Sábado 27 de Noviembre de 2021

GENTE

10 de mayo de 2015

Una mega clase de entrenamiento con 1.000 chicas

Más de dos horas entre saltos, sentadillas, baile y yoga. Una "experiencia extrema" para vencer el sedentarismo y descubir el placer por la actividad física.


Para la generación de los 40 (y los que ya los pasaron), la vida saludable se nos volvió una obligación que hubo que aprender de grandes. Y ahí vamos lidiando con la sal --que ahora nos sacaron de la mesa de los restaurantes--, leyendo paquetes --para decodificar si las galletitas tienen o no grasas trans-- y saliendo a correr mientras bamboleamos panzas, porque es lo que hay que hacer para mantener a raya el sobrepeso y expulsar (o postergar) las enfermedades del corazón.

Así que entrar, un miércoles a la noche, al increíble Palacio Paz genera una sensación rara. Porque todas las chicas que están en el hall se ven tan felices de estar ahí para sudar la gota gorda las próximas dos horas. No son 20, no son 50, no son 100: son 1.000. Vienen a participar del megaevento deportivo que organizó Nike para lanzar su aplicación de entrenamiento N+TC.

Son chicas entrenadas, se ve. O --casi todas vestidas con calzas de colores, zapatillas de última generación y remerita negra-- dan el look que una imagina para una chica activa. Nada de short de algodón y remera bolsa del marido para la clase de zumba.

El salón principal a pleno, arrancando una clase (Nike)

"Si te mando un mensaje, llamá al SAME", le advierto a Mariana, una de las responsables de la organización, antes de sumergir mi cuerpo y mi alma en una experiencia extrema. OK, para algunos la experiencia extrema es irse a escalar el Aconcagua: para alguien que combate el sedentarismo crónico a fuerza de voluntad sobre la bicicleta y el elíptico del gimnasio, lo es someterse a las tres horas que se vienen por delante de actividad física a full.

 

El salón principal del Círculo Militar parece el escenario de una película de princesas. Hay que bailar acá, pero no con el príncipe. Como en la escuela, me voy bien al fondo. Las de atrás casi no vemos lo que hace la profesora en el escenario, pero vamos repitiendo los pasos, como en una ola. Tiran los gemelos, y es recién el precalentamiento. Me distraigo mirando a las mujeres que me rodean: si bien la convocatoria era de 18 a 25 años, hay algunas que acusan algunos más. Y tampoco son todos cuerpos perfectos, hay más de una chica rellenita o con caderas generosas. No estoy sola.

Termina la entrada en calor. Todas, como un acto reflejo, sacan sus smartphones y empiezan a sacarse selfies. ¿Dónde los tenían? Algunas llevan bolsillos estratégicos en la ropa, otras los guardan en lugares más estratégicos aún. Si algo me diferencia de mis ocasionales compañeras, es que jamás se me hubiera ocurrido saltar con un celular encima. No estoy sola, pero estoy vieja.

Palito para las selfies. Las autofotos, protagonistas del evento (Nike)

Voy a mitigar la depresión en la sala de aerobox --una de las cinco actividades propuestas-- recordando cuando lo intenté practicar a los 20 y pico. Golpe con un brazo, golpe con el otro, movimiento de cintura, piernas firmes. Bien, se siente bien. Otros siete minutos. ¿Cómo, ya terminó? Me envalentono y salgo a buscar agua para hidratarme. Pero quedo atrapada otra vez en el salón circular. Sin posibilidad de reacción, tengo que seguir la master class. Sentadillas, saltos, trote cortito en el lugar. La clase desnuda los "problemas de coordinación" que siempre me achaca mi marido (no logro ir con los brazos para el mismo lado que van todas las demás) y la "pausa activa" sin dejar de moverse es peor que el ejercicio. "De acá salen todas con el culo duro", arenga Maju Lozano, una de las influencers que participan del evento con Calu Rivero y Sabrina Garciarena.

Chicas en acción. En la clase de aerobox (Juano Tesone)

Ahora sube la profesora de danza. Esta mujer tiene actitud. Se mueve como una diosa sensual, grita, disfruta lo que hace. "Quiero lo que ella tiene", pienso, parafraseando a Meg Ryan en Cuando Harry conoció a Sally. Y me lo da: hip hop para mover cada músculo. No doy más, pero tengo que seguir. Es una cuestión de orgullo. Yo puedo más, como dice la campaña de la marca dirigida a las mujeres que se replica en las gigantografías por los salones. La profe arma una especie de haka en el medio del salón. No llego a tanto, como Sol (20) y Justina (18), que siguen cada paso a la perfección. "Hacemos hip hop dos veces por semana. Me encanta, te liberás de todo, no pensás", dicen entre las dos. "Esto me da ganas de estudiar educación física", asegura otra chica transpirada y feliz.

Sol (calza estampada) y Justina (calza bordó), fans del hip hop (Nike)

Sienten la actividad física como una pasión, un cambio que están impulsando las marcas deportivas y también organismos públicos: lograr que las mujeres incorporen el deporte a su vida más allá de la adolescencia, que puedan tener un impostergable como lo es el partidito de fútbol con los amigos de los hombres.

Superada la master class, voy a relajarme a la sesión de yoga. La danza era más fácil para coordinar los movimientos, pero los músculos se estiran y en ese dolor hay placer.
Las chicas siguen repitiendo clases (al final de cada una te dan una pulserita, y las que junten cinco reciben de regalo un accesorio deportivo), pero me doy por hecha. Liberé un buen shot de endorfinas. Y pude experimentar lo que dicen los médicos: que cuando hacés deporte, las hormonas te generan una sensación de bienestar. Te sentís cansada, pero bien. Yo puedo (y quiero) más.


 

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