Martes 9 de Junio de 2026

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9 de junio de 2026

Una sublevación contra la dictadura, más de 30 ejecuciones clandestinas y fusilados que hablaron: la insurrección que fue masacre

En junio de 1956 un grupo de hombres, liderado por el general Juan José Valle, quiso recuperar la democracia y al justicialismo, se alzó en armas para derrocar al gobierno de facto y fue reducido con una represión sangrienta para disciplinar a la sociedad y sembrar el terror. A 70 años de aquellos hechos que impulsarían la célebre investigación de Rodolfo Walsh, las palabras de un sobreviviente y las reflexiones que hizo llegar, entonces, el propio Juan Domingo Perón

Argentina fue, a lo largo de su historia, escenario de múltiples crueldades surgidas de su propia entraña, con secuelas que son heridas aún abiertas al punto de que, en algunos casos, se ha pretendido encumbrar a sus perpetradores.

El 16 de junio de 1955 el país fue testigo de un hecho inédito en la historia mundial: la población civil fue bombardeada y ametrallada por aviones de su propia Marina de guerra, con el trágico saldo de 366 muertos y 1.053 heridos. El odio criminal al general Perón y al movimiento justicialista se acentuó tras su derrocamiento, sobrevenido un puñado de meses después, el 16 de septiembre de 1955, que lo obligó a partir al exilio. Comenzaron las persecuciones, se acentuó la violencia y fueron miles las detenciones con un punto de inflexión gravísimo: los fusilamientos del 9 de junio de 1956.

Aquella noche un grupo de hombres, liderado por el general Juan José Valle, se levantó en armas con el objeto de derrocar al gobierno de facto. El levantamiento fue rápidamente sofocado, y en la contienda murieron seis argentinos: tres militares de la dictadura, Blas Closs, Rafael Fernández y Bernardino Rodríguez, y tres civiles peronistas, Ramón R. Videla, Carlos Irigoyen y Rolando Zaneta.

Pedro E. Aramburu e Isaac F. Rojas, presidente y vice del gobierno de facto, estaban enterados de antemano de que iba a producirse el levantamiento. No obstante, dejaron que sucediera con el objetivo de poner en práctica una represión de tipo ejemplificadora. El 8 de junio habían detenido a varios dirigentes gremiales, con el fin de debilitar el levantamiento. Además, Aramburu había dejado firmados previamente tres decretos: el Nº 10.362 que imponía la ley marcial, el Nº 10.363 de pena de muerte y el Nº 10.364, preparado exclusivamente para incluir los nombres de las personas que serían ejecutadas a posteriori.

Tanto es así que, en la noche del día 9, la mayoría de los sublevados fueron detenidos. En Lanús seis integrantes, encargados de montar la radio desde donde se transmitiría la proclama revolucionaria, fueron arrestados en la Escuela Industrial de Avellaneda. Se trataba del teniente coronel José A. Yrigoyen, el capitán Jorge M. Costales, Dante H. Lugo, Norberto Ross, Clemente B. Ross y Osvaldo A. Albedro. Todos fueron asesinados simulando fusilamientos entre las 2 y las 4 de la mañana.

Entre los días 10 y 12 de junio se produjeron más fusilamientos: en José León Suarez, en Campo de Mayo, en la Escuela de Mecánica del Ejército, en la Penitenciaría Nacional y en La Plata. Entre los detenidos en esa noche, se encontraban las doce personas que luego serían llevadas por las fuerzas de seguridad a los basurales en José León Suárez para ser masacradas a sangre fría. Fueron obligados a bajar del móvil a punta de pistola para caminar hacia el basural, iluminado por los faros de los vehículos policiales. Allí se fusiló sin contemplaciones a Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Carlos A. Lisazo, Vicente Rodríguez y Mario Brion. Siete hombres sobrevivieron: Miguel A. Giunta, Juan C. Livraga, Reinaldo Benavidez, Horacio Di Chiano, Rogelio Díaz, Norberto Gavino y Julio Troxler.

El terrorismo había escalado a tal nivel que comandos al mando del general Domingo Quaranta, jefe del Servicio de Informaciones del Estado, ingresaron violentamente a la embajada de Haití, violando la inmunidad diplomática, donde se encontraban asilados algunos militares argentinos, entre ellos el general Raúl Tanco. El día 14 los secuestraron e, incluso, golpearon a la esposa del embajador Jean F. Brierre, a la que un oficial calificó de "negra de mierda". La firme actitud del diplomático obligó al dictador Aramburu a restituir a los asilados a la embajada al día siguiente.

Los asesinados por la represión en La Plata el día 10 fueron Carlos Irigoyen, Ramón R. Videla y Rolando Zanetta. Igualmente fueron fusilados el 11 y 12, respectivamente, el teniente coronel Oscar L. Cogorno y el subteniente de reserva Alberto Abadie. En Campo de Mayo fueron fusilados el 11 de junio el coronel Eduardo A. Cortines, el capitán Néstor D. Cano, el coronel Ricardo S. Ibazeta, el capitán Eloy L. Caro, el teniente primero Jorge L. Noriega y el teniente primero maestro de Banda de la Escuela de Suboficiales, Néstor M. Videla.

En la Escuela de Mecánica del Ejército, el 11, fueron ultimados el suboficial principal Ernesto Gareca, el suboficial principal Miguel A. Paolini, el cabo músico José M. Rodríguez y el sargento Hugo E. Quiroga. Los fusilados en la Penitenciaría Nacional de la Avenida Las Heras, el mismo día, fueron el sargento ayudante Isauro Costa, el sargento carpintero Luis Pugnetti y el sargento músico Luciano I. Rojas. También fue ametrallado en el Automóvil Club Argentino, Miguel A. Mauriño, quien falleció el día 13 en el Hospital Fernández.

