20 de agosto de 2024
La historia del antihéroe estadounidense que les mintió bajo tortura a los japoneses y así salvó su vida
Marcus McDilda cayó prisionero de Japón durante la Segunda Guerra Mundial y para evitar su fusilamiento reveló secretos militares importantísimos que inventó en las sesiones de apremios por parte del enemigo
El primer teniente McDilda tenÃa veintitrés años cuando cayó en manos japonesas el 8 de agosto de 1945 en la ciudad de Osaka. Era piloto de un caza Mustang P-51, que, dicho en pocas palabras, era un avionazo. HabÃa sido diseñado en 1940, era de largo alcance, pequeño, ágil y mortal. HabÃa servido como escolta de los bombarderos británicos y estadounidenses que habÃan atacado a la Alemania nazi y habÃa llegado al PacÃfico en 1944, cuando la campaña de las Filipinas. Enseguida se mostró como un avión superior a cualquier rival japonés; no era un bombardero, pero tampoco era un avión inocente: ametrallaba al enemigo, tropas y transportes, en medio de una oleada furiosa de ataques aliados contra Japón, que habÃa perdido ya la guerra pero se negaba a la rendición.
Los primeros interrogatorios, que incluyeron algunos cortes precisos a cuchillo, nada grave, nada que comprometiera la vida de aquella joya, incluyeron dos preguntas clave: qué era y en qué consistÃa aquella poderosa bomba atómica y cuántas habÃa en el arsenal de los norteamericanos. Deseoso de salvar su vida, al menos de evitar mayores daños en su cuerpo joven, es probable que McDilda hubiese dicho cuanto sabÃa. Pero no sabÃa nada, no tenÃa idea sobre el átomo y mucho menos podÃa conocer la capacidad de producción y almacenamiento de armas atómicas en Estados Unidos.
Los japoneses incorporaron la tortura a sus prisioneros como un elemento más, común y justificado, de la guerra. El historiador Max Hastings, en su fantástica obra “Némesis – La derrota del Japón 1944-1945″ lo juzga como un drama cultural. Los japoneses, que preferÃan la muerte antes que la rendición, tampoco la aceptaban de parte de sus enemigos: quien se rendÃa, se convertÃa en un ser deshonroso y despreciable y por lo tanto era merecedor del más terrible de los destinos. Recién después de la guerra, una vez liberados los prisioneros, Occidente supo de las atrocidades cometidas por el imperio en sus campos de concentración en los que abundaron las decapitaciones, las torturas, los trabajos forzados, las muertes por inanición, por epidemias, por experimentos médicos, incluso por el asesinato de los presos una vez terminada la guerra. Cerca de ochenta mil soldados enemigos fueron enviados a los campos japoneses donde fueron obligados al trabajo esclavo, entre ellos la construcción de la lÃnea férrea entre Tailandia y Birmania, conocida con el descriptivo nombre de “El tren de la muerteâ€. Hastings cifra una estadÃstica inquietante. En la Alemania nazi, en los campos de Hitler, murió sólo el cuatro por ciento de los prisioneros de guerra británicos y estadounidenses. En tanto en los campos japoneses la cifra llegó al veintisiete por ciento.
McDilda tampoco sabÃa nada sobre los campos de la muerte, la cultura japonesa de la guerra, los suicidios rituales y la muerte por honor. Sólo le dolÃan los golpes y sentÃa correr su sangre por la cara. Asà que reveló a sus interrogadores el secreto atómico según su entender, que era nulo. El disparate que esgrimió, según quién lo traduzca y según como se recuerde y cómo lo contó luego McDilda, se resume en pocas lÃneas. Dijo: “Como ustedes saben –no hay mejor sostén de una mentira que elogiar al adversario– cuando los átomos se liberan, se dividen en átomos positivos y átomos negativos. Los cientÃficos americanos han logrado colocarlos en un gran contenedor y separar a unos de otros gracias a un escudo de plomo. Cuando el contenedor es lanzado por un bombardero, el escudo de plomo se funde, los átomos positivos y los negativos se unen y provocan un enorme estallido destructor, un enorme rayo que hace que la atmósfera de una ciudad sea empujada hacia atrás. Cuando la atmósfera retrocede, provoca una enorme presión que destruye todo lo que está debajoâ€.La policÃa militar japonesa pasó de juzgar a McDilda como un prisionero más, a considerarlo un “prisionero de importanciaâ€, una especie de “preso VIP†al que habÃa que enviar a Tokio para que fuese interrogado por expertos. La mañana del 9 de agosto el aviador americano estaba frente a un cientÃfico japonés en el campo de concentración de Omori, uno de los veintitrés barrios vecinos a Tokio. El nombre de ese cientÃfico sà que se perdió en la historia, todo lo que se sabe es que no era militar, era civil y se habÃa graduado en el City College de New York en los años 30, cuando la cooperación entre Estados Unidos y Japón era mutua y amplia. Al tipo le bastaron diez segundos para darse cuenta de que McDilda sabÃa de fÃsica nuclear lo mismo que un perrito faldero, y a McDilda le bastaron quince segundos para admitir que habÃa mentido para que cesaran los castigos y salvar su vida. ¿Y ahora qué hacemos?
Ahora, el azar iba a jugar a favor del joven piloto. Cerca del mediodÃa de ése 9 de agosto, llegó otra terrible noticia a Tokio: una segunda bomba atómica habÃa destruido la ciudad de Nagasaki, por lo que los captores pensaron que el joven primer teniente podÃa no saber nada de átomos, pero tal vez sà sabÃa algo del arsenal atómico americano. McDilda fue encerrado en una celda, lo alimentaron un poco, y lo dejaron en espera de su destino.Esta es la breve historia de un antihéroe. McDilda sobrevivió a la guerra, recibió una condecoración por haber sido prisionero de los japoneses, su caso llegó hasta bien entrado el siglo XXI como un argumento que sostiene la inutilidad de la tortura. En medio del debate sobre los malos tratos a los prisioneros de guerra iraquÃes por parte de Estados Unidos en 2003 y, luego, en la prisión de Guantánamo: “Algunos pueden argumentar que serÃamos más eficaces si aprobáramos la tortura u otros métodos para obtener información del enemigo. Se equivocan. Más allá de que tales acciones son ilegales, la historia demuestra que también son frecuentemente inútiles e innecesarias.â€, dijo en mayo de 2007 el general David H. Petraeus, entonces Jefe del Comando Central de Estados Unidos. Se supone que el general sabÃa de qué hablaba.
De todo esto, el primer teniente McDilda supo nada. Murió el 16 de agosto de 1998, a los setenta y seis años.