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10 de junio de 2024

Donald cumple 90: encarnó a Estados Unidos mejor que Mickey y protagonizó el “malentendido nazi” que complicó a Disney

El pato fue creado para acompañar al ratón pero enseguida tomó vuelo propio. Un corto de 1943 cuestionaba el régimen de Hitler y hasta ganó el Óscar. Pero no todos lo interpretaron como el estudio había planeado

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La primera aparición del pato Donald: un corto de casi ocho minutos.

Pero de ese pato que se hacía el enfermo para evitar cualquier tarea fue quedando poco a medida que pasó el tiempo. A fuerza de criar a los hijos de su hermana, de padecer a su tío Scrooge -el tan famoso como avaro Tío Rico- y, sobre todo, de mostrarse dispuesto a cada tarea-aventura que una nueva historieta o un nuevo cortometraje le presentaran, Donald se convirtió en un personaje asociado a lidiar con una vida cotidiana más o menos parecida a la de la clase media que lo miraba o leía. En Duckburg -la Mickeyville que Disney le inventó a Donald-, el pato animado veía como crecía su árbol genealógico, su popularidad y también la carga sobre su espalda plumada y cubierta por la chaqueta marinera.

Sea que hubiera que ayudar a Mickey -o a Pluto o a Goofy- en alguna tarea, o sea que la tuviera que encarar por las suyas, Donald siempre estaba listo. A veces le tocaba, por ejemplo, ser el adulto -pato, pero adulto al fin- a cargo de entretener a los niños de un orfanato a fuerza de recitarles poesías y contarles cuentos. A veces le tocaba hacer trabajos rurales y, otras, más urbanos: Duckburg, su lugar de residencia, podía ser lo que la historia de ese cortometraje o ese cómic necesitaran. El gag siempre listo, sea cual fuere la trama, era que Donald perdiera la paciencia y montara en cólera. Esa pérdida de paciencia era todavía más probable si lo que enfurecía al pato era que los que lo rodeaban no entendieran su habla.

Entonces pasaba lo de siempre: gritaba, atolondraba todavía más las palabras, la boina saltaba como si estuviera viva, la chaqueta se le enredaba. Los diarios publicaban anécdotas grandilocuentes sobre lo que pasaban en los cines cuando proyectaban cortometrajes protagonizados por Donald, que vivió su época dorada entre 1937 y 1947 y que, en esos años, encabezó más producciones que el mismísimo Mickey. La más resonante salió en un diario canadiense: “Un hombre pierde la dentadura por la risa” fue el título de la crónica.

La cumbre del esfuerzo del que Donald parecía capaz en aquellos años pareció llegar en 1942, cuando se editó “The new spirit” (“El nuevo espíritu”). Se trató de una producción en la que Donald y todo el pueblo norteamericano, a través de la radio, eran instados a pagar sus impuestos y mostraba las consecuencias de no hacerlo. El espíritu de estimular el cumplimiento fiscal no ocurría en cualquier momento sino en uno muy particular: en 1942 la Segunda Guerra Mundial estaba en pleno transcurso, y los impuestos eran presentados como “el esfuerzo bélico” que podían hacer los pobladores que no participaban directamente del enfrentamiento armado.

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Junto a Mickey y Minnie, Donald y Daisy son dos grandes estrellas del universo Disney. REUTERS/Aly Song

Apenas terminaron la animación del corto, el mismísimo Walt Disney tomó un avión a Washington y presentó la animación a las autoridades del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. En ese momento, el secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, le hizo saber a Disney que no le gustaba que fuera Donald y no Mickey el que encabezaba la historia de estímulo fiscal. Walt fue al grano: le dijo que un cortometraje de Disney protagonizado por el pato era como una película de MGM cuya estrella fuera Clarke G. Gable. Nada menos.

En efecto, el Tesoro invirtió 80.000 dólares en la producción y recuperó la inversión con intereses: hasta los contribuyentes menos afines a cumplir con sus obligaciones impositivas hicieron sus pagos. Donald acababa de debutar en un rol que llevaría a cumbres todavía inexploradas: la propaganda nacionalista.

Un pato soldado, un pato nazi

A principios de los años 40, Donald era una estrella consagrada en el cielo del show business norteamericano. Se vendían no sólo historietas y entradas de cine que lo tenían en el centro de sus tramas, sino también libros, juegos, relojes, cereales, jabones, pochoclos y cepillos de dientes con su cara.

En 1942, después de ese cortometraje de estímulo fiscal, llegó el primero de los nueve con tramas militares que protagonizó el pato. La Segunda Guerra Mundial era más o menos aludida en cada uno de esos episodios, pero la potencia estadounidense y la valentía de sus soldados -fueran humanos o patos- estaban siempre a la orden del día.

Disney había decidido que Mickey no fuera a la guerra: no quería convertirlo en una vía para hacer propaganda. Pero no tuvo problemas con Donald, un personaje que, por el amplio abanico de emociones que podía encarnar, ayudaba a guionistas y dibujantes a situarlo en los escenarios más variados.

