21 de septiembre de 2026
"Lo que se desvanece": cómo las tecnologías están cambiando la infancia, el pensamiento y el tiempo de trabajo
En su libro Lo que se desvanece, el economista nacido en Buenos Aires sostiene que los dispositivos reconfiguran la niñez, el modo de razonar y la vida laboral, mientras se pierden costumbres diarias casi sin registro
Alberto Ades examina en Lo que se desvanece: arqueología de un presente inestable cómo las tecnologías pueden estar provocando una mutación antropológica que altera la infancia, el pensamiento y el tiempo de trabajo, mientras hábitos cotidianos desaparecen sin que la transformación se advierta en el momento en que ocurre.
Nacido en Buenos Aires y residente en Nueva York, Ades alternó durante más de tres décadas el trabajo en los mercados financieros internacionales con la escritura sobre economía, política y cultura. Es doctor en Economía por la Universidad de Harvard y abogado por la Universidad de Buenos Aires.
El ensayo no se concentra en las grandes innovaciones tecnológicas o financieras, sino en pérdidas más discretas: los chistes que ya no se recuerdan o no se saben contar, los mapas de papel sustituidos por el GPS y las tardes de aburrimiento que ahora se ocupan con Instagram.
Carlos Pagni interpreta que el autor indaga si el entorno tecnológico está remodelando al individuo, a partir de la fórmula de José Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mi circunstancia". El libro interroga las formas en que esas circunstancias transforman desde el desarrollo infantil y el amor hasta el trabajo y la elaboración del pasado.
La infancia ocupa uno de los núcleos del planteo. Ades contrapone al niño que recorría con libertad la vereda o la plaza, se perdía, se raspaba y cometía errores, con el niño actual que crece más protegido, en especial dentro de las clases acomodadas.
La posibilidad de equivocarse permitía aprender a tolerar la frustración y calcular los riesgos por cuenta propia. El niño "blindado", sostiene el autor, llega a la adultez con menos recursos para desenvolverse ante la incertidumbre.
La escritura a mano constituye otra de las prácticas en retirada. Trazar una frase exigía concebirla antes de escribirla y sostener una idea con paciencia; por eso, la desaparición de la letra cursiva no supondría solo la pérdida de una destreza manual.
Para Ades, dejar de enseñar, usar o leer esa forma de escritura modifica la relación con las ideas y el silencio. Se pierde un modo de pensamiento más pausado y, acaso, más profundo.
El trabajo completa la tríada junto con el riesgo y el pensamiento. Cuando la jornada tenía una hora de cierre, a las 17:00 o a las 19:00, existía una frontera entre las obligaciones y el tiempo personal.
La presencia del teléfono trasladó el trabajo al domingo por la mañana y eliminó ese afuera. El problema, según el planteo del libro, no es necesariamente trabajar más horas, sino dejar de disponer de un tiempo separado del empleo.
La comida, el aburrimiento, el amor, el cuerpo, la memoria y el duelo forman parte de otros cambios observados por el ensayo. El eje no es que las nuevas tecnologías representen un progreso lineal, sino que implican una modificación de las condiciones humanas.
Infobae Cultura publica un adelanto:
La economía digital prometió liberarnos del yugo del reloj laboral, pero creó una jaula donde el trabajo nos habita en lugar de habitarlo nosotros. La disolución de fronteras entre vida y labor no es autonomía, sino una sofisticada forma de sumisión.
Mi padre trabajó durante cincuenta años para una empresa familiar del rubro textil en San Martín, provincia de Buenos Aires. Comenzó desde abajo y fue creciendo de a poco hasta llegar a gerente general, pero nunca abandonó su rutina fija: salía de casa a las 7:30, llegaba a la oficina a las 8:15, almorzaba siempre en el mismo restaurante cercano y, a las 19:00 en punto, cerraba su escritorio para regresar al hogar. A partir de los años ochenta, comenzó a salir un poco más temprano de casa para caminar con sus amigos en Palermo y tomar un café en Dandy antes de llegar a su oficina.
Los fines de semana eran sagrados; el teléfono fijo de casa podía sonar por emergencias, pero era un acontecimiento excepcional. Su vida profesional, a pesar de las responsabilidades crecientes, mantenía contornos definidos, un principio y un final claramente demarcados. En la mesa familiar, su maletín cerrado en un rincón era el único recordatorio silencioso de su ocupación diurna; nunca se abría en ese espacio. Dos mundos separados: el productivo y el personal.
Esta experiencia no era excepcional. En el imaginario laboral del siglo XX, existía un corte nítido entre tiempo de trabajo y tiempo de vida. El trabajador, fuese obrero o ejecutivo, vendía su fuerza y talento durante una cantidad predeterminada de horas, y, al culminar la jornada, recuperaba, al menos nominalmente, la soberanía sobre su tiempo. En ese modelo, el antagonismo era claro: capital y trabajo disputaban el valor de esas horas, pero no cuestionaban su delimitación. El tiempo productivo estaba contenido, localizado, cercado.
La transformación digital no solo modificó cómo se trabaja, sino que disolvió la propia noción de dónde y cuándo ocurre el trabajo. La oficina se desmaterializó; la jornada laboral se desintegró en un continuo poroso.
Mientras escribo estas líneas ?un domingo por la mañana, en un momento que el régimen laboral tradicional consideraría inequívocamente "tiempo libre"?, observo las notificaciones que se acumulan en mi celular. Un colega me envía emails con notas periodísticas sobre economía o política pidiendo que le dé mi opinión, idealmente
por audios de WhatsApp. Otro me pregunta si puedo darle comentarios para una presentación que ha preparado para clientes. Cada notificación opera como una microinterpelación: aparentemente opcional, sutilmente imperativa. El capitalismo de plataformas no necesita sirenas que marquen el inicio de la jornada porque ha logrado que la jornada nunca termine.
Esta colonización del tiempo vital constituye el núcleo mismo del nuevo paradigma laboral. La economía digital descubrió que la forma más eficiente de extracción del valor no consiste en intensificar las horas de trabajo formales, sino en disolver la frontera entre tiempo productivo e improductivo. Ya no se captura solo la fuerza física o la destreza técnica: se captura la atención, la disponibilidad permanente, la capacidad de respuesta inmediata.
El trabajador conectado las 24 horas es una figura nueva en la historia del trabajo. Si el operario fordista dejaba su condición laboral al sonar la sirena y cruzar las puertas de la fábrica, el sujeto digitalizado nunca logra desconectarse de su rol productivo. No solo lleva trabajo a casa, sino que ya no existe un "afuera" del trabajo. El algoritmo ha convertido la vida misma en espacio laborable.
"Sé tu propio jefe", "trabaja cuando quieras", "gana según tu esfuerzo". La retórica de las plataformas digitales ha conseguido algo notable: presentar la precarización sistemática como emancipación individual. El chofer de Uber, el repartidor de Rappi, el freelancer de Fiverr han sido rebautizados como "emprendedores", "socios" o "colaboradores", categorías que ocultan relaciones laborales reales bajo un barniz de autonomía ficticia.
La economía de plataformas instituye una asimetría estructural entre quienes gestionan los algoritmos y quienes son administrados por ellos. El trabajador uberizado experimenta la ilusión de decidir "cuándo conectarse", sin advertir que el algoritmo modula permanentemente su comportamiento mediante bonificaciones, penalizaciones y sistemas de reputación que operan como dispositivos disciplinarios invisibles. Lo mismo ocurre con los repartidores de aplicaciones de delivery, que reciben órdenes en función de su "nivel" o historial de eficiencia; con los anfitriones de Airbnb, cuya visibilidad depende de evaluaciones y métricas de respuesta; o con los vendedores de Mercado Libre, condicionados por rankings, plazos de envío y etiquetas de "mejor vendedor". En todos los casos, la aparente autonomía encubre una nueva forma de control algorítmico.
Y lo que se presenta como flexibilidad es, en realidad, una transferencia del riesgo desde la empresa hacia el individuo. El trabajador digitalizado absorbe los costos materiales (equipo, conexión, transporte), asume la responsabilidad ante contingencias (enfermedades, accidentes) y garantiza su propia formación continua. Mientras tanto, las plataformas capturan un porcentaje fijo de cada transacción sin comprometer capital propio más allá de la infraestructura digital.
La desregulación permite a las empresas de la economía digital erosionar los beneficios que el trabajador en relación de dependencia disfrutó durante más de un siglo: salario mínimo, límites a la jornada, descanso semanal, licencias por enfermedad o maternidad. Lo que se presenta como "modernización" del trabajo constituye, en muchos sentidos, una regresión a formas decimonónicas de relacionamiento laboral.
Una de las contradicciones más notables de la economía digital es que, mientras el trabajo se desmaterializa, el agotamiento se intensifica. El trabajador industrial experimentaba un cansancio físico localizable, asociado a tareas concretas y con momentos definidos de recuperación. El trabajador digital, en cambio, sufre una fatiga difusa, omnipresente, que no distingue entre semana y fin de semana, entre jornada y descanso.
Esta fatiga contemporánea es mental: agotamiento cerebral, saturación cognitiva, sobrecarga informativa. Es además acumulativa, no se resuelve con el descanso físico sino que tiende a cronificarse, e invisible: no deja marcas reconocibles en el cuerpo, lo que dificulta legitimarla socialmente como verdadero agotamiento.
El síndrome de burnout ?literalmente, 'consumirse'? ha dejado de ser una patología excepcional para convertirse en condición estructural del trabajo contemporáneo. Lo paradójico es que este agotamiento a menudo emerge de la autoexplotación. El trabajador digital interioriza los imperativos de rendimiento hasta convertirlos en exigencias propias, experimentando como fracaso personal lo que en realidad son contradicciones sistémicas
Byung-Chul Han ha descrito esta condición como "la sociedad del cansancio": un régimen en el que la alienación ya no proviene de la dominación externa, sino de una libertad coactiva que nos convierte en "explotadores de nosotros mismos". El sujeto contemporáneo está permanentemente ocupado ?correos que contestar, notificaciones que atender, perfiles que actualizar, habilidades que desarrollar? pero internaliza esa ocupación constante como dispersión, no como obra.
Si para Karl Marx la alienación surgía de la expropiación del producto en manos del capitalista, y para Foucault de los dispositivos disciplinarios que moldeaban los cuerpos en fábricas, escuelas o cárceles, Han señala una tercera mutación: la explotación se vuelve autoimpuesta, y el sujeto, creyéndose libre, se convierte en su propio capataz.
La economía de plataformas ha instituido una auténtica "religión del rendimiento", con sus rituales, sus dogmas y sus promesas de salvación. Esta nueva religiosidad se manifiesta en el culto a la productividad como valor supremo. El sujeto contemporáneo no solo debe trabajar, sino exhibir permanentemente los signos externos de su productividad: actualizar su LinkedIn, compartir logros profesionales en redes sociales, acumular certificaciones, mostrar que está "en constante crecimiento". La inactividad, incluso momentánea, se experimenta como culpa; el tiempo improductivo, como pecado.109
Mientras las plataformas digitales promueven una ética individualista del éxito personal, han desmantelado sistemáticamente las formas tradicionales de organización colectiva del trabajo. La atomización de los trabajadores en perfiles individuales, la competencia permanente por reputación algorítmica y la retórica del emprendimiento dificultan la articulación de demandas compartidas.