5 de febrero de 2024
Juan Lavalle: el hombre que con la misma pasión hizo el amor y la guerra
El campo de batalla fue su mundo. Antes de los 15 años ya era cadete del Regimiento de Granaderos; a los 16 ascendió a teniente; y a los 19 cruzó los Andes con San Martín. Pero también lechos propios -y ajenos- fueron otros de sus campos de batalla. Hasta en la última, cuando en Jujuy murió desangrado junto a su joven soldadera, Damasita Boedo.
Su nombre completo era Juan Galo de Lavalle. Y en 1814, siendo teniente de las tropas del Directorio de las Provincias Unidas del RÃo de la Plata combatió al general José Gervasio Artigas durante el segundo Sitio de Montevideo. Ese fue su bautismo de fuego.
A partir de entonces, su carrera militar y polÃtica fue ascendente.
En 1828 derrocó al gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, antes de vencerlo en la batalla de Navarro y ordenar su fusilamiento. En aquel entonces, Juan Bautista Alberdi, un muchacho de de apenas 18 años, seguÃa con suma atención el desarrollo de los acontecimientos.
Se trataba de un ávido lector de Montesquieu. Y para canalizar su visión del mundo, se identificaba con la causa unitaria.
Una década después, durante una mañana otoñal, marchó al exilio. Y ya en el bote que lo arrimaba al bergantÃn a punto de zarpar hacia Montevideo, se permitió un gesto cargado de teatralidad: arrojar al agua la divisa punzó que el régimen rosista hacÃa usar a los ciudadanos.
Entre las múltiples ocupaciones que desplegó en esa ciudad resalta la de secretario del general Juan Lavalle, quien estaba sumido en los preparativos de su ofensiva bélica contra Juan Manuel de Rosas.
Alberdi se sentÃa un espectador privilegiado de la Historia.
Pero el vÃnculo entre ellos fue difÃcil, dado el pésimo talante del militar y su tozudez polÃtica. En resumen, la simpatÃa de Alberdi por el ideario de la Revolución Francesa chocaba con las fantasÃas napoleónicas de Lavalle. De modo que ese lazo laboral no fue duradero.
Aún asÃ, el 2 de junio del año siguiente Alberdi acudió a la Puerta de la Ciudadela para ver a Lavalle partir hacia la isla MartÃn GarcÃa al frente del Ejército Libertador, una fuerza de casi tres mil hombres que batallarÃa contra los federales. Fue la última imagen del general que él se llevó a los ojos.
Disparos al amanecer
Lo cierto es que Lavalle creÃa estar bendecido por la Providencia. Semejante pálpito se derrumbó como un castillo de naipes al ser derrotado, dos años más tarde, por el general Manuel Uribe en la batalla de Faimallá, en Tucumán.
A partir de entonces inició una larga marcha hacia la nada. Únicamente conservaba doscientos hombres extenuados. Su propia estampa alta y rubia lucÃa declinada. Poco quedaba del héroe de Ituzaingó, Riobamba y Maipú. Frágil de salud y remordido por el fusilamiento de Dorrego, el general estaba por cumplir 44 años cuando se acercó con su milicia a San Salvador de Jujuy. CorrÃa el 8 de octubre de 1841.
Esa noche de cielo encapotado la tropa quedó acampada en las afueras de la ciudad al mando del coronel Juan Esteban Pedernera. Lavalle avanzo hacia el casco urbano para pernoctar bajo algún techo, a sabiendas de que la autoridad unitaria habÃa puesto los pies en polvorosa. Lo acompañaban su edecán, Pedro Lacasa, el secretario civil, Félix FrÃas, dos oficiales y ocho soldados. Allà también estaba Damasita Boedo, su soldadera, una despampanante pelirroja que encubrÃa sus curvas con ropaje varonil.
San Salvador era la viva imagen de la desolación y el presagio. Lavalle y los suyos encontraron refugio en el viejo caserón de la familia Zerranuza, abandonado unos dÃas antes por el delegado unitario, ElÃas Bedoya, ahora en desaforada fuga.
El general y Damasita se instalaron en el dormitorio que enfrentaba al segundo patio. FrÃas y Lacasa, en una habitación pegada al zaguán. Otra fue ocupada por los dos oficiales. Y los soldados se tendieron en el primer patio. Menos el centinela, apostado junto al portón de cedro macizo.
Al clarear se detuvo ante aquella vivienda una partida federal de quince jinetes al mando de Fortunato Blanco. Buscaban a Bedoya sin imaginar quién realmente se alojaba allÃ. El centinela atrancó el portón y dio la voz de alarma.
Lacasa y FrÃas se lanzaron al dormitorio de Lavalle. El edecán exclamó:
–¡Los enemigos están en el portón, general!
–¿Qué clase de enemigo son? –quiso saber Lavalle.
–Son paisanos –respondió FrÃas.
El secretario evitaba mirar a Damasita con poca ropa, casi desnuda.
–No hay cuidado. Manden a ensillar, que nos abriremos paso –fueron las palabras de Lavalle mientras comenzaba a calzarse las botas.
