17 de noviembre de 2025
Cuando Eva volvió: la repatriación de su cuerpo luego de años de profanación y ocultamiento en una tumba que siempre tuvo flores
El 22 de noviembre de 1955 el cadáver de �??la abanderada de los humildes�?�, que se alojaba en el edificio de la CGT, fue secuestrado por un comando de la dictadura autodenominada �??Revolución Libertadora�?�. Desde ese día, el cuerpo embalsamado inició un viaje truculento en el que fue dañado, vejado y enterrado con otra identidad. Un viaje que terminaría con su salida de Madrid, el 16 de noviembre de 1974, con la llegada a su tierra, horas después
—El cadáver de Eva Perón es absoluta y definitivamente incorruptible.
Quizás la aparición misteriosa, casi sobrenatural, de velas y flores “no me olvidesâ€â€”se dice que eran de la planta Myosotis— en cada trayecto clandestino que hacÃa el cadáver después de robado, desconcertando y sumiendo a sus captores bajo un manto de paranoia y terror, sean la mejor sÃntesis de su esencia, la de Eva. Como si les advirtiera a sus vejadores que aún sin vida vencerÃa. Que aún sin vida, ella era Eva Perón. Y tenÃa su propio séquito de descamisados cuidándola en cualquier plano. Que no le perdÃa el rastro. Que no soltarÃa su mano. Como ella no lo hizo.
La acompañaba su marido, sus hermanos: Elisa, Blanca, Erminda y Juan. También estaba el cirujano Ricardo Finochietto y el cardiólogo Alberto Taquini. Uno le sostenÃa la mandÃbula, el otro le tomaba el pulso. Eran las 20:23 del 26 de julio de 1952 cuando supieron que Eva Perón habÃa muerto. Y ahora era inmortal.
Eva, su cuerpo, estuvo listo al amanecer del 27. Cuando Ara se hizo a un lado, el peluquero Jorge Alcaraz, que llevaba 13 años encargándose de su pelo y le habÃa prometido que lo harÃa después de muerta, la tiñó, le cortó, la peinó con su rodete que era sÃmbolo y se guardó un mechón. La vistieron. La pusieron en un ataúd de cedro con un cristal que permitÃa ver su rostro, y la trasladaron al primer piso del Ministerio de Trabajo y Previsión, el mismo sitio donde ella recibÃa a quienes acudÃan en su ayuda. La velaron ahà hasta el 9 de agosto, cuando el adiós continuó por dos dÃas más en el Congreso.
El Gobierno habÃa anunciado dos dÃas de suspensión de actividades, treinta de luto oficial. Ante la profusión de la masas que desbordaban calles y veredas, decretó que el velorio se extenderÃa hasta el 11 de agosto: “hasta que el último ciudadano pueda ver los restos de la compañera Evitaâ€.
El 11 de agosto el cuerpo de Eva fue conducido del Congreso a la CGT, donde se quedarÃa mientras se construÃa su mausoleo y mientras Ara continuaba trabajando para que durara toda la eternidad. Pero esto es Argentina. Planear toda la eternidad resultaba algo ambicioso.
Este totalitarismo emitió el Decreto 4161/56, con el que proscribió al partido justicialista volviéndolo ilegal: quedaba prohibido utilizar palabras como “peronismoâ€, “peronistaâ€, “justicialismoâ€, “justicialistaâ€, el nombre de Perón, los sÃmbolos o expresar en público simpatÃa o identificación con su ideologÃa. HabÃa castigos, sanciones severas y penas de prisión, para quienes infringieran esta norma con fuerza de ley. Asà se inició un proceso de “desperonización†de la sociedad que durarÃa casi dos décadas.
—Eso habÃa que destruirlo so pena de muerte, te fusilaban si no. Nosotros no dejamos que mi viejo lo rompiera. Él tenÃa una quinta en Rafael Calzada, en la zona sur (en aquella época era Villa Calzada). Hicimos un pozo. Mis abuelas y mi vieja habÃan sido dueñas del [café] Tortoni, entonces tenÃamos un montón de manteles y canastas, lo metimos todo ahà y lo enterramos durante treinta y pico de años. Para preservar lo histórico. Asà se rescató la maqueta, que estaba en pedazos, y ahora está toda armadita de vuelta, y la máscara, intacta —contaba.
Mientras los artÃfices del golpe del 55 concentraban esfuerzos en borrar las huellas del peronismo bajo amenaza, los afiliados y seguidores de este partido que ya era un culto enterraban y escondÃan sus insignias y amores por sus lÃderes. Debajo de la superficie y entre las sombras comenzaba a crecer, como una enredadera imparable, la resistencia peronista.
“Mi problema no son los obreros. Mi problema es ‘eso’ que está en el segundo piso de la CGTâ€, cuenta en un artÃculo Felipe Pigna que se le escuchaba decir al subsecretario de Trabajo del gobierno golpista.Finalmente, los lÃderes del régimen dictatorial ordenaron secuestrarla para darle “cristiana sepulturaâ€: un entierro clandestino.
