9 de octubre de 2024
�?l era sacerdote y ella catequista, se enamoraron y su parroquia les dio la espalda: la lucha hasta un presente feliz
Romina Vázquez tenía 18 años y el padre Hernando García 26. En la parroquia San Miguel Arcángel de San Rafael, Mendoza, nació el amor. La incomprensión de la Iglesia frente al deseo de casarse frente al altar. Las amenazas que recibieron. Y la resiliencia de un amor contra todos que hoy se traduce en un matrimonio feliz y exitoso: son dueños de seis supermercados, cuatro verdulerías y un spa
Romina, que tiene 41 años, nació en Malargüe, al sur de la provincia. Pero cuando tenÃa un año, su familia —ella es la menor de cuatro hermanos— se mudó a San Rafael. “Mi mamá es ama de casa y mi papá policÃa. Ellos decidieron venir porque veÃan más futuro acá por esa época. La zona de Malargüe es más inhóspita, muy patagónicaâ€.
Hernando, que tiene 50 años, nació en San Rafael, en el barrio Pueblo Diamante. Aunque su familia no iba a misa, lo enviaron a la parroquia San Pedro Apóstol desde los nueve años. “TenÃan respeto por la Iglesia, querÃan que me criara en un ambiente sano. Ahà jugábamos a la pelota, Ãbamos a retiros, aprendÃamos cosas buenas. Me nombraron monaguillo, estaba en el grupo de scouts. Estaba bueno. Y en el año ‘84 llegó desde Paraná un grupo grande de sacerdotes y seminaristas. Acá no habÃa muchos curas, pero se llenaron las calles de sotanas. Y me empezó a picar un poquito lo de entrar en el seminarioâ€, cuenta.
Lo hizo a los 17 años. Ingresó al Seminario Santa MarÃa Madre de Dios, el mismo que cerró por orden del Papa Francisco hace unos años. AllÃ, Hernando terminó el colegio secundario. “Me gustaba lo que estudiaba, adquirà conocimientos. Hice un pro y contra de ser sacerdote y en el año 2000 me ordenéâ€. El cierre del seminario, dice hoy, con el diario del lunes de su vida, “es largo de explicarâ€. Pero simplifica su teorÃa: “A Bergoglio lo conocà siendo encargado de la catequesis de San Rafael. Y la lÃnea de esta gente era tremendamente ortodoxa y anti Papa. Si la Iglesia decÃa ‘vamos por acá’, ellos decÃan ‘no, vamos por otro lado’. Llegó un momento de mucha indisciplina hacia las normas de la Iglesia. Entonces, un dÃa Francisco dijo ‘lo cerramos’ y se cerróâ€.La historia de amor entre ambos comenzó, podrÃa decirse, desde que el entonces padre Hernando puso un pie en la parroquia. “Al poco tiempo de ser ordenado, no daba pie con bola. Soy muy piadoso y demás, pero no estaba a gusto, ni cómodo, ni bien. El cura que me convenció de mi vocación (Nota: que pide no nombrar) me manipuló para llevarme a su parroquia, la de San Miguel. Él estaba peleado con todos los otros curas de San Rafael, yo no podÃa hablar con ninguno. Pero por estar ahà llegué al punto más importante de mi historia: conocà a Romi. Y bueno, pegamos buena ondaâ€.
A los cinco años de estar en la parroquia, la relación crecÃa. Pero alguien metió la cola (decir que fue el diablo serÃa una herejÃa, quizás) y a Hernando lo enviaron a estudiar a Roma la licenciatura en TeologÃa. “La empecé a extrañar horrores, me di cuenta de que me morÃa sin ella. Me enamoré profundamente. Y dije: listo, ¿por qué sostener algo que no iba más?â€.
