas efectivas contra el lavado de activos, sin transparencia sobre los beneficiarios reales de empresas y sin controles estrictos en los mercados de destino, los delitos ambientales seguirán siendo una opción racional para el crimen organizado.


