22 de septiembre de 2026
Las canciones de Babasónicos que vuelven extraño el idioma
El autor sostiene que la voz de Adrián Dárgelos transforma frases cotidianas en una experiencia de extrañamiento, frente a la lectura que reduce su repertorio a relatos románticos convencionales solamente
En 1994 compré mi primer CD de Babasónicos. Cursaba segundo año de la escuela secundaria y se me reveló un mundo: un lenguaje y una capacidad de escuchar nueva música. Mi mamá me preguntaba "¿Qué es esa porquería que estás escuchando? Parecen anormales (sic)". Hoy mi mamá canta Babasónicos y cuando le recuerdo sus palabras me dice que no es cierto. La madre no es un buen criterio de realidad.
A partir de ese momento, "seguí" a Babasónicos durante varios años. Después me alejé y no fueron ellos, fui yo. Me fui volviendo grande y ellos continuaron jóvenes, del lado de lo nuevo cuando yo empecé a atrasar. Reconozco que, para cuando me fui, ellos ya me habían dado demasiado y una certidumbre: ser la mejor banda de música (decir "rock" sería decir poco), en principio, de Argentina. Circunscribo para ser medido.
¿Mejor que Charly García? ¿Mejor que Spinetta? No necesito a nadie para ponerme en apuros. También sé que las comparaciones son injustas y la injusticia a veces es precisa para reparar un orden mayor. ¿Cuántas bandas conocemos que hayan podido transformarse con los años, redefiniendo sus propios paradigmas estéticos?
Tanto Charly como Spinetta tuvieron que cambiar de bandas para crear nuevos conceptos. Babasónicos está más cerca de The Beatles, que en dos o tres años –por la propia dinámica de la banda– pudieron reformular su modo de componer y la interpretación de la cultura (que iba más allá de lo musical) que proponían.
Sin embargo, no voy a comentar mis opiniones –claramente discutibles. Mejor voy a presentarles un libro. No me refiero al que editó Sebastián Chaves, con textos de Leo Oyola y Pablo Schanton, entre otros autores. Invenciones sobre Babasónicos, publicado por Gourmet Musical, es un libro bellísimo, sobre el que ya hubo un artículo en esta sección de Cultura. A este los remito.
Me decidí a escribir esta columna después de leer esa compilación y preguntarme: ¿no faltó aquí la voz de un psicoanalista? No digo que le hubiese faltado, porque a ese libro no le sobra nada. Es la dinámica misma de la perfección, que cuando se realiza hace sentir que hay un resto irreductible. La falta no es un déficit, es un efecto virtuoso.
Porque, además, Babasónicos es una banda muy afín a la lógica del psicoanálisis. No lo digo yo, lo afirma Ángel Fernández en su ensayo A propósito de Babasónicos. Una fantasía melancólica, publicado por Nube Negra. Este ensayo tiene tres partes, me voy a detener en cada una de ellas por separado. Antes de comenzar, quisiera aclarar que más que un estudio psicoanalítico sobre la banda, este es un ejercicio que, en el movimiento babasónico, halla la vía para pensar con el psicoanálisis –menos para confirmarlo que para compartir el fracaso de lo que se cree saber.
El primer ensayo gira en torno a la figura del duende, como esa presencia esquiva, de fácil multiplicación, contraria a la identidad definida, para desarrollar la apuesta babasónica en tres niveles: por un lado, Babasónicos huye de la ideología expresiva y la referencialidad del lenguaje; más bien, si algo saben hacer estas canciones es "callar con elocuencia":
"La poética babasónica no sabe nada del ser, de lo que ya estaría configurado, estabilizado y presente, pronto a manifestarse. Al contrario, la búsqueda estético-política se orienta por la falta-en-ser, por ese devenir de formas náufragas que viajan a la deriva, al encuentro con la nada misma. El problema no es lo que pasa, en el sentido de lo que realmente ocurre, sino de aquello que siendo esperado no ocurre."
Por otro lado, en un segundo nivel tenemos una afirmación de la negatividad (que en varios discos se traduce a partir de la exploración del mal y el satanismo). Sin embargo, esta posición no es pesimista. Esta no es una banda que canta a la desdicha con rostro sonriente, no se suma a la cola de los paladines del nihilismo:
"Es justamente ahí, donde los sufridos propagandistas del sentido común se hunden en la descripción del mundo como un valle de lágrimas, el lugar en el que nuestra banda favorita acelera en el vacío para encontrarse inventando nuevas formas […]. El mal en Babasónicos es, entonces, no solo un punto de partida narrativo sino también un instrumento de la búsqueda de la belleza mediante un inconformismo programático deseoso de hallazgos."
Por último, el tercer nivel se nombra con un neologismo: dance(di)smo, que retoma la razón decadentista del dandi en su potencia menos seductora que crítica, diferenciada del snob y el clocharde, para destacar una condición rebelde. El dandi baila en el borde del abismo de la derrota, con gesto irónico ante la masificación:
"No juzga lo horroroso como negativo para mejorarlo. No hay espera y por eso no desespera. Cuando el horror se juzga suprimible, el afecto es la indignación que irremediablemente conduce a la esperanza, que a su vez consentirá nuevos horrores y configurará esa espiral de calamidades que conocemos como 'la pesadilla de la historia' en la que civilización y barbarie son dos caras de la misma moneda."
En la operación babasónica no hay lugar para la repulsión bienpensante de la serie indignación-esperanza-resignación. La respuesta es una apatía activa que, sin las anteojeras del ideal, baila amorosamente el desafecto.
"Si Babasónicos es una banda enduendada es porque preserva los sonidos negros. Los sonidos del dolor, de la derrota, de la amargura infinita, de la discordia, de lo incurable. […] Ahí están todas las canciones que se dedican a ironizar sobre la bondad de los buenos, a desmontar las conductas elevadas y a desarmar el bello sueño de los ideales", sostiene Ángel Fernández.
Ahora bien, este programa se realiza en tres momentos que se pueden asociar a tres canciones: 1. "D-generación" (Pasto); 2. "Soy Rock" (Jessico); 3. "Orfeo" (Discutible). Unas pocas líneas sobre cada uno de estos momentos.
En el primer tiempo se trata de un "algo" que le pasa a una generación que, antes que insatisfecha, está disconforme. Esa generación no quiere ser definida desde fuera y reivindica una experiencia de lo enigmático. Este es el tiempo de la intensidad irreductible a una palabra que nombre.
A partir de Jessico, después de la exploración oscura de Dopádromo y Babasónica, se conquista una feminización subversiva que se opone al rock-macho: "La heroína babasónica que se desplegará en los primeros años del siglo XXI será no solo una mujer, sino aquella que está en las antípodas de la figura materna. Se trata de la puta que trabaja para quien quiere, que no quiere colaborar y que va a ser de cualquiera y no de quien la pueda comprar".
Por último, tenemos al héroe mitológico que se ofrece con una voz colectiva. Ya no se trata del antihéroe anónimo del primer momento, ni de la heroína disidente que se planta contra el poder:
"En este tercer momento, lo que se niega no es lo ajeno como en 'D-generación' y lo que se afirma no es lo propio como en 'Soy rock'. […] La negación de lo que es y la afirmación de lo que no es, se encuentran en un programa de acción."
En este segundo apartado del ensayo, es especialmente valioso el análisis de la canción "La pregunta", que rehúye la interpretación dialógica para hacer recaer el peso de la letra en la división de quien no es amo en su propia casa. Esta canción es un himno para celebrar el peligro que cada quien es para sí mismo.
"¿Quién va a defenderte de mí?" no es una interpelación dirigida hacia alguna versión del Otro malvado, sino a la fuerza escindente que opera en el corazón de la existencia:
"La opinión, en la medida en que oculta la división subjetiva, se ofrece al mercado de la percepción como 'la mirada neutral y benévola que ve el Mal por todas partes'. […] Una sutileza de esta táctica de sugestión tan diestramente utilizada a diario por el campo periodístico es la entronización en el discurso corriente de una ilusión peligrosísima que podemos resumir así: quien habla es siempre una víctima."
Por esta vía, las canciones de Babasónicos no tratan sobre temas, sino que rectifican al sujeto para implicarlo en aquello de lo que no tiene la culpa. Este es el movimiento que va de "Oh sí, estoy mirando a tu novia ¿y qué?" hasta "La cuestión es entrar, no llores como un niño, abraza la oscuridad y recuerda, siempre, que ya viene por nosotros".
Llegamos así al tercer apartado, que se dedica a la función peregrina de la palabra. En diferentes canciones de Babasónicos encontramos caminantes, desplazamientos, personajes que van hacia algún lado, a veces indefinido ("Canción llévame lejos…").
De acuerdo con la distinción de momentos mencionada en el punto anterior, hay un caminante por cada disco (Pasto, Jessico, Discutible):
"Primero, la libertad que corta amarras con el pasado, se echa a andar y descansa contemplando la mejoría del paisaje. Luego, el encuentro con la exclusión y la afirmación inclusiva del extranjero y por fin la adversidad que pone en peligro la continuidad de la aventura."
A su vez, esta fuga intrínseca de la palabra está al servicio de que la canción sirva como vehículo del poema. En este punto es que Ángel Fernández hace una muy lúcida defensa de la lírica babasónica que se opone a la banalización que suele plantear que la banda "se alejó" de su origen y se dedicó a hacer canciones pegadizas con historias chico-chica.
"Imagino que a tu forma de ser le sobra el ingrediente que a mi forma de amar le falta" no es un simple juego de palabras, que parodia el estilo de los retruécanos tan comunes en el poeta español y en sus imitadores locales, sino que es el ejercicio de una máquina que plantea una superposición imposible.
En el recorrido de la banda a través de sus momentos estético-políticos encontramos un decurso que partió de la creación de vocablos para llegar a la transfiguración de los lugares comunes de nuestra lengua: "El lenguaje deja, por un instante, de parecernos familiar y en la voz de Dárgelos, volvemos a escuchar nuestro propio idioma como una lengua extranjera".
Ángel Fernández es psicoanalista y docente en la Facultad de Psicología de la UNR.
Desde 2009 dirige el Curso Anual de Psicoanálisis (CAP) dedicado a popularizar el psicoanálisis sin vulgarizarlo, convirtiéndolo en un asunto de debate público.