21 de abril de 2025
�??No quiero morir todavía�?�: la odisea de la mujer que estuvo atrapada 26 horas en la nieve y los dos compañeros que no sobrevivieron
Georgina Oñate volvía de un encuentro religioso cuando la camioneta en la que viajaba quedó varada en la ruta provincial número 13, en Neuquén. Pasó más de un día dentro del vehículo: rezó, escribió una carta para sus padres y resistió al frío extremo con una manta. Sus compañeros, que salieron a pedir ayuda, murieron congelados
Transcurrido el encuentro, el miércoles 18, Georgina, Daniel y Francisco se levantaron temprano y dejaron el pueblo a las 11.30 de la mañana. “Estaba lloviendo en Aluminé. Recuerdo que fuimos a devolver la llave de la cabaña y después pasamos por una panaderÃa a comprar algo para comer en el viaje. AhÃ, la señora que nos atendió nos comentó que iba a nevar, pero que la ruta estaba bien. Solo nos recomendó apurarnos: ‘Si nieva mucho, tal vez cierren los caminos’, nos advirtióâ€.
En lugar de volver por el camino original —la bajada del Rahue— decidieron tomar otro trayecto. “Como Daniel no conocÃa mucho esa zona, Francisco le dijo: ‘Vamos por un lugar diferente, asà podés ver otros paisajes’. Ãbamos bien. HabÃa nieve a los costados, pero la ruta estaba transitableâ€, recuerda.Sin señal en los celulares y sin una pala, intentaron liberar el vehÃculo con lo que tenÃan a mano. “Sacamos uno de los carteles de señalización de la ruta para mover la nieve, pero no hubo formaâ€, recuerda. “Incluso, saltamos arriba de la caja para hacer contrapeso. Tampoco funcionó. Para ese momento, habÃa viento blanco: ese viento con nieve que te pega fuerte y no te deja ver. Asà que volvimos a meternos en la camioneta y nos quedamos ahÃâ€, agrega.
Tras un par de horas en la camioneta, Daniel recordó haber visto una máquina de vialidad algunos kilómetros atrás y decidió caminar hasta el lugar. “Él habÃa trabajado con máquinas antes, y decÃa que muchas veces dejaban las llaves puestasâ€, cuenta Georgina. Pero no tuvo suerte. “Cuando volvió, dos horas después, lo hizo con las manos vacÃas. En el galpón no habÃa personal y las máquinas estaban apagadasâ€, agrega.Antes de partir, le indicaron que encendiera la camioneta cada una o dos horas para calefaccionarse y que mantuviera las balizas prendidas. “Me quedé mirándolos mientras se iban. Eran como las 17, esa fue la última vez que los viâ€, dice Georgina.
Pasaron las horas, el viento blanco se intensificó y, finalmente, cayó la noche. Con la oscuridad llegaron el miedo y la desesperación. “Empecé a llorar. No entendÃa por qué no volvÃan. TenÃa frÃo, no habÃa señal, no podÃa sintonizar ninguna radio de noticias. Estaba en el medio de la nada completamente incomunicada. Ahà empecé a rezarâ€, cuenta.En un intento por seguir el rastro de sus compañeros, Georgina salió de la 4x4 y caminó hasta donde los habÃa visto por última vez. La nieve le llegaba hasta las rodillas y, por la cantidad que habÃa caÃdo, no encontró huellas. Tuvo miedo y decidió volver al vehÃculo.
“Llegué toda mojada y con un frÃo... Me saqué las zapatillas y, como habÃa algo de sol, puse las medias a secar en el parabrisas. Intenté encender la camioneta, pero habÃa quedado en contacto toda la noche y la baterÃa se agotó. Entré en pánicoâ€, dice. Su primer reflejo fue cerrar las perillas de la calefacción. “Después me acordé de que Francisco siempre tenÃa trapos de piso escondidos debajo de las alfombras. Los saqué y los puse en la ranura de la puerta para que entrara menos frÃo. Y me quedé ahÃâ€, cuenta.Tras escribir la carta, Georgina se quedó dormida. Al despertar, poco después, vio tres figuras acercándose entre la nieve por el espejo retrovisor. Pensó lo peor. “Creà que venÃan a robarme y agarré un cuchillo. Después, cuando vi el uniforme, entendà que eran rescatistas. Fue un alivio inmenso. Sentà que Dios me habÃa escuchadoâ€.
Tras el rescate, Georgina fue trasladada a un hospital de la zona. Allà se enteró de la peor noticia: Daniel y Francisco habÃan sido hallados sin vida, congelados, a varios kilómetros del lugar donde se habÃa quedado la camioneta.Pasaron casi seis años desde aquella noche en la nieve. Georgina dice que todavÃa está atravesando procesos internos, pero que ese episodio la transformó para siempre: “Dejé de ser la persona que era. Antes me sentÃa débil, pensaba que no iba a poder soportar ciertas cosas. Y esto me hizo ver que sà puedo, que no soy tan frágil como creÃaâ€. Una parte del duelo la trabajó en terapia. Otra, en la iglesia. “Hubo dÃas en los que no me podÃa levantar de la cama, y ahà estaban: mi pastor, mi familia, mi comunidad. Con un mensaje, una visita, un llamado. Eso me sostuvoâ€, dice.
Con las familias de sus compañeros ya no mantiene contacto. “Al principio me hablaba con la de Daniel, pero después se tornó una carga. Me hacÃa mal y decidà alejarme. Por suerte, me entendieron y lo respetaronâ€, cuenta. En ese “dar vuelta la páginaâ€, dice Georgina, aprendió a mirar la vida de otro modo. “Disfruto el presente, no me preocupo tanto por el mañana. Lo que me toque vivir, sea bueno o malo, lo valoro porque estoy viva. Desde 2019, para mà la vida es un regaloâ€, reflexiona.