En San Rafael, Romina lo esperaba. “En ese momento no habÃa WhatsApp. Nos escribÃamos por mail. La distancia nos pegó fuerte, la separación nos provocaba una tristeza total, y ahà nos dimos cuenta de que lo que sentÃamos era algo más que una amistad. Los dos nos dimos cuenta de que estábamos re enamoradosâ€.Tampoco habÃa culpa. “Siempre fuimos muy libres en el pensar. Nunca sentà el escrúpulo de decir: ‘¿Cómo me voy a enamorar de un cura?’. No lo busqué, es más, siempre recé para que él fuera fiel a su vocación, porque era una buena persona. Pero pasó. Lo que sà sentà fue temor. Imaginate que habÃa ido a esa parroquia desde los seis añosâ€, subraya Romina.
Al mismo tiempo, no podÃan contárselo a nadie. La familia de ella, además, era parte importante de la parroquia San Miguel Arcángel. Su madre era catequista. Romina jamás reveló sus sentimiento por Hernando, ni siquiera bajo el secreto de confesión. “Iba a ser un cimbronazo muy grande. Además, el cura confesor era ese que Hernando no soportaba y con quien yo no tenÃa afinidad. Cuando me iba a confesar era un suplicio. Trataba de patear las confesiones porque no estaba a gustoâ€.Con la decisión tomada, Hernando debÃa enfrentar a la curia. Se dieron cuenta de que el amor que se tenÃan era incomprendido en la parroquia donde tenÃan sus amigos, en la que habÃan desarrollado durante años su fe. “Ya habÃa hablado con el cura de la parroquia San Miguel, y habÃa quedado todo mal. Pero hasta que no hablara con el obispo Taussig y obtuviera la dispensa, no sentÃa que estaba afuera. Fui a verlo el 1 de enero de 2009 y me atendió. Le conté cómo habÃa sido la historia, los motivos por los cuales me iba. Me respondió que no me iba a retener, si querÃa tomarme un tiempo. Y le dije que estaba más que seguro y decidido. Pero una de las grandes miserias que tiene la Iglesia es que lo confidencial no existe. Siempre por alguna pared se filtra algo que no se debe filtrar. Lo mÃo era una cuestión personal, levantar la mano, irme y listo. Sin echarle la culpa a nadie. Es cierto que me habÃan condicionado para ordenarme, pero yo habÃa dicho que sÃ. Pero todo se tergiversó y empezaron a decir que yo habÃa acusado de borracho al sacerdote de mi parroquia. Y lo sacaron de allÃâ€, recuerda Hernando.Las cosas se pusieron realmente difÃciles, cuentan. “Me mandaron a los laicos a amenazarme. Tuve que poner denuncias policiales, algo impresentable. Me decÃan que me iban a cagar a trompadas, de locosâ€, revela Hernando. La situación llevó a ambos a tomar distancia de la Iglesia. “Solo me quedó un amigo sacerdote, el padre Eusebio Blanco, que actualmente tiene 89 años. Y mi práctica se redujo al Rosario diario y la oración en conjunto que hacemosâ€, admite. Lo más difÃcil fue que, al mismo tiempo, su intención era casarse frente a un altar. “Era nuestro mayor deseo, que el amor nuestro se concretara ante Diosâ€, dice Romina.
Romina y Hernando ponen como fecha de inicio del noviazgo la de aquella charla con el obispo Taussig: el 1 de enero de 2009. “El papá de él le prestaba el auto, y nos Ãbamos a alguna plaza donde no hubiera mucha gente. El primer beso, igual, fue cuando ya habÃa dejado de ser cura. Fue como terminar de fusionar lo que ya estaba unido, que eran nuestras almas. Ese beso y ese abrazo fue muy bonito, muy puro, muy de Diosâ€, cuenta Romina.Con el tiempo, Hernando consiguió pequeños trabajos y regresó a San Rafael. Por fortuna, sus familias los apoyaron, aunque Romina admite que en la suya, “fue un golpe. Mi mamá tuvo que alejarse de ese contexto y en los primeros tiempos fue duro. Pero me veÃan feliz a mà y les bastaba. Y los padres de él también estaban contentos, era como si hubieran recuperado a un hijoâ€.
