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29 de agosto de 2025

Revelan la foto más detallada de una llamarada solar y convalidan una teoría científica clave

El telescopio Daniel K. Inouye logró captar con una nitidez inédita los bucles de plasma que emergen de la superficie del Sol durante una erupción de alta intensidad. La relevancia del hallazgo

>El 8 de agosto de 2024 se registró un hito para la astronomía solar. Ese día, el telescopio Daniel K. Inouye, el instrumento más grande del mundo dedicado al estudio del Sol y emplazado en Hawái, capturó la imagen más detallada jamás tomada de una llamarada El evento no solo marcó un avance tecnológico, sino también un salto conceptual en la comprensión de los fenómenos que gobiernan la actividad de nuestra estrella.

Por primera vez, los investigadores pudieron observar con una nitidez sin precedentes los bucles de plasma que emergen de la superficie solar, estructuras de un tamaño ínfimo que hasta ahora eran apenas una hipótesis en la teoría.

La fotografía reveló hebras oscuras de alrededor de 48 kilómetros de ancho, bucles coronales que siguen los intrincados campos magnéticos del Sol y que juegan un papel crucial en el desencadenamiento de las erupciones más violentas conocidas.

La llamarada captada fue de clase X1.3, una de las más intensas dentro de la escala que utilizan los especialistas para medir la energía liberada en estos estallidos. El Sol se encontraba en las etapas finales de esa erupción cuando el observatorio logró fijar su mirada sobre él, y lo hizo en condiciones óptimas de observación.

Las erupciones solares son explosiones colosales de energía que nacen en la atmósfera del Sol cuando las líneas del campo magnético se enredan y colapsan, un fenómeno conocido como reconexión magnética. En ese proceso se forman enormes bucles de plasma que ascienden hacia la corona, la capa más externa y ardiente del astro. Cuando la tensión magnética se libera, el Sol expulsa radiación, partículas y plasma al espacio.

Si parte de ese material apunta hacia la Tierra, el impacto puede alterar las comunicaciones de radio, los satélites y, en casos extremos, la red eléctrica global. Sin embargo, hasta ahora los modelos que intentaban explicar cómo se generaban estos arcos de plasma tenían un límite: la resolución de los telescopios disponibles impedía comprobar si los bucles más pequeños existían en la realidad o eran solo un producto de la teoría.

Y añadió: “Esto abre la puerta al estudio no solo de su tamaño, sino también de sus formas, su evolución e incluso las escalas donde se produce la reconexión magnética, el motor de las erupciones”.

Los bucles coronales que emergen durante una llamarada son como arcos incandescentes que siguen las líneas invisibles de los campos magnéticos solares. Hasta este descubrimiento, los astrónomos solo habían logrado distinguir grandes arcadas, conjuntos que parecían uniformes y que no permitían identificar sus partes más elementales.

La metáfora resume el cambio de perspectiva que inaugura el Inouye. No se trata solamente de una mejora en la nitidez de las imágenes, sino de un acceso a la escala fundamental en la que ocurren los procesos que originan las erupciones. Ver los bucles más pequeños significa observar el ladrillo básico con el que se construyen los fenómenos de mayor escala.

Así como en biología el microscopio permitió descubrir la célula y con ella comprender la vida de otra manera, en física solar esta nueva mirada abre una dimensión de investigación que puede redefinir los modelos actuales.

El observatorio utilizó luz en la longitud de onda H-alfa, en el rojo profundo del espectro, una frecuencia que suele emplearse para estudiar la cromosfera solar y también ciertas nebulosas. Gracias a esa técnica, los investigadores pudieron registrar con precisión la dinámica del plasma mientras la llamarada liberaba su energía hacia el espacio.

El carácter inédito de la observación motivó al propio Tamburri a definir el momento con entusiasmo: “Es un momento histórico en la ciencia solar. Por fin vemos el Sol en las escalas en las que funciona”.

La posibilidad de distinguir bucles individuales no solo valida modelos, sino que también plantea nuevas preguntas: ¿cómo evolucionan esas hebras con el tiempo?, ¿qué papel cumplen en el desencadenamiento de una llamarada completa?, ¿son la clave para anticipar cuándo una erupción liberará material hacia la Tierra?

El descubrimiento se produjo en un contexto de gran actividad solar. El Sol atraviesa actualmente su ciclo número 25, un proceso natural que dura unos 11 años y que alterna fases de calma relativa con períodos de máxima intensidad.

El hecho de haber captado una llamarada en pleno desarrollo no fue casualidad. El aumento de la actividad incrementa la frecuencia de estos eventos y multiplica las posibilidades de observarlos con detalle. Pero incluso con esa ventaja, el logro del Inouye se destacó por su precisión. No se trató de cualquier erupción, sino de una clase X1.3, ubicada entre las más poderosas.

Además, el telescopio logró enfocar en las etapas finales, cuando los bucles de plasma se despliegan con mayor claridad. Esa combinación de factores permitió obtener una imagen única, que de inmediato se convirtió en un referente para la comunidad científica.

Comprender la dinámica de estos bucles puede ayudar a predecir el comportamiento de las llamaradas y, en consecuencia, anticipar su impacto en la Tierra. En un mundo cada vez más dependiente de la tecnología, mejorar esas predicciones es mucho más que un avance académico: es una necesidad práctica para proteger redes eléctricas, satélites y sistemas de comunicación.

La Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos compartió la fotografía como un logro colectivo de la comunidad científica y tecnológica. El Observatorio Solar Nacional, que administra el telescopio Inouye, subrayó que esta fue la primera vez que se lograron imágenes tan precisas de una llamarada de clase X. La noticia recorrió medios y revistas especializadas, consolidando la relevancia del hallazgo. No solo fue un triunfo del instrumental, sino también de la colaboración entre instituciones y del esfuerzo de décadas por construir un telescopio capaz de resistir la luz y el calor extremos del Sol para registrar sus detalles más delicados.

Lo que comenzó como una imagen récord ya se convirtió en una puerta abierta hacia el futuro de la física solar. Los bucles coronales más pequeños jamás fotografiados desde la Tierra son ahora la evidencia de que el Sol funciona en escalas diminutas que determinan fenómenos colosales.

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