3 de abril de 2024
Por qué Milei mencionó a Julio Argentino Roca como inspiración para la defensa de la soberanía y padre de la Argentina moderna
El jefe de Estado ya había citado al ex Presidente en sus discursos. Hoy lo reivindicó en el homenaje realizado a los caídos de Malvinas a 42 años de la Guerra
Javier Milei revindicó a Julio Argentino Roca durante su discurso en el homenaje realizado a los caÃdos de Malvinas en el Cenotafio de la Ciudad de Buenos Aires. Según planteó, el ex general y dos veces presidente de la Argentina es fuente de inspiración como defensor de la soberanÃa y padre de la Argentina moderna.
“Hubo una generación de dirigentes en nuestro paÃs que hoy recordamos como la generación del 80′. que consolidó nuestra soberanÃa territorial y nos marcó el rumbo para cumplir tamaña tarea. De esa generación, la principal inspiración para nuestro reclamo de soberanÃa es el gran general Julio Argentino Roca, el padre de la Argentina moderna. Este 2 de abril y en homenaje a nuestros veteranos y sus familias, tenemos que retomar su ejemploâ€, dijo el jefe de Estado en un acto que encabezó junto a su vice, Victoria Villarruel.
No fue la primera vez que lo mencionó en público. El 10 de diciembre del año pasado, en su primer discurso como jefe de Estado, ya se habÃa referenciado en Roca. En un discurso inaugural muy marcado por referencias a la gravedad de la crisis económica, al peso de la herencia recibida y a las medidas de shock necesarias para no caer en un colapso mayor, Javier Milei insistió en que “no hay alternativa†a la austeridad presupuestaria. Y, en respaldo a ese diagnóstico, citó una frase del general que aseguró la soberanÃa argentina sobre la Patagonia: “Será duro. Pero como dijo Julio Argentino Roca, ‘nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo, cuando se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los pueblos, si no es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios’â€.
La frase fue pronunciada por Julio Argentino Roca, el 12 de octubre de 1880, en el discurso inaugural de su primer mandato presidencial, ante el Congreso Nacional. AsumÃa en un año crÃtico, marcado por nuevos enfrentamientos entre porteños y nacionales, en la eterna disputa por los recursos del puerto y la “propiedad†de la ciudad de Buenos Aires, en la que los presidentes eran tratados como huéspedes... A todo eso le puso fin el gobierno de orden y progreso de Roca.
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A partir de las menciones de Milei, es oportuno entonces recordar la trayectoria extensa, multifacética y prolÃfica de este general y estadista que le dejó al paÃs un legado esencial que durante muchos años algunos pretendieron desconocer.
En el momento en que Julio Argentino Roca, destacado militar de profesión, inició su actuación civil -en enero de 1878, cuando el presidente Nicolás Avellaneda lo nombró Ministro de Guerra y Marina en reemplazo del fallecido Adolfo Alsina– en la Argentina habÃa dos grandes problemas irresueltos, obstáculos a la consolidación nacional y al desarrollo del paÃs: la frontera móvil e insegura y el llamado “problema de la Capitalâ€.
Menos de tres años después, el 12 de octubre de 1880, el general Roca asumÃa por primera vez la presidencia en un paÃs cuyo Estado nacional habÃa extendido su control a un territorio que representa un tercio del total de la actual superficie continental argentina; la Capital habÃa sido federalizada y pertenecÃa a todos los argentinos y la corriente porteña que deseaba prevalecer sobre el resto del paÃs y usufructuar rentas que debÃan ser de todos habÃa sido doblegada.
Como se verá, fue la resolución del primer problema la que le dio a Roca la proyección nacional, la autoridad y las herramientas necesarias para resolver el segundo.
En abril de 1878, a sólo tres meses de haber sido nombrado ministro de Guerra por Avellaneda, Roca inicia la campaña del desierto con 6000 soldados, abandonando la táctica militar estática de Alsina. En poco tiempo está concluida.
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La solución de este problema que parecÃa insoluble y a cuya prolongación indefinida se hallaban resignados la mayor parte de los hombres públicos de entonces, significó para el joven general que la habÃa concebido y ejecutado un tÃtulo de gloria que lo equiparaba a las primeras figuras de la República, escribe Ernesto Palacio en Historia de la Argentina 1515-1938 (Ediciones Alpe, 1954). Se comparaba su actuación -agrega Palacio- con la de los gobiernos anteriores, especialmente infortunadas en su polÃtica con los indios, lo que habÃa envalentonado a éstos, haciéndolos cada vez más insolentes y agresivos.