En la parroquia de San Miguel era peor. “De esa comunidad, en la que habÃa estado desde los seis años, solo me quedó una amiga, una señora con la que compartÃamos la catequesis. TenÃa miles de amigos, pero me volvieron la espalda. Solo fueron amables las mujeres que estaban con mi madre en la Legión de MarÃa. Obviamente, hoy lo veo y me doy cuenta de que no era el entorno que hoy queremos. Hicimos amigos por otros lados. Pero en un momento a mà me daba miedo salir porque no sabÃa si me iban a hacer algo, esa gente estaba re locaâ€, cuenta Romina. Y Hernando agrega: “De hecho, alguna vez volvimos a una misa o al bautismo de algún sobrino y ni nos saludaronâ€.
Cuando llevaban tres años de noviazgo formal, decidieron que la espera por la dispensa habÃa sido suficiente. Si no era como deseaban, al casamiento lo sellarÃan por civil. El 18 de febrero de 2012, por fin llegaron al matrimonio legal. “Dijimos: ya está, Dios, nosotros queremos casarnos por la Iglesia pero no tenemos el permiso. ConocÃamos a un cura muy amigo de Hernando, el padre Javier Soteras. HacÃa bendiciones de padres a hijos para los divorciados que se casan en segundas nupcias, algo muy lindo. Asà que hicimos una ceremonia muy bonita, con una imagen de la Virgen. Intercambiamos anillos y nos bendijeron nuestros padres. Estábamos felices de la vidaâ€.Con todo en orden, el 26 de mayo de ese año cumplieron el sueño de casarse frente a un altar en la parroquia San Antonio de Padua, bajo la mirada de un crucifijo moderno. “Nos casó un cura amigo de Hernando, que más tarde también dejó la Iglesia. Fue muy bonito, fue como quisimos. No por una cuestión de papeles o del vestido blanco, sino porque lo sentÃamos asÃ. QuerÃamos tener el sacramento de la Iglesiaâ€.
En un principio, soñaban con ser padres. Pero el tiempo pasó y los hijos no llegaron. Esa fue una página que pasaron. “Nunca quisimos saber si no venÃan por él o por mÃ. No hicimos tratamiento ni nada. Encontrarnos fue muy arduo. Por algo fue. Si hubieran venido, serÃan una bendición enormeâ€, asegura Romina.
La resiliencia desempeña un papel crucial a la hora de elegir entregarse al amor. Esta cualidad humana no solo nos permite recuperarnos de la adversidad, sino que también influye en nuestra capacidad para tomar decisiones desde un lugar de fuerza y comprensión. Al empoderarnos de nuestra historia y asumir el papel de protagonistas activos, la resiliencia nos habilita para enfrentar el amor con valentÃa, renunciando a los miedos y prejuicios que nos limitan.
La resiliencia es el cimiento sobre el cual construimos nuestra disposición para amar y ser amados. Nos capacita para enfrentar la incertidumbre y los desafÃos del amor con coraje y compasión, permitiéndonos crecer junto a nuestros seres queridos, superando obstáculos y celebrando la belleza de las relaciones auténticas en nuestra vida.
1. Aceptación de la vulnerabilidad: La persona resiliente entiende que la vulnerabilidad es un componente inherentemente humano y no teme expresar sus sentimientos con autenticidad y apertura.
3. Adaptabilidad ante la adversidad: La persona resiliente se ajusta y se recupera proactivamente de los contratiempos y las dificultades en una relación, manteniendo el enfoque en la conexión y el crecimiento mutuo.
En resumen, la resiliencia juega un papel fundamental en permitir que una persona viva el amor con pasión y entrega, al posibilitar un enfoque compasivo, firme y adaptable ante los altibajos emocionales que conlleva una relación.