“Pero el ‘rey de la ciénaga’ [N. de la R: eso significa el apellido Moori Koenig] no era solo el jefe de aquel servicio de inteligencia†—sigue el historiador— “era un fanático antiperonista que sentÃa un particular odio por Evita. Ese odio se fue convirtiendo en una necrófila obsesión que lo llevó a desobedecer al propio presidente Aramburu y a someter el cuerpo a insólitos paseos por la ciudad de Buenos Aires en una furgoneta de florerÃa. Intentó depositarlo en una unidad de la Marina y finalmente lo dejó en el altillo de la casa de su compañero y confidente, el mayor ArandÃa. A pesar del hermetismo de la operación, la resistencia peronista parecÃa seguir la pista del cadáver y por donde pasaba, a las pocas horas aparecÃan velas y flores†—este hecho, que sucedió alguna vez, es acentuado en la serie dando a entender que los descamisados no abandonarÃan a su abanderada, por más proscripción, clandestinidad y amenazas que pendieran sobre ellos.
Pigna cuenta que Moori Koenig quiso llevar el cuerpo a su casa, pero su esposa opuso un “no†rotundo. También que su atracción y manÃa por el cadáver transgredieron todos los lÃmites.
Moori Koenig tuvo a Evita de pie, dentro de una caja de madera, en su despacho del SIE como quien tiene una cabeza de alce embalsamado en la pared. La tocaba, la vejaba y la mostraba a sus amigos como un cazador muestra una gran presa alcanzada tras una ardua persecución. Hasta que la presumió con MarÃa Luisa Bemberg —quien se convertirÃa en una gran cineasta— que horrorizada huyó a contarle lo que habÃa visto a un amigo de su familia, el jefe de la Casa Militar y capitán de navÃo Francisco Manrique. Cuando esto llegó a oÃdos de Aramburu, Moori Koenig fue relevado de inmediato y trasladado a Comodoro Rivadavia. Su cargo fue ocupado por Héctor Cabanillas, quien propuso sacar al cuerpo del paÃs. Asà se empezó a organizar el “Operativo Trasladoâ€.
Asà se hizo: por medio de un operativo secreto coordinado entre la Iglesia y los dictadores, el cadáver fue sacado del paÃs y enterrado en el Cementerio Mayor de Milán con un nombre falso. “MarÃa Maggi de Magistris†decÃa la tumba a la que Giuseppina Airoldi, conocida como la “TÃa Pina†—una integrante de la orden de San Pablo a la que también pertenecÃa el capellán Francisco Rotger, amigo de Lanusse y cómplice del operativo— llevó flores durante los 14 años que el cuerpo estuvo allÃ.
El tiempo transcurrió. Hasta que en 1970, cuando en el paÃs regÃa otra dictadura cÃvico-militar —autodenominada “Revolución Argentinaâ€â€”, que habÃa derrocado al presidente constitucional Arturo Illia mediante otro golpe de Estado en 1966, un grupo de jóvenes peronistas de extrema izquierda, nucleados en una organización guerrillera, secuestró a Pedro Aramburu y con ese acto se presentó en sociedad: formaban la agrupación polÃtica de lucha armada Montoneros. Y exigÃan el cuerpo de Evita de regreso. Sometieron al exdictador a un “juicio revolucionario†en el cual lo encontraron culpable de diversos crÃmenes, como la proscripción del peronismo, el secuestro del cadáver de la lÃder de los descamisados y los fusilamientos de José León Suárez. Y lo condenaron a muerte.
AsÃ, la agrupación dio a conocer, mediante su “Comunicado Número 3â€, el 31 de mayo de 1970, que el dictador se habÃa adjudicado la responsabilidad “de la profanación del lugar donde descansaban los restos de la compañera Evita y la posterior desaparición de los mismos para quitarle al pueblo hasta el último resto material de quien fuera su abanderadaâ€.
El secuestro y asesinato del exdictador generaron la caÃda de OnganÃa, al mando de una dictadura que, a diferencia de las anteriores, pretendÃa establecerse en el poder como un nuevo régimen permanente. En su lugar fue designado el general Roberto Marcelo Levingston, quien alteró esos objetivos y trató de volver a acercarse a los partidos polÃticos: proponÃa una salida electoral controlada por los militares, que el pueblo rechazó.
Con ese clima reinante Lanusse, que sabÃa perfectamente dónde estaba enterrada Eva, mandó a devolver el cuerpo a Perón. Cabanillas llevó a cabo el “Operativo Devoluciónâ€. Viajó a Italia, se presentó en el cementerio como Carlos Maggi, supuesto hermano de MarÃa Maggi y, el 1 de septiembre de 1971, exhumó el cuerpo de la abanderada de los humildes. Que viajó a Madrid y fue entregado a su viudo, en Puerta de Hierro, dos dÃas después.
HabÃa llamado a Pedro Ara para que revisara el cadáver. “La cabellera aparecÃa mojada y sucia. Las horquillas, herrumbradas, se quebraban entre nuestros dedos. Isabel comenzó a deshacer las trenzas de Eva para ventilar y secar sus cabellos y limpiarlos de herrumbre y tierra…â€, escribió el médico en su diario.
Cuando Perón volvió al paÃs, después de 17 años de destierro, el 17 de noviembre de 1972, no trajo a Eva. Tampoco cuando regresó de manera definitiva, en 1973.
MarÃa Estela MartÃnez de Perón puso a López Rega a cargo del “Operativo retornoâ€.
Eva volvió.
Mientras, en Palermo, dentro de una camioneta estacionada, aparecÃa el ataúd con el cuerpo de Aramburu, concretándose lo prometido por Montoneros. Un hecho que se difuminó en una ciudad bañada de lágrimas, bañada de arengas. Porque una vez más, como en el dÃa de su despedida, un pueblo, que era marea humana, que era una horda sumida en gratitud, se reunió para darle la bienvenida, para volver a decirle adiós.