Sobre la mesita de noche estaba su pistolón francés. Y él lo observó de soslayo. Damasita, desde el lecho, también.
Lacasa y FrÃas fueron hacia el fondo para buscar los caballos.
FrÃas se apresuró en partir en su cabalgadura por la salida posterior para avisar a Pedernera lo que sucedÃa. Sin embargo, sufrió una demora por eludir la posición de la patrulla atacante.
Mientras tanto, en el acampe tropero –a medio kilómetro– prevalecÃa la incertidumbre; hasta allà habÃa llegado el griterÃo de los federales. Pedernera entonces ordenó a los soldados ponerse en movimiento. De pronto –tal como lo consignarÃa él en 1886, al dictar sus memorias–, fue audible a lo lejos “tres descargas de tercerola seguida de otra distinta; luego, un silencio espesoâ€.
Aquellos mismos estruendos hicieron que Lacasa, aún en los palenques, volviera sobre sus pasos. Lo que vio en el siguiente instante quedarÃa grabado para siempre en sus retinas: Lavalle despatarrado en el zaguán con la garganta destrozada en medio de un charco de sangre, y las convulsiones del final. A centÃmetros de la mano izquierda yacÃa su pistolón.
Sólo Damasita estuvo con él en el momento de los disparos. Y seguÃa ahÃ, semidesnuda.
Lacasa la cubrió con su capote. Los federales ya se habÃan alejado.
La marcha fúnebre
Desde ese preciso momento, el tiempo empezó a transcurrir con una lentitud exasperante. Y el silencio era sepulcral.
Algunos soldados rodearon el cuerpo. Otros estaban ante el portón con los ojos clavados en la cerradura rota que uno de ellos señalaba con un dedo. La escena parecÃa congelada. Y sin palabras se dio por sentado que un balazo de tercerola la habÃa atravesado para impactar en el cuello del general.
Su cadáver quedó en el caserón, mientras la tropa reiniciaba el repliegue hacia el Alto Perú. Pero, súbitamente, Pedernera detuvo la marcha y mandó a dos soldados y un teniente a rescatarlo. Ellos volvieron con el muerto cargado en su caballo. Un poncho le hacÃa de mortaja.
Durante la travesÃa, por la mente de FrÃas desfilaron postales dispersas sobre su última etapa junto a Lavalle. Una etapa difÃcil de descifrar, en la que sus actitudes, reacciones y reflejos ya resultaban inquietantes. Entre éstas, su inclinación por desatender las responsabilidades militares para entregarse a los placeres de la carne.
Como cuando –aún muy afectado por la derrota de Quebracho Herrado– se recluyó en una hacienda de Catamarca para compartir con la bella Solana Montemayor –esposa del gobernador riojano, Tomás Brizuela– cuatro dÃas y noches sin salir de la cama, mientras sus oficiales, desesperados, iban y venÃan de un lado a otro de la puerta a la espera de instrucciones.
En aquella circunstancia, FrÃas le dijo a Pedernera:
–La causa de la libertad, señor coronel, se pierde por las mujeres.
La respuesta fue:
–Hay algo peor, don Félix: durante la batalla él se colocaba tan cerca de las lÃneas de tiro, que parecÃa buscar la muerte.
Es posible que FrÃas evocara tal diálogo durante esa mezcla de huida lenta y procesión fúnebre. Y quizás entonces haya volteado la vista hacia el caballo cargado con el cuerpo del general bajo una nube de moscas. El sol abrasador no favorecÃa su conservación.
Damasita cabalgaba a una distancia prudencial. FrÃas enfocó su mirada en ella.
Fruto de una aristocrática familia salteña, esa mujer de 23 años era hija del coronel José Boedo y Aguirre, sobrina del diputado Mariano Boedo y hermana de José Félix Boedo, un joven federal fusilado con un tÃo materno en vÃsperas al desastre de Famaillá por orden de Lavalle. Y a pesar de la súplica de clemencia llorada por Damasita.
Pero luego se le presentó otra vez, para decir:
–Quiero seguir tus ejércitos. ¡Soy unitaria!
El amor entre ellos tuvo esa penumbra.
FrÃas –que no comulgaba con la idea del tiro que atravesó la cerradura– seguÃa observando a la soldadera del general.
Sólo Damasita –pensó él– atesoraba el misterio de su muerte. ¿Acaso lo vio infringirse ese desenlace o fue ella la llave vengadora de su final?
La travesÃa fue tortuosa. Por su avanzada descomposición, al cuerpo de Lavalle hubo que desencarnarlo en el poblado de Huancalera. Pero los huesos –debidamente lavados–, la cabeza –envuelta en un pañuelo muy ajustado– y el corazón –sumergido en aguardiente– fueron llevados a fines 1842 a la ciudad trasandina de ValparaÃso.
Fue precisamente allà donde Juan Bautista Alberdi supo los detalles del final de Lavalle por boca de FrÃas.
Ambos por entonces estaban exiliados en Chile.
Damasa jamás volvió a Salta. Y murió con su secreto en 1880.
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