En 1872 habÃa tenido lugar una gran invasión del cacique Calfucurá, que se consideraba chileno, y luego una ofensiva de uno de sus hijos, Namuncurá. El botÃn de esas incursiones y malones era contrabandeado a través de la frontera, donde estaba siempre latente el conflicto territorial con el paÃs vecino.
La campaña al desierto no tuvo por resultado únicamente el poner fin a la inseguridad: fueron liberados centenares de cautivos y desmovilizado el grueso de los efectivos necesarios para el cuidado de la frontera -lo que además puso fin al infortunio del gaucho en los fortines que tan bien describe José Hernández en el MartÃn Fierro- y fueron incorporadas veinte mil leguas cuadradas de tierras gracias a la consolidación de las fronteras patagónicas.
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Oriundo de Tucumán, hijo de un coronel que habÃa combatido en la Independencia, educado en el Colegio de Concepción del Uruguay, creado por Urquiza, el joven Roca luchó junto a él en Cepeda y Pavón.
Participó luego en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay; guerra en la que murieron su padre y dos de sus hermanos, y de la que él regresó con rango de coronel. Luego, como miembro del ejército nacional, combatió contra los últimos caudillos.
Durante la Revolución de 1874 venció al general rebelde José Miguel Arredondo, que respondÃa a Mitre.
Un hilo conductor no desdeñable se ve con claridad: Roca aparece siempre del lado del poder nacional, dicen Carlos Floria y César GarcÃa Belsunce en Historia de los argentinos (Larousse, 1995), como anticipando lo que serÃa su destino.
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El ejército en el cual se ha formado se perfila cada vez más como un instrumento de nacionalización, como la herramienta de la lucha del interior por limitar la supremacÃa de la capital y nacionalizar los recursos del puerto. Y Roca será el referente de esas aspiraciones.
A su alrededor se irán nucleando intelectuales y polÃticos de diferentes orÃgenes: los hombres del Paraná, es decir, los que se habÃan alineado con la Confederación Argentina cuando Buenos Aires se separó del resto del paÃs, y la que será llamada Generación del 80.
Carlos Pellegrini, Dardo Rocha, José Hernández, el autor del MartÃn Fierro, y su hermano Rafael, Carlos Guido y Spano, Lucio Mansilla, etcétera. Todos ellos fueron roquistas. Incluso un joven Hipólito Yrigoyen se alineó con Roca en aquel último episodio de la resistencia porteña.
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Hasta la llegada de Roca al poder, en 1880, los presidentes argentinos eran tratados por los porteños como huéspedes en Buenos Aires; eran intrusos. A Sarmiento le pusieron palos en la rueda; a Avellaneda no cesaban de humillarlo. Hacia el fin del mandato de este último, Bartolomé Mitre se preparaba para controlar la sucesión, elegir el candidato y preservar asà los privilegios de Buenos Aires, para lo cual ya habÃa separado a la provincia del resto del paÃs luego de promulgada la Constitución.
Pero surge entonces el tremendo obstáculo de la proyección nacional adquirida por el joven general Roca y la voluntad de muchas provincias de respaldar su candidatura.
Cuando el mitrismo percibe la dimensión del peligro, entra en pánico y no duda en apelar a todos los recursos contra el presidente en ejercicio, Avellaneda, y su candidato, Roca: difamación, boicot, amenazas, amedrentamiento; todo mientras se arma ostensiblemente, dispuesto a defender con violencia sus privilegios.
Junto con la candidatura de Roca viene el proyecto de federalización de Buenos Aires, teorizado por Alberdi, promovido por Avellaneda y encarnado por el jefe de la campaña del desierto, puesto que es una de las principales aspiraciones de las provincias que lo respaldan.
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Los detalles de esos delirantes meses del año 80, desde la definición de las candidaturas hasta el triunfo de Roca, previa federalización de Buenos Aires, están relatados de un modo apasionante por Jorge Abelardo Ramos en Del patriciado a la oligarquÃa (tomo II de Revolución y contrarrevolución en la Argentina); y publicamos algunos extractos en: La feroz lucha que debió librar Roca en 1880 para asumir la presidencia
Contra la imagen que se nos transmite, el año 1880 no fue una sucesión tranquila entre miembros de una elite homogénea y unida en torno a los mismos intereses. Esa es una visión deformada por una historia oficial de impronta mitrista que ha querido borrar la triste actuación de Bartolomé Mitre en esa coyuntura. La realidad es que hubo un enfrentamiento de sectores que encarnaban intereses distintos; unos eran la parte, la facción, y otros representaban el todo. Y eso es lo que encarnaba Roca. Para hacer respetar la voluntad del Congreso de federalizar Buenos Aires y la voluntad de las provincias que lo habÃan elegido presidente, Roca tuvo que entrar a sangre y fuego a una capital en pie de guerra.
En sÃntesis, frente a la victoria de Roca en las presidenciales -con el apoyo de todo el interior, excepto Corrientes-, el partido porteño optó por desconocer el resultado y levantarse en armas. Roca aplastó esa rebelión. Fue la última. Los combates, en Barracas, Puente Alsina y Plaza Constitución, dejaron 3.000 muertos. Pero Buenos Aires fue por fin declarada distrito federal y capital de todos los argentinos.
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Esa decisión, impuesta a la ciudad rebelde por todo el paÃs, fortaleció al Estado y eliminó un factor que estaba en la base de las tendencias centrÃfugas que ya se habÃan manifestado fuertemente en los años previos.
El todo fue superior a las partes y la unidad nacional se vio fortalecida. Fue obra de la generación del 80. Y en particular de Roca, el hombre que hizo efectiva la autoridad del Estado sobre todo el territorio nacional; elemento indispensable en la construcción de la Nación.
En 2014, al cumplirse 25 años de la publicación del ya clásico Soy Roca, de Félix Luna, una biografÃa en primera persona que pronto se volvió bestseller, su hija, Felicitas Luna, recordó que el libro fue escrito en 1989, año de la crisis final del gobierno de AlfonsÃn, un momento de incertidumbre y de necesaria reflexión, en el cual despertaba interés la figura de Roca como constructor. Era un momento iniciático en cierto modo, la democracia llevaba poco tiempo de recuperada. Todo estaba por hacerse.
El tiempo ha pasado, la democracia está consolidada, pero el paÃs sigue sin rumbo claro y una concertación en torno a consensos básicos entre todos los argentinos parece muy difÃcil de alcanzar. No estarÃa de más que los aspirantes a dirigir el paÃs se inspiraran en la actuación de Roca en aquel momento fundante del Estado nacional.
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Volviendo a la coyuntura del 80, hay otras lecciones que sacar. Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo, no respaldó la candidatura de Roca y en el conflicto con Mitre intentó permanecer “neutral†con la esperanza de poder terciar en la discordia y convertirse en el candidato del consenso. Roca no tenÃa la mejor opinión de él; sin embargo, ya como presidente, lo convocó, lo nombró Superintendente de Escuelas y promovió su proyecto de ley de educación pública. Las ideas educativas de Sarmiento conocieron su mayor concreción durante la presidencia de Roca: creación del Consejo Nacional de Educación, convocatoria al Primer Congreso Pedagógico, promulgación de la Ley 1420 de Educación Común (escuela primaria obligatoria, gratuita y laica) y creación de 600 escuelas. Una polÃtica que consolidó la identidad de los argentinos y favoreció la asimilación de los inmigrantes.
Roca es un blanco curioso para una corriente iconoclasta que se pretende nacionalista y antiimperialista pero ataca al constructor del moderno Estado nacional argentino. Ni hablar de la fiebre laicista que ha prendido en estos mismos sectores –antirroquistas en nombre de la entelequia de una “nación originariaâ€â€“ que parecen ignorar que la laicización del Estado argentino, es decir, su modernización, también fue obra de Roca. Bajo su presidencia se promulgó la Ley de Registro Civil.
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A ello se suma la Ley de Moneda Nacional (que permitió tener un sistema unificado de moneda hasta entonces inexistente), la fundación de la capital bonaerense y la creación del municipio de la Capital con Intendente y Concejo Deliberante y la creación de los Territorios Nacionales de La Pampa, RÃo Negro, Neuquén, Chaco y Formosa, que más tarde serÃan provincias. Más importante aún -y vinculado a la campaña del desierto- la firma del Tratado de LÃmites con Chile, en 1881, que consagraba el dominio argentino sobre la Patagonia y da origen a los territorios de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.
La furibunda campaña antirroquista de los últimos años, ha reducido la obra de Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Argentina (1880-1886 y 1898-1904), a la Conquista del Desierto, anacrónicamente presentada como un genocidio, a la vez que otras polÃticas y realizaciones de su gestión son ensalzadas sin mencionar su autorÃa: la federalización de Buenos Aires, la derrota del porteñismo, la educación pública, e incluso la laicización del Estado que hoy tantos progresistas invocan como si no existiera ya.
Roca lo hizo, hace más de un siglo.
[Las acuarelas que ilustran esta nota son obra de Enrique Breccia]
