12 de noviembre de 2025
La vida de José María Gatica: su cercanía al peronismo, el día que luchó contra Martín Karadagian y su trágico final
El boxeador que nació en la pobreza llegó a subirse al ring del Madison Square Garden. El 12 de noviembre de 1963 murió tras ser atropellado por un colectivo
El salto de Gatica al profesionalismo ocurrió en 1945, cuando venció por nocaut en el primer asalto a Leopoldo Mayorano. Aquella noche marcó el comienzo de una fiebre popular. Su nombre corrió de boca en boca por los clubes porteños, por los cafés, por los talleres: habÃa nacido un Ãdolo del pueblo.
Cada victoria suya era celebrada como un triunfo colectivo; cada nocaut, un estallido de esperanza. En el Luna Park, su templo definitivo, Gatica desplegaba un boxeo que parecÃa un ritual: avanzaba sin pausa, lanzaba ganchos al cuerpo, combinaba fuerza, velocidad y una rabia contenida que electrizaba al público. Era el espectáculo de un hombre que no solo peleaba por sà mismo, sino por todos los que alguna vez sintieron que la vida les tiraba la toalla.
El público lo adoraba. Cuando subÃa al cuadrilátero, el Luna Park rugÃa como una sola garganta. Sus peleas eran una mezcla de combate y espectáculo, una puesta en escena donde el coraje era bandera. Para muchos argentinos, Gatica representaba algo más que un deportista: era una expresión viva del pueblo, un gladiador que peleaba sin estrategia, guiado por el instinto y la pasión.
Aquel gesto selló su destino: se convirtió en el boxeador del peronismo, el “campeón de los descamisadosâ€. Eva Perón lo admiraba; Perón lo impulsó a viajar a Estados Unidos para enfrentar a los grandes nombres del boxeo mundial e invirtió en eso unos miles de dólares. En 1951, José MarÃa partió dos veces con la ilusión de conquistar el mundo, aunque no disputaba ese tÃtulo: el 27 de julio peleó en el Eastern Parkway Arena de Brooklyn y venció por nocaut técnico en el segundo asalto a Terry Young. El 26 de octubre, en el Madison Square Garden, Gatica enfrentó al campeón mundial Ike Williams y fue derrotado por nocaut en el primer round.
Y volvió a ser lo que siempre fue: un Ãdolo del pueblo. Sus noches en el Luna Park seguÃan convocando multitudes, y cada triunfo era celebrado, pero el esplendor empezaba a mezclarse con el vértigo. Gatica vivÃa rápido y gastaba aún más rápido el dinero que ganaba; su fama se alimentaba de la misma intensidad con la que se desgastaba. Autos, fiestas, trajes, adulaciones y excesos varios.
Los sectores más conservadores lo despreciaban. Lo llamaban “El Monoâ€, con tono despectivo, burlándose de su piel morena, de sus modos populares, de su falta de refinamiento. Él respondÃa con orgullo y furia. “¡Señor Gatica!“, solÃa decirles entre dientes y mirándolos ahora sobre su hombro. Ese destrato lo hizo darse cuenta de que nunca encajarÃa en los salones de la elite.En 1955, el golpe militar que derrocó a Perón marcó el inicio de su caÃda. Su cercanÃa con el expresidente se volvió un estigma. Le retiraron la licencia, lo apartaron de los rings y, poco a poco, fue cayendo en el olvido. Para muchos, habÃa dejado de ser un sÃmbolo. Pero él siguió peleando: volvió a los combates clandestinos, en clubes de barrio, incluso en espectáculos de lucha libre donde fingÃa derrotas a cambio de unos pesos. La gloria quedaba atrás, pero su espÃritu de combate no se apagaba. SeguÃa golpeando, como si cada trompada fuera un acto de resistencia, una manera de seguir de pie cuando todo lo empujaba al suelo.Gatica se volvió leyenda incluso antes de su muerte, era como una epopeya urbana. En 1993, Leonardo Favio llevó su vida al cine con Gatica, el Mono, una pelÃcula que capturó no solo sus combates, sino también su relación con el pueblo, con la polÃtica y con la gloria efÃmera. La pantalla mostró a un hombre que vivÃa con intensidad extrema, que subÃa y bajaba con la misma velocidad que sus golpes.
“Aquel 10 de noviembre de 1963, Independiente le ganó a River dos a cero con goles de Mario RodrÃguez. Y, mientras la multitud de ambas hinchadas le ponÃa sonido al espacio de Avellaneda, el Mono, algo mareado por el vino compartido en la tribuna, intentó bajar del colectivo de la lÃnea 295 ya con la marcha en disminución. Su pierna derecha deteriorada después de un show años atrás, con Martin Karadagián por la degradante obligación de ganarse unos pesos para comer, le falló y cayó a la calzada. Fue en la calle Herrera, esquina Pedro de Luján. Las ruedas de atrás del interno 16 conducido por Antonio Cirigliano pasaron por encima de su cuerpo >A los dos dÃas y producto de las graves heridas, murió en el Hospital Rawson. Su funeral fue modesto, pero miles de personas llegaron para despedirlo. Una multitud acompañó el cortejo fúnebre. Con él, se cerraba una época.