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El objetivo del corto "El rostro del Führer" fue mostrar que el nazismo era una pesadilla. Pero no todo salió como el estudio cinematográfico esperaba. (Captura del corto de Disney)

En los años de la Segunda Guerra, la popularidad de Donald no hizo más que crecer. Eran momentos en los que el público buscaba, para sí y para sus hijos, personajes fuertes. A la altura de las circunstancias globales. Y el pato, para 1942, se mostró como uno de los nuevos reclutados del Ejército: fue el debut de sus tramas marciales.

Entre ese año y 1944, Donald se preparó para tirarse en paracaidas, mostró cómo era combatir después de largas caminatas por terrenos selváticos -¿un spoiler involuntario de Vietnam?- y la disciplina que requerían los arduos entrenamientos militares. En 1944 incluso protagonizó un operativo que consistía en destruir una base aérea japonesa. Cualquier parecido con la realidad era todo menos una coincidencia.

De todos esos cortometrajes, el que más revuelo causó -y el que se transformó en un boomerang para Disney- fue “El rostro del Führer”, estrenado en 1943. Allí se ve a Donald participando de desfiles “Nutzis” (un cruce entre “nut”, “loco” en inglés, y “nazi”). Luce su correspondiente cruz esvástica, habla de Goebbels y de Göring, y levanta el brazo cada vez que gritan “Heil, Führer!”. Trabaja en una línea de producción “nutzi” preparando misiles y rinde pleitesía ante la foto del líder, con su particular bigote. Hace todo eso hasta que despierta: todo era una pesadilla. Y era tan horrorosa, que apenas sale de la cama, vestido con un pijama con los colores de la bandera estadounidense, se abraza a la reproducción de la Estatua de la Libertad que tiene en su habitación.

El objetivo era claro: mostrar, literalmente, que el nazismo era una pesadilla. Que era autoritario y alienante. Que para vivir el sueño americano, en cambio, alcanzaba con estar despierto y abrazar los valores de ese país. De las quince nominaciones al Oscar que tuvieron los cortometrajes protagonizados por Donald, sólo uno alcanzó la estatuilla: “El rostro del Führer” fue premiado como mejor corto de animación en 1943. Se trataba sin duda de todo un posicionamiento institucional de la Academia.

Pero esa consagración no fue una garantía de aceptación unánime para esa producción. Mientras que hubo público que lo destacó, también hubo público que señaló que la representación, tanto del nazismo como de la idiosincrasia norteamericana, resultaba demasiado estereotípica. Pero lo que más padeció Disney fue la circulación fuera de contexto de imágenes de Donald con simbología nazi: eran extractos del corto pero, sin toda la información necesaria, parecían dar cuenta de que efectivamente el emblemático personaje militaba en las filas hitlerianas.

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En 2004 se inauguró la estrella dedicada a Donald en el emblemático paseo de Hollywood.

Fue ese boomerang, esa convicción entre muchos de que Disney había producido un material a favor del régimen nacional-socialista, lo que llevó al estudio a hacer todo para sacar de circulación el corto apenas un tiempo después de que apareciera. Al menos por un tiempo. Hoy, más de ochenta después de que se lanzara esa producción, puede verse completa en YouTube. Pero el malentendido hizo sufrir al gigante cinematográfico.

For export

Cuando se cumplieron setenta años de su creación, en 2004, Donald tuvo propia estrella en el emblemático paseo de Hollywood en el que están inscriptos los nombres de los protagonistas del mundo del espectáculo. Habían pasado décadas desde que un grupo de periodistas impulsara su incorporación a la Academia Estadounidense de Artes y Letras. Sí, la incorporación de un pato hecho de dibujos animados. El proyecto no prosperó pero sí da cuenta de su popularidad.

Donald fue retirándose de los cortometrajes y su participación en largometrajes siempre fue menor que la de Mickey. Pero las historietas nunca pararon. A su enorme éxito en Estados Unidos se sumó una enorme cantidad de fanáticos en Italia, Países Bajos, Francia -donde, no obstante, es más popular el Tío Rico-, y también en los países escandinavos. Allí Donald, como ocurría durante la Segunda Guerra Mundial, es todavía más que Mickey.

Además del análisis que lo calificó como un “héroe de la clase trabajadora”, hubo otras miradas. El historiador Lewis Jacobs aseguró que su consagración tuvo que ver con mostrar algunos rasgos violentos -sus reacciones de ira- en un contexto violento -la Guerra-, así como con las tramas nacionalistas que protagonizó.

Hacia 1950, Donald ya no encabezaba cortometrajes. Vendrían mediometrajes, algunos largometrajes y también intentos televisivos. Pero para ese entonces su voz ya era inconfundible e inolvidable. Tanto como su espíritu gruñón, ansioso y leal. Todo eso lo trajo hasta acá.

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