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16 de septiembre de 2026

"No hay tiranos sin pueblos que piensen como el tirano mismo, sintiendo como él": reeditan el crudo retrato de Rosas que hizo su sobrino Mansilla

'Rozas', el ensayo histórico-psicológico que se publicó en París en 1898, concluye que el verdadero crimen no fueron los degüellos sino haber gobernado veinte años sin construir nada

Era sobrino de Juan Manuel de Rosas y escribió sobre él sin piedad ni reverencia. Lucio V. Mansilla, militar, escritor y periodista, hijo de Agustina Rozas —la hermana de Juan Manuel—, publicó Rozas, un ensayo histórico que reeditó El Ateneo y que sigue siendo uno de los retratos más perturbadores que se hayan escrito sobre el poder en la Argentina: ni apología ni condena. Pero sí una fina disección.

En el título, Mansilla recupera la forma de escribir el apellido que era original: Rozas. En su juventud, Juan Manuel se pelea con su padre y cambia esa letra. Mansilla cuenta que el joven dejó un papel: "Dejo todo lo que no es mío, Juan Manuel de Rosas". Este, dice, "fue su primer acto de rebelión contra toda otra autoridad que no fuera su voluntad. Y de ahí que en lo sucesivo se firmara como no debía, puesto que su verdadero nombre patronímico era Juan Manuel Ortiz de Rozas, Rozas con z y no con s."

El libro arranca con una advertencia que es ya, en sí misma, una toma de posición: "Este libro no es, no puede ser, no debe ser ni una justificación ni un proceso". Mansilla escribe desde adentro pero lo hace en 1898, décadas después de que Rosas fuera derrotado en la batalla de Caseros, con la distancia que da el tiempo y la lucidez que da haber sobrevivido a la guerra civil. El resultado es un texto que incomoda por igual a rosistas y antirrosistas, porque su tesis central es que Rosas no fue un fenómeno aislado sino un producto de su sociedad.

La premisa filosófica que organiza el ensayo está formulada en el Prólogo con crudeza: "No hay tiranos, ni en la acepción griega ni en la moderna, sin pueblo a la espalda, pensando como el tirano mismo, sintiendo, anhelando, queriendo como él."

Mansilla lo desarrolla: "teniendo una alma el dictador, el tirano, el déspota, esa alma debe ser algo así como el trasunto informe de la multitud, siquiera como el reflejo de una clase dirigente que lo rodea; que lo apoya, que lo aclama en lo íntimo". El tirano, en su lectura, expresa su época. Es su síntoma, no su causa. Esta tesis tenía una fuerza incómoda en el siglo XIX. La tiene aún más hoy.

El capítulo II ofrece la caracterización más densa de Rosas antes de llegar al poder. Mansilla lo ve como un self made man de la pampa: minucioso, pertinaz, sobrio, con el instinto del dominio como único horizonte claro. "Ocultando el arcano de su alma, que era dominar", escribe. Pero lo que hace al retrato verdaderamente excepcional es su precisión sobre las contradicciones internas del personaje:

"Llorará a un perro, y ocultará lágrimas de duelo porque no lo crean débil, humano. Es déspota orgánicamente, y más capaz de perdonar al que le tema que al que le haya desafiado. Cree en Dios y en la iglesia, pero no respeta los altares."

Pocas frases en la literatura argentina condensan tanto en tan poco espacio. No hay adjetivo de sobra. Hay un diagnóstico.

Antes de llegar al hijo, Mansilla dedica páginas memorables a doña Agustina López de Osornio, la madre. El retrato que traza es el de una mujer de voluntad descomunal —"había nacido para imponerse y dominar, y se imponía y dominaba"— cuya lógica de poder prefigura la del hijo.

La escena más extrema ocurre cuando la policía se presenta a requisar los caballos de la familia para combatir a Rosas, que estaba en armas. Doña Agustina se niega. La policía insiste. Las puertas caen. Los agentes encuentran los caballos degollados en las caballerizas. El comisario balbucea su nombre. Ella responde con una sola frase, seca y definitiva: "Mire, amigo, y ahora mande usted sacar eso, yo pagaré la multa por tener inmundicias en mi casa; yo, no lo haré."

De esa mujer, concluye Mansilla, nació Rosas.

Uno de los momentos más corrosivos del libro es el análisis del voto de 1835, cuando la Legislatura otorgó a Rosas la suma del poder público y el electorado ratificó la decisión. Los números son los que son: 9.330 votos a favor, 4 en contra. Mansilla no puede evitar el estupor y lo transcribe con una tipografía que es en sí misma un comentario: "(!¡)".

"9.330 voluntades, no había más que consultar, decretaron el suicidio de todo el país ¿en nombre de qué?", escribe. La pregunta queda sin respuesta. Mansilla la deja abierta adrede.

El diálogo más citado del libro, y el más brutal, ocurre a bordo del Conflict, el barco inglés que llevó a Rosas al exilio en Southampton tras su derrota en Caseros en 1852. Su interlocutor es Jerónimo Costa, uno de sus mejores hombres. Costa le dice: "¡Lástima que no haya sido posible constituir el país!". Rosas responde: "Nunca pensé en eso". Costa, atónito, insiste: "¿Y entonces, por qué nos hizo pelear tanto?". La respuesta es lapidaria:

"Porque sólo así se le puede gobernar a este pueblo."

El ensayo es también, en varios de sus capítulos, una fenomenología de la colaboración con Rosas. Mansilla estudia a los que "asintieron" y a los que "consintieron", a los que sirvieron al régimen sin saber exactamente cómo habían llegado hasta ahí. Para explicarlo, recurre a una anécdota sobre el abate Sieyès, a quien Napoleón le preguntó qué había hecho durante el Terror. La respuesta fue: "Vivir".

"Si todos los hombres entendieran la dignidad personal del mismo modo, menospreciando igualmente la vida, ni los tiranos hallarían servidores", concluye Mansilla. Y añade, con una precisión que no absuelve a nadie: "El hombre, ante todo, es un animal, y como tal lo que más ama es la vida; agreguemos que el miedo nos hace siempre verla en peligro."

En 1870, desde Southampton, Rosas escribe una carta en respuesta a preguntas sobre el fusilamiento de Camila O'Gorman —embarazada— y Ladislao, el sacerdote con quien había huido, enamorada. Mansilla la transcribe y la analiza párrafo por párrafo. Lo más revelador no es que Rosas se defienda, sino cómo lo hace: con la tranquilidad de quien nunca consideró que el problema moral existiera.

"Y siendo mía la responsabilidad ordené la ejecución. Mientras presidí el Gobierno de Buenos Aires, encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos."

Mansilla lo llama "casuismo a la criolla" y observa que Rosas se contradice dentro del mismo párrafo: dice que nadie lo aconsejó y en la oración siguiente relata que el clero le escribió pidiendo un castigo ejemplar.

El capítulo IX ofrece uno de los documentos más escalofriantes del libro: la descripción del terror normalizado en Buenos Aires durante los años de la mazorca. Las muertes a la sombra y al mediodía, las casas pintadas de colorado, los niños que insultaban en los recreos usando la terminología del régimen. Y al final de cada jornada, la voz del sereno recorriendo las calles vacías:

"Las doce han dado y nublado, ¡viva la federación, mueran los salvajes unitarios, vivid representación!"

El horror no está en la violencia explícita sino en su rutinización. En que la frase se convirtió en parte del paisaje sonoro de la ciudad, como el canto de los gallos o el ruido del río.

La conclusión de Mansilla sorprende incluso a quien haya seguido todo el argumento. El crimen de Rosas, dictamina en el capítulo final, no fueron sus actos materiales. No los degüellos, no las persecuciones, no los años de terror. Su crimen fue otro: "Su crimen consiste en lo estéril de los efectos de su acción."

Veinte años de poder absoluto y ninguna obra duradera. Ninguna constitución, ninguna organización nacional, ningún proyecto que sobreviviera a su caída.

Mansilla escribe esto con la severidad de quien conoce el argumento contrario: que las circunstancias no le dieron tiempo, que sus enemigos no lo dejaron construir. Lo descarta: "Lo primero es discutible; lo segundo no queremos discutirlo." Y cierra con una frase que es también un diagnóstico: "Un pueblo jamás debe depositar la suma del poder público en hombre alguno: es decretar la opresión, aunque ese hombre sea representativo, como Rozas, genuino intérprete de cierto estado de alma de la opinión popular en su momento."

El sobrino del dictador había escrito, sin proponérselo del todo, un manual sobre cómo las democracias se entregan.

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