27 de octubre de 2025
El voto gris: cómo el envejecimiento demográfico está cambiando la democracia
El siglo XXI ya no pertenece a los jóvenes: el poder, las elecciones y las decisiones globales están en manos de quienes mejor aprendan a envejecer. El desafío de las sociedades longevas será seguir siendo productivas sin sacrificar la equidad
El poder gris no se mide en ejércitos ni en PIB, sino en padrones electorales.
La sostenibilidad de las pensiones, el peso creciente del voto sénior y la tensión entre protección social y competitividad marcan la agenda polÃtica del continente. Como escribió The Economist, “Europa envejece sin plan, pero con memoriaâ€: un continente que intenta sostener la equidad sin perder productividad, la experiencia sin sofocar la innovación.
En la Argentina, mientras el paÃs se prepara para una nueva jornada de urnas, conviene mirar el tiempo con perspectiva. En 1983, cuando la democracia volvió, el 70 % del padrón tenÃa menos de 45 años. Hoy, casi la mitad de los votantes argentinos supera los 50. Es la primera vez en la historia electoral que los mayores de 50 son mayorÃa. Y no es una mayorÃa cualquiera: es la generación que nació o creció durante la dictadura, que se formó en los años ochenta, que trabajó, crió hijos, atravesó la crisis del 2001 y llegó a esta etapa de la vida con una mezcla de esperanza y prudencia.
Según diversos estudios del CONICET sobre comportamiento electoral y los informes del Observatorio de la Democracia del PNUD, los mayores de 50 años en la Argentina muestran una adhesión más alta a los valores democráticos que cualquier otro grupo etario. No solo entienden la democracia como un sistema polÃtico, sino como una experiencia vital. Es la generación que creció entre el autoritarismo y la recuperación de derechos, y que aún asocia la participación con conquista más que con rutina. Valoran la democracia porque la vivieron amenazada, defienden el Estado de bienestar porque lo vieron desmantelarse y creen en el voto como un acto fundacional, no como un trámite digital.Como escribió recientemente The New York Times, “las sociedades envejecidas tienden a priorizar la estabilidad por sobre la aventuraâ€. Pero esa estabilidad no siempre es resignación: a veces es memoria. Sin embargo, los partidos polÃticos y las consultoras electorales siguen obsesionadas con la juventud.
Las campañas se diseñan para hablarle a los que votan por primera vez, como si el futuro solo se escribiera desde los veinte. Pero en un paÃs donde más de 17 millones de personas superan los 50, ignorar el voto gris es no entender la nueva demografÃa del poder. En la cabecera de la mesa, la abuela Muriel Lyons provoca a sus hijas y sus nietos: “Cada una de las cosas que van mal son vuestra culpa. (…) Podemos sentarnos a culpar a otra gente, culpamos a la economÃa, culpamos a Europa, a la oposición, al clima y al vasto e incontrolable curso de la historia, como si no dependiera de nosotros, seres pequeños e insignificantes. Pero sigue siendo culpa nuestraâ€. Es casi la escena final de Years and Years, la extraordinaria serie de la BBC sobre un futuro cercano, aterrador, pero no tan diferente del presente. Cuando todo parece desmoronarse, la memoria convierte a la anciana en el único sujeto polÃtico capaz de comprender lo que está sucediendo. Y ella sentencia: “Cuidado con los bromistas, los tramposos y los payasosâ€.“La combinación de baja natalidad y alta longevidad podrÃa ser el nuevo talón de Aquiles de Occidenteâ€, escribió el economista Nicholas Eberstadt, del American Enterprise Institute. Mientras tanto, Estados Unidos intenta equilibrar su pirámide gracias a la inmigración. Rusia se enfrenta a un declive demográfico acelerado por la guerra y el éxodo juvenil. China envejece antes de ser rica; Japón lleva medio siglo aprendiendo a sostener su sistema previsional, y Corea del Sur ya tiene la tasa de natalidad más baja del planeta.“No es una crisis de natalidadâ€, escribÃa The Guardian, “sino una crisis de imaginación: todavÃa no sabemos cómo usar la experienciaâ€.
América Latina envejece más rápido de lo que crece su riqueza o su Estado de bienestar. En 1990, la edad promedio regional era de 24 años. Hoy ronda los 34, y se estima que para 2050 uno de cada cuatro latinoamericanos tendrá más de 60. Según la CEPAL, el envejecimiento regional “avanza en un contexto de desigualdad estructural y cobertura social insuficienteâ€. En otras palabras: América Latina envejece antes de ser rica. Eso significa que la longevidad, en lugar de ser una conquista, puede transformarse en una carga.
PaÃses como Uruguay, Chile, Argentina o Cuba ya muestran pirámides demográficas similares a las europeas, pero sin la misma red de protección. En palabras de Le Monde Diplomatique, “América Latina vive una paradoja: envejece sin haber resuelto sus deudas con la juventudâ€. La falta de polÃticas de vivienda, salud y empleo para mayores convive con la precariedad laboral de los más jóvenes. Esa tensión se ve en la calle: en el empleo informal, en las jubilaciones mÃnimas, en la soledad no elegida. Pero también hay una oportunidad. El envejecimiento puede ser un motor de cambio, si se lo entiende como una polÃtica del cuidado y no del descarte. Los paÃses que logren transformar la experiencia en sabidurÃa colectiva, y la longevidad en valor, podrán construir democracias más maduras y solidarias.Durante décadas, la polÃtica se midió en términos de energÃa, no de sabidurÃa. Pero hoy, los lÃderes más poderosos del planeta —de Biden a Lula, de Macron a Scholz— tienen más de 60. Lo que antes era un signo de declive hoy se vuelve una fuente de autoridad. La longevidad redefine el poder y el progreso. Las sociedades envejecidas tienden a cuidar lo que aman, mientras las jóvenes buscan conquistar lo que sueñan. El desafÃo es combinar ambas pulsiones: la memoria y la esperanza.El envejecimiento no es solo un fenómeno biológico. Es un hecho polÃtico, económico y cultural. Obliga a repensar las democracias, las ciudades, las familias, los vÃnculos y la propia idea de ciudadanÃa. La geopolÃtica del envejecimiento no se libra entre naciones, sino entre modelos de futuro: los que saben cuidar y los que aún no aprendieron a hacerlo. El modo en que una sociedad trata a sus viejos dice más sobre su porvenir que cualquier Ãndice económico. Quizás el siglo XXI no sea el tiempo de los imperios, sino el de las civilizaciones que aprendan a cuidar. Y en esa revolución silenciosa, puede que las distopÃas se equivoquen de protagonistas: no serán entonces los zombies los que dominen el mundo, como nos vienen anunciando, sino las personas de cabello blanco. La siempre fabulosa Gloria Steinem lo dijo hace años, en una frase que hoy suena profética: “Un dÃa, un ejército de mujeres de cabellera blanca tomará silenciosamente el mundoâ€.