El general Valle fue fusilado al día siguiente, el 12 de junio de 1956, en la Penitenciaría Nacional de la Ciudad de Buenos Aires, actual parque Las Heras. Antes de morir, escribió algunas cartas a sus seres queridos. A su esposa, Dora Cristina Prieto, le comunicó entre otras cosas: "Querida mía. Con más sangre se ahogan los gritos de libertad. He sacrificado toda mi vida para el país y el Ejército, y hoy la cierran, con una alevosa injusticia. Sé serena y fuerte. No te avergüences nunca de la muerte de tu esposo, pues la causa por la que he luchado es la más humana y justa: la del pueblo de la Patria".

El último asesinado fue Aldo E. Jofré, detenido desde el 9 de junio, al que se ahorcó simulando suicidio en la Divisional de Lanús, el día 28.

El saldo del levantamiento fue, sin lugar a dudas, aterrador. Fueron fusilados clandestinamente, estando sin efecto la ley marcial, con el objeto de sembrar el terror, más de treinta argentinos, entre militares y civiles. Quien quiera ahondar al respecto de este sombrío capítulo de la historia reciente puede consultar las certeras páginas del libro Mártires y Verdugos (1964), de Salvador Ferla.

Uno de los sobrevivientes, el general Raúl Tanco, testimonió pasados los años: "En el curso de la organización conspirativa (…) nos dimos cuenta que había una gran infiltración en nuestras filas", y explicó en relación al jefe exiliado del movimiento justicialista: "No buscamos el contacto directo con el general Perón por razones de seguridad. Sabíamos que, producido el movimiento, el General lo aprobaría de inmediato, porque él conocía perfectamente bien al general Valle y también me conocía a mí. En ningún momento dudábamos de su apoyo moral. Quienes trataron de modificar la impresión que podía tener el general Perón sobre el movimiento que se había manifestado el 9 de junio, le dieron la idea de que era un movimiento que estaba desvinculado del interés político del peronismo. No era así. Sucedía lo siguiente: cuando, ya en el exilio, me preguntaban sobre los hechos de junio, yo decía simplemente que era un soldado que había fracasado en un movimiento, pero nunca manifestaba que había fracasado la conducción política de un movimiento dirigido por el general Perón. Si hubiera triunfado sería diferente. En ese momento nunca quise que apareciera como algo conducido por Perón por esa causa y, por otra parte, porque no era verdad".

La opinión inicial de Perón sobre los sucesos de junio fue expresada en una comunicación enviada el mismo 12 de junio, que en parte transcribo: "Desgraciadamente, el golpe fallado del 10 de junio me ha dado la razón, pero el precio ha sido demasiado grande. Hubiera preferido equivocarme. Sin embargo, esto ha de servirnos para no insistir en un camino inconveniente. Nuestra finalidad ha de ser la Revolución Social, con todas sus características y todas sus consecuencias. Para ello es menester que nos preparemos concienzudamente y que estemos resueltos a realizarla en un año, dos, cinco o diez, pero decididos a realizarla. Nada hay que pueda apurarnos en forma de poner en duda el éxito que, por lo que estamos viendo, tenemos asegurado. Aunque nosotros no trabajemos, tenemos allí a dos que trabajan por nosotros: Aramburu y Rojas".

Años más tarde, insistió en su valoración negativa de la insurrección popular armada frente a un ejército regular: "Estos patriotas se sublevaron por instinto, pensando en que serían acompañados por la inmensa mayoría del país. Vana ilusión. Porque su insurgencia, aparte de prematura, tuvo bastante de insólita, de inmadura. Era la respuesta de espíritus apasionados por el bien público, que no medían las consecuencias fatales de una represión que fue cruel e inhumana en la medida en que era ejercida por cobardes. La crueldad ha sido siempre el signo del miedo. La lenidad, en cambio, es el patrimonio de los fuertes".

La organización de la resistencia al régimen dictatorial no fue movida por el odio, ni la venganza, componentes propios de los usurpadores del poder al pueblo argentino. Perón recordó siempre a estos ciudadanos asesinados con tanta saña y crueldad. El 31 de mayo de 1966 escribió una sentida carta a Tanco desde Madrid: "Mi querido amigo. Sé que usted preside la Comisión de Homenaje a los compañeros caídos en los fusilamientos del 9 de junio, y deseo hacerle llegar mi más sincera adhesión y mi recuerdo más entrañable para todos ellos, rogándole que me tengan por presente en todos los actos que realicen. El tiempo, con sus elocuentes lecciones, ha venido a demostrar la razón que asistía a ese grupo de valientes patriotas que ofrecieron la vida en holocausto de la verdadera defensa de la Patria. Este nuevo aniversario de su sacrificio ha de traernos al recuerdo la deuda que tenemos con ellos para que nos impulse a honrarlos y (sincerarlos). Un gran abrazo".

Tras 70 años, el horror consumado por Aramburu, Rojas y sus secuaces al servicio de intereses foráneos, que atacaron la única experiencia independiente de una Argentina industrial, con pleno empleo y justicia social, con el objeto de retrotraerla a ser granja proveedora de materias primas, debe aún ser recordado y juzgados ellos con la vara de la justicia (Mt 7, 2). Mas este ensayo ejemplificador se terminó de consumar en todo su esplendor el 24 de marzo de 1976. Sus consecuencias —primado del liberalismo, economía precarizada, dependencia, endeudamiento, pobreza y cultura colonial— están hoy a la vista.